El modelo del “choque cultural” de Oberg

 

El antropólogo finés-canadiense Kalervo Oberg propuso un modelo en cuatro fases de los procesos psicológicos de adaptación que experimenta una persona que se traslada a vivir a un nuevo marco cultural. Lo tituló el “choque cultural”. En su trabajo Communication Interculturelle I, editado en 2007 por el CINFO de Bienne (Suiza), Véronique Schoeffel y Phyllis Thompson lo exponen de la siguiente manera:

el-choque-cultural

Según este modelo, la persona pasa por distintos estadios emocionales según transcurre el tiempo de estancia en el nuevo marco. Estos cambios emocionales tienen lugar de forma crítica en los ocho primeros meses y acabarán determinando el abandono o la continuidad en el país de acogida, llegando en el mejor de los casos, a partir de los dos años, a lograr una integración más o menos completa.

El momento crítico se sitúa aproximadamente tras los primeros cuatro meses de residencia, una vez concluye la línea ascendente de euforia por las peculiaridades del nuevo marco de vida. Obsérvese que los turistas —que suelen volver de sus viajes afirmando “conocer” los países que han visitado fugazmente— raramente superan estancias de más de estos cuatro meses de inmersión inicial.

La crisis tras los primeros meses de residencia tiene que ver fundamentalmente con la propia identidad, eso que el psicoanálisis ha definido como el yo (la imagen más o menos social que nos construimos de nosotros mismos). Aunque evidentemente la persona achacará todos sus problemas a los otros, es decir a los habitantes del nuevo país: a su “carácter”, a su “mentalidad”, etc. Los autóctonos, que eran tan pintorescos y fascinantes en los primeros meses, se tornarán maleducados, xenófobos… en definitiva intratables.

Si esta crisis inicial no tuviera la fuerte carga emocional que la caracteriza, posiblemente la persona sería capaz de racionalizar el carácter absurdo de sus apreciaciones sobre los autóctonos. En ningún país toda la gente es igual, no existe la “mentalidad” única de un pueblo. “Mentalidad”, “carácter”, “forma de ser” como categorías homogéneas aplicables a toda una población son sólo burdos clichés, estereotipos simplistas, que esconden o el desconocimiento absoluto de esa población, o prejuicios más o menos interesados contra ella… o una justificación infantil para la rabieta del nuevo residente desconcertado.

Schoeffel y Thompson, en el texto citado, explican muy bien la relación de esta crisis con la propia imagen del recién llegado, con el tambaleamiento de su yo:

“Los signos de resistencia aparecen sobre todo porque para integrarse en una nueva cultura se le pide modificar o abandonar las creencias y los valores centrales que le ayudaban a dar sentido a su vida y a definir su identidad. Sean anodinos o no, estos cambios se vuelven omnipresentes cuando se vive en un nuevo contexto cultural (estilos de comunicar, estilos de vestir, reglas relacionadas con la forma de comer, el idioma, las percepciones…). Por otro lado, nuestros propios estilos de comunicar, de vestir, de comer, nuestro idioma, o están ausentes o se comprenden mal. Cada día, a cada hora, la persona es empujada a aprender, a adaptarse, a desarrollar formas de sobrevivir y de funcionar en un nuevo universo.”

“El choque cultural es la desintegración temporal del yo, que se produce cuando la persona se da cuenta de que ha perdido la capacidad de construirse una vida estable y con sentido en un contexto nuevo. Este proceso incluye una experiencia de aflicción, de pérdida del yo tal como lo conocía y lo vivía antes, de las costumbres, formas de funcionar y valores que tenían un sentido, y de los que a menudo ni siquiera era consciente.”

Pero la “desintegración temporal” de las certezas, los hábitos adquiridos, las inercias y las costumbres nunca cuestionadas puede convertirse también en una ocasión idónea para volver a inventarse creativamente uno mismo. Así la experiencia de la estancia en una nueva cultura no sólo es una oportunidad para conocer más sobre la diversidad humana, sobre los otros: conocer nuevos lugares, nuevas costumbres, nuevas lenguas… Es también una oportunidad para conocerse uno mismo, para transformarse, para reinventar cómo se quiere ser. Por eso los antiguos —que no conocían la ficción apresurada y consumista del turismo, sino que invertían años en alcanzar otros países— decían que todo viaje era fundamentalmente una experiencia iniciática.

 

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