¿Quién teme a Benjamin Whorf?

 

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Franz Boas realizando una danza kwakiutl

Entre las críticas que se han hecho a la escuela chomskiana de lingüística no es la menor la que le reprocha el haber reescrito o reinterpretado de manera bastante burda e interesada la historia de la investigación lingüística anterior a ella, tanto con el propósito de condenar líneas de trabajo discrepantes, o respecto a las que deseaba diferenciarse, como con la intención de adjudicarse por primera vez enfoques que ya estaban propuestos en otras corrientes, corrientes que no deseaba sin embargo reconocer como precursoras de sus planteamientos [1]. La relación edípica del generativismo con el estructuralismo, específicamente con el estructuralismo bloomfieldiano, es un capítulo ciertamente sabroso de la historia de la ciencia que está por estudiarse en toda su amplitud.

La importancia de los planteamientos lingüísticos de Chomsky ha procurado una considerable audiencia a estos enfoques “militantes” de la historia de la lingüística llevados a cabo por el generativismo. Y esto es cuando menos comprensible, porque el generativismo llegó a dominar indiscutiblemente el debate lingüístico occidental de la última parte del siglo pasado, y así se instauró entre la comunidad lingüística una enorme expectación hacia cualquier comunicación sobre cualquier tema que procediera de su ortodoxia. En el centro de la atención, el generativismo se creyó a sí mismo —con una autoconfianza exultante, belicosa, jacobina— un punto angular o referente central que ordenaba toda la realidad de la historia de la lingüística en torno a sí, y esto desde unos planteamientos exclusivistas: la evolución de la investigación lingüística debería surgir de su propio desarrollo como única “escuela correcta” de lingüística, no de la posibilidad de síntesis o integración de propuestas desarrolladas en tradiciones lingüísticas diferentes.

Se ha dicho muchas veces que toda moral necesita de sus demonios. En el panorama de la lingüística moderna construido así, desde una perspectiva egocéntrica, por la escuela chomskiana, encontramos también toda una galería maldita de “equivocados famosos”, de criminales del pensamiento. Los personajes evocados son insufriblemente planos, como en todo maniqueísmo moral. Hay así un Skinner generativista (un simplón “Skinner para lingüistas”): el Skinner vencido y humillado de cuyo cuerpo caído surgió el ave fénix del generativismo, un Skinner miope, tozudo, que, por decirlo suavemente, poco tiene que ver con el Skinner que conocen los psicólogos. Hay también un Saussure naïf, realmente infantilizado, que se pasó la vida apenas dibujando arbolitos y poniéndoles nombres en francés. Pero sobre todo, al fondo de la galería, hay una verdadera abominación sobre dos piernas, la personificación del error, del planteamiento charlatanesco, antilingüístico, anticientífico. ¿Su nombre? Benjamin Lee Whorf. En la galería chomskiana de equivocados famosos, como en todos los museos de los horrores, los personajes se representan en acción, en su única acción: Skinner escribe interminablemente millones de frases en inglés, y Whorf discursea como un charlatán ignorante sobre los supuestos nombres de la nieve en esquimal… ¿Algo más que haga falta saber sobre estos personajes? ¿Algo más que tratar sobre estos ineptos, que no esté ya tratado en las refutaciones canónicas del propio Chomsky y de Pullum? [2] ¿O los olvidamos de una vez para siempre y seguimos haciendo lingüística…?

Si Burrhus F. Skinner, una de las figuras fundacionales de la psicología moderna, no es el tosco Skinner mecanicista, vencido por la simple aritmética, del mito fundacional del generativismo, Benjamin L. Whorf no es tampoco el Whorf cuentanieves que los militantes chomskianos mencionan con tanta sorna.

Mi propósito en estas líneas es ayudar a “deconstruir” el mito generativista de Whorf como personificación del error relativista, y apuntar algo sobre qué está detrás de los discursos que se pasan de mano en mano sobre él. Al final, como dice el título, saber quién teme a Benjamin Whorf. Pero escapa a las dimensiones de este artículo un análisis global de los planteamientos y líneas de trabajo de un autor tan complejo, y mucho más un balance de los debates que siguen alentando sus escritos —debates que, fuera del ambiente ceñudo de los generativistas militantes (MIT-itantes), tienen mucha más profundidad y dimensiones. Hay obras de referencia que recomiendo vivamente [3].

Lo que me ha movido a ocuparme del mito chomskiano del whorfianismo en el ámbito de un congreso de la Asociación de Jóvenes Lingüistas es la preocupación de que, para algunos jóvenes desprevenidos, el Whorf caricaturizado de las refutaciones generativistas suplante al verdadero Whorf, y se les cierren así, antes siquiera de llegar a abrirse, interesantes campos de estudio y conocimiento sobre la diversidad lingüística y los sistemas conceptuales de las lenguas del mundo. O dicho con otras palabras que ahora explicaré, que el trasgo del whorfianismo nos llegue a hacer temer al bueno, honesto, trabajador, genial Benjamin Lee Whorf.

12864_185663278564_3910163_nLas vulgarizaciones generativistas sobre la historia de la lingüística anteriores a su era tienen uno de sus hitos en la idea de que Benjamin Whorf creó una especie de perspectiva propia en lingüística, una escuela original —desquiciada y anticientífica, por otro lado— conocida desde fuera como whorfianismo [Whorfianism]. Sin embargo no hace falta conocer mucho sobre la historia de la lingüística para saber que Whorf no es sino un seguidor de su maestro Sapir (y por ello se suele hablar en ocasiones del whorfianismo como “hipótesis Sapir-Whorf”), y del maestro de éste, Boas. Pero la cadena va más lejos. Lo que desde el sector duro del culto a Chomsky se llama whorfianismo, y se cree inaugurado por el impresentable inspector de seguros, no es más que el eco en lingüística del gran debate sobre el relativismo cultural que ha atravesado las ciencias humanas durante toda la segunda mitad del siglo XX, especialmente la antropología y sus disciplinas afines.

Pero mientras los antropólogos han podido discutir sobre las bases conceptuales, ideológicas —los apriori— de sus diferentes escuelas, mientras fue posible hacer algo parecido a una antropología de la antropología, y así situar el relativismo cultural sobre bases muy productivas, nada parecido ha sucedido en la lingüística. Entre los lingüistas el debate sobre el relativismo se aborda como si hubiera brotado casualmente en el propio patio, de la mano de un paracientífico medio visionario (Whorf). [4]

Para saber del Whorf whorfianista hay muchos textos, pero no conozco ninguno realmente tan bien escrito como The Language Instinct de Steven Pinker [5]. Pinker, que ofrece una magnífica presentación sobre el lenguaje desde el punto de vista generativista, aborda casi todos los tópicos constitutivos del mito whorfianista. Sus declaraciones de principios no ofrecen dudas sobre el profundo desprecio que profesa a la corriente relativista, presentándola como “un buen ejemplo de lo que podría denominarse una estupidez convencional, o sea, una afirmación que se opone al más elemental sentido común” (Pinker, p. 59), o afirmando llanamente que esta “doctrina” “sólo puede haberse mantenido en pie por un descuido de nuestra conciencia crítica” (p. 60) y que su historia es sólo “inocente y patética” (p. 61). [6]

El calado de estas apreciaciones avala a Steven Pinker como claro representante de lo que venimos denominando el “militantismo” chomskiano (esa forma de debatir entre las corrientes lingüísticas con la belicosidad —y la demagogia— de un debate partidario, que Tim Pulju atribuía a la experiencia en las lides políticas del propio Chomsky).

Lo primero que conviene recordar es que Whorf no fue un “paracientífico” colado de rondón en la lingüística. Y el prestigio y nivel de calidad de los lugares donde publicó sus escritos es suficientemente elocuente. Whorf no escribió sobre la nieve de los esquimales y el tiempo de los indios norteamericanos en la Flying Saucer Review, sino que sus trabajos se publicaron en Language, American Anthropologist, International Journal of American Linguistics, Studies in Linguistics, Technology Review (del MIT)… Así lo que llama Pinker la “estupidez convencional” parecía ser, más que un rasgo del ínclito amigo de los hopis, una verdadera plaga que afectaba hasta las mejores mentes en aquellos oscuros años BC (Before Chomsky).

Para poder destruir al adversario, el polemista debe reducir sus opiniones al absurdo. Pinker llega a la quintaesencia de la reducción: las tesis del whorfianismo se resumen según él en “la idea de que el pensamiento es lo mismo que el lenguaje” (p. 59). Una ecuación desconcertante y ridícula, que había sido criticada ya, como una respuesta anticipada, por el propio Whorf. Para Whorf, lenguaje, pensamiento y cultura son tres realidades conectadas pero evidentemente distintas: “Yo sería el último en pretender que existe algo tan definitivo como una “correlación” entre civilización y lenguaje. (…) Existen conexiones, pero no correlaciones o correspondencias diagnósticas entre normas culturales y modelos lingüísticos”.[7]

language-thought-and-realityAsí frente a ese “patético Whorf”, que confundiría los pensamientos más recónditos con las cláusulas relativas, o que tal vez encontraría la estructura de las sociedades agrarias en el orden de palabras, Benjamin L. Whorf propone, con Boas y Sapir, que las estructuras nocionales presentes en las categorías gramaticales (como por ejemplo los sistemas de cuantificación o de tiempo-aspecto), o en la organización de los campos léxicos, condicionan en gran medida la observación de la realidad de los usuarios nativos de un sistema lingüístico. Pero estas conexiones desde el lenguaje al pensamiento no disparan hasta el infinito la fragmentación o diversidad de los sistemas conceptuales, sino que tienen unos claros límites en la universalidad (biológica) de las estructuras perceptivas y cognitivas de la especie humana: “Existe un tipo universal de Gefühl para unir las experiencias. Este tipo aparece en los experimentos de laboratorio y parece ser independiente del lenguaje, siendo básicamente igual para todas las personas”.[8]

Un caso claro de estas estructuras universales es para Whorf la organización del espacio: “Probablemente la aprehensión del espacio viene dada sustancialmente en la misma forma por la experiencia, independientemente del lenguaje. Los experimentos con la percepción visual realizados por los psicólogos de la teoría de la Gestalt parecen establecer esto último como un hecho”. [9]

En realidad, lo original de los escritos de Whorf no radica en sus planteamientos sobre las estructuras cognitivas y su relación con el lenguaje, sino en los nuevos temas que introduce, como las categorías overt / covert (“abiertas” y “cubiertas” en las traducciones españolas) [10], o las isoglosas culturales (la proposición del Standard Average European). En cuanto al “relativismo”, Whorf no aporta prácticamente nada nuevo, y se queda de hecho en una posición bastante tímida respecto a otras figuras del debate antropológico general. Whorf resulta ser en muchos aspectos incluso bastante menos “relativista” que Sapir (pero atreverse con Sapir sería más grave, incluso para Pinker), bastante más boasiano. [11]

La brevedad de este marco me obliga a regresar sin más a la pregunta del título: “¿Quién teme a Benjamin Whorf?”, y proponer —sin agotar el tema— algunas respuestas dispersas:

— Los que consideran que “biología” y “cultura” son dos términos antagónicos, que se pisan las sombras, y creen así que, de desarrollarse la investigación de las dimensiones culturales del lenguaje, mermarían los caminos para investigar sus aspectos cerebrales, biológicos, antropológicos…

— Los que creen que la diversidad es la principal enemiga del modelo. Que la variación es la enemiga de la explicación (es decir, de la posibilidad de conocimiento). Los que por ejemplo han hecho una apuesta a priori por “lo universal” del lenguaje, y han confundido lo universal con la identidad formal, con la “repetición” (en el sentido que da Deleuze a este término), y así toda la variación o defensa de la variación (el relativismo) se les aparece como una amenaza potencial, como una forma perversa de ver las cosas. Siendo así que todo es variación (ya se asombraba Cortázar de que la gente creyera que abrir una lata de sardinas es igual que abrir una lata de sardinas), habrá que construir modelos generales —universales— de la variación y la diferencia, modelos dinámicos. Más que pedir a la realidad que no se mueva.

— Los que nunca habían oído hablar del relativismo cultural hasta que se encontraron con los sorprendentes escritos de Whorf. Los lingüistas que sólo saben de “lingüística” (y han delimitado previamente su campo de una manera interesadamente corta). En fin, los que no han ido nunca a ver una obra de Albee y llevarán un rato preguntándose qué pretendo yo aquí sacando este cadáver del armario.

 

Notas

[1] Véase Geoffrey Sampson, Schools of linguistics: Competition and evolution. Londres: Hutchinson, 1980, especialmente pp. 160-163.

[2] El texto canónico de refutación para generativistas de a pie de toda disquisición sobre nieves y esquimales es el artículo de G. K. Pullum: “The great Eskimo vocabulary hoax” (publicado en The great Eskimo vocabulary hoax and other irreverent essays on the study of language. Chicago: University of Chicago Press, 1991). Se ha dicho en muchas ocasiones que los chomskianos han seguido aquí el mismo error que decían criticar: si el asunto de los “nombres de la nieve” había sido al final precisamente una bola de nieve, que había ido pasando —y creciendo— de autor en autor sin comprobar las evidencias, el artículo de Pullum es citado una y otra vez como argumento irrefutable que termina cualquier discusión sobre el tema, pero pocos parecen haberlo leído realmente (a juzgar por lo que dicen que dice Pullum).
El texto que demuestra con una simple calculadora la estulticia de la totalidad de los planteamientos conductistas sobre el lenguaje es, en el imaginario generativista, la reseña del propio Chomsky de Verbal behavior de Skinner (en Language, vol. 35 (1959), pp. 26-58).

[3] Por ejemplo los dos trabajos de J. Lucy: Grammatical categories and cognition: A case study of the linguistic relativity hypothesis y Language diversity and thought: A reformulation of the linguistic relativity hypothesis. Ambos en Cambridge: Cambridge University Press, 1992.

[4] Quizás sea el anhelo de constituirse en ciencia autónoma lo que ha llevado a la lingüística moderna a concebir su propia historia desde la autogénesis. Propongo el interesante ejercicio de comparar el “Boas de los lingüistas” (tal como aparece por ejemplo en S. R. Anderson: Phonology in the Twentieth Century. University of Chicago Press, cap. 8) con el “Boas de los antropólogos” (como se le describe por ejemplo en M. Harris: The rise of anthropological theory. T. Y. Crowell, cap. 9 y siguientes).

[5] Citaremos por la última edición española: El instinto del lenguaje. Cómo crea el lenguaje la mente. Madrid: Alianza, 1999 (traducción de J. M. Igoa González).

[6] Significativamente, Pinker cita a Sapir en su bibliografía, pero no recoge siquiera un título de Whorf, pese a dedicar a sus afirmaciones tantas páginas (y es que los “paracientíficos” no merecen aparecer en las bibliografías de los autores “serios”).

[7] B. L. Whorf: “The relation of habitual thought and behavior to language”, en Language, culture and personality. Essays in memory of Edward Sapir. Menasha: Sapir Memorial Publications Fund, 1941, pp. 75-93. Citaremos por la edición española de la antología de S. Chase y J. B. Carroll: Lenguaje, pensamiento y realidad. Selección de escritos. Traducción de J. M. Pomares. Barcelona: Barral, 1971. En este caso las citas son de pp. 160 y 182-183 (“La relación del pensamiento y el comportamiento habitual con el lenguaje”).

[8] Whorf: “Lenguaje, mente y realidad” (1941), p. 299.

[9] Whorf: “La relación del pensamiento y el comportamiento habitual…”, p. 182.

[10] W. Fowley señala el modelo overt / covert y sus implicaciones metodológicas como lo verdaderamente original de los planteamientos de Whorf (Anthropological linguistics. An introduction. Oxford: Blackwell, 1997, p. 200). A. Duranti ve en la categoría covert un antecedente de la noción chomskiana de estructura profunda (Linguistic anthropology. Cambridge: Cambridge University Press, 1997 [Antropología lingüística. Trad. de P. Tena. Madrid: Cambridge University Press, 2000, p. 93]).

[11] Boas, aunque sorprenda a los no familiarizados con los debates antropológicos, es considerado uno de los difusores de la perspectiva de las “categorías universales” en el análisis cultural (véase por ejemplo G. Witherspoon, “The central concepts of Navajo world view”, en M. D. Kinkade (ed.): Linguistics and anthropology. Gante: De Ridder, 1975, pp. 701-720).

 

Este texto fue publicado originalmente en Interlingüística vol. 11 (2001), pp. 297-303.

© Miguel Peyró, 2001.

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