Diversidad cultural e identidad humana

 

2-4Hay personas que por determinadas razones se niegan a aceptar la diversidad cultural —y por lo tanto comunicativa— de nuestra especie. O consideran que es un fenómeno meramente aparente, al que no se debería dar tanta importancia en nuestros días. Las culturas serían diferentes sólo superficialmente (Harris), las lenguas serían diferentes sólo superficialmente (Chomsky)… Les mueve a estas personas, en los mejores casos, una cierta filosofía humanista ilustrada que cree necesario recalcar —so pena de crear terribles fisuras y enfrentamientos entre las sociedades del planeta (“choques de civilizaciones”)— la universalidad de la especie humana. Es cierto que biológicamente los seres humanos somos una única especie, que la supuesta gradación en “razas” de las capacidades o de la inteligencia es un discurso torpe y absurdo que no resiste la simple evidencia. Pero es verdad también que los humanos somos animales sociales dotados de una fantástica capacidad para comunicarnos (mediante la actividad verbal, mediante la creación de complejos sistemas simbólicos de todo tipo) y que este peso determinante de la comunicación en nuestra existencia llega a hacernos ver el mundo (el mismo mundo) de formas muy diferentes. El mundo, para la persona que vive en comunidad, es antes algo que le describen sus semejantes que algo que experimenta directamente. La mayor parte de las cosas que creemos saber sobre la realidad que vivimos nos las han contado los otros miembros de nuestra comunidad. Así dice Carlos Castaneda que le dijo el brujo yaqui Don Juan:

“Dijo que el mundo de la vida cotidiana no es real ni está allí, como nosotros creemos. La realidad, o el mundo que todos conocemos, es solamente una descripción. Me señaló que todo el que entra en contacto con un niño es un maestro que le describe incesantemente el mundo, hasta el momento en que el niño es capaz de percibir el mundo según se lo describen.” (C. Castaneda, Viaje a Ixtlán, 1975)

A estas diferencias colectivas y subjetivas de explicar y percibir el mundo objetivo las llamamos culturas. Y al reivindicar la diversidad fundamental de las culturas no estamos proponiendo una gradación vertical de las sociedades humanas: supuestas formas “mejores” o “peores” de entender el mundo e interactuar con él, como defiende el viejo y maloliente racismo colonial. Proponemos, por el contrario, un abanico horizontal de cosmovisiones: cada cultura ve el mundo de una manera específica (y muy compleja), y ninguna puede ser entendida como “mejor” o “peor” que otra. “Mejor” o “peor” sólo podría significar que se encontraría más cerca o más lejos de la objetividad del mundo. Pero las visiones del mundo de las culturas son ante todo, como acabo de decir, discursos (explicaciones que nos han contado los otros miembros de nuestra comunidad) y, como tales, meros sistemas comunicativos, estructuras de signos. Como diría Saussure, la relación de los signos con la realidad es siempre arbitraria, aunque el uso continuado de los que nos son propios nos pueda inducir al espejismo de que hay algo natural en ellos.

Sin embargo la identidad biológica común de los seres humanos les sigue pareciendo a ciertas personas un obstáculo o contradicción insalvable para aceptar que exista una radical diferencia de formas de pensar y de vivir en las distintas culturas. Si todos los seres humanos somos iguales ¿no tenemos acaso, básicamente, las mismas necesidades, las mismas funciones que cumplir? Alimentarnos, descansar, amar, jugar, soñar, tener curiosidad, defendernos de las inclemencias del tiempo, proteger a nuestros miembros más pequeños e indefensos, establecer lazos de amistad, evitar las enfermedades… ¿no son necesidades universales, biológicas, de la especie? ¿tanto pueden modificar estas funciones comunes las diversas culturas? A esta pregunta algunos antropólogos muy pedagógicos han respondido con la parábola del tenedor y los palillos, es decir con la metáfora de las culturas como instrumentos.

Todos debemos (biológicamente) llevarnos la comida a la boca, pero no todos lo hacemos (culturalmente) de la misma manera. En unas partes del mundo usamos instrumentos generalmente de metal llamados tenedores o cucharas, en otras partes del mundo usamos instrumentos generalmente de madera llamados palillos, en otras partes usamos la mano derecha… Tener que cumplir la misma función no significa que lo hagamos de la misma forma. Sólo alguna inveterada variante del etnocentrismo puede imaginar que habrá una manera preferente o general de hacer las cosas en todo el mundo (curiosamente, la propia). Y es que sin duda el “universalismo” camina a menudo al borde del abismo del etnocentrismo… El estudio de las culturas es así el estudio de las formas de cumplir con las necesidades universales de la especie. Todos los seres humanos quieren dar muestras de reconocimiento a los que consideran sus amigos, pero las formas de saludo son infinitamente diversas a lo largo del planeta (y no sólo en lo lingüístico). La misma atracción sexual genera incontables y muy diferentes formas de “cortejo”. La común necesidad de divertirse da paso a numerosas modalidades de reunión y entretenimiento. En el estudio de las culturas lo importante no es qué hace el homo sapiens —en este sentido es bastante monótono—, sino cómo lo hace.

 

© Miguel Peyró, 2013.

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