El poder de las palabras: Un experimento

 

1984-orwellEn su novela 1984, uno de los hitos fundacionales del género literario cyberpunk, George Orwell imagina una sociedad dictatorial —Oceanía— en la que el dominio de la población se ejerce fundamentalmente a través del lenguaje. Los amos de Oceanía controlan y modifican la lengua con el objeto de controlar y modificar los pensamientos de los ciudadanos. Trabajan incansablemente sobre un perverso proyecto, la neolengua (newspeak), que evitará en un futuro próximo toda posibilidad de disidencia.

La tesis de Orwell viene a ser que no podemos pensar aquello que no podemos nombrar, que una lengua establece en su vocabulario las “unidades de realidad” que pueden concebir quienes la usan. Por ejemplo, si la palabra rebelión no existe en una lengua, quienes la hablan no podrán rebelarse. Ese es el objetivo básico de la neolengua de Oceanía. Es sin duda ésta una tesis radical, a la que contradice la simple experiencia cotidiana: todos podemos pensar en personas que hemos visto y cuyos nombres no sabemos. No nos hace falta conocer cómo se llama un artilugio para poder recordarlo. Incluso tenemos la conciencia más o menos clara de emociones para las que no creemos que exista un nombre concreto en nuestra lengua.

Que Orwell no tuviera completamente razón no debería hacernos suponer que estuviera totalmente equivocado. Las cosas no suelen ser tan extremas. Démosle la vuelta a su modelo y aparecerá más claro el poder del lenguaje al que él se refería: Es verdad que podemos perfectamente pensar cosas para las que no tenemos palabras, pero también es verdad que, si tenemos la conciencia de una palabra, aceptaremos automáticamente que existe un elemento propio y distinto en la realidad. Aunque no nos merezca mucho crédito de dónde viene. Un ateo no niega que existan en el mundo la fe o la salvación, porque que un concepto exista en el mundo sólo quiere decir que la gente habla de él, que sirve socialmente para organizar y describir la realidad. Posiblemente nuestro ateo no tenga fe en los dogmas de una iglesia, pero sí en el progreso, en la humanidad, o en las promesas de determinado líder. La fe existe en el mundo desde el momento en que la palabra se lanza a la arena de la comunicación. Por lo tanto, es cierto que podemos imaginar conceptos sin palabras, pero también es cierto que creemos en la existencia objetiva de todos los conceptos para los que tenemos palabras.

Si descubrimos que existen en nuestra lengua dos palabras para una idea que considerábamos genérica, automáticamente aceptaremos que hay significativos matices en ella, nos obligaremos a dividirla en sendas categorías. Del mismo modo, una palabra que abarca varios conceptos tiende a ponerlos en conexión entre sí, establece alguna sutil red de connotaciones entre ellos. Seguramente los hablantes de alemán tienen más claro que los hablantes de español que las guerras se hacen con el objetivo de apropiarse de cosas de otros, que toda guerra es una “guerra de rapiña”, porque la palabra que usan para “guerra”, Krieg, está vinculada estrechamente al verbo kriegen, que significa “recibir, obtener”.

Las palabras, el lenguaje, no son los únicos medios para pensar el mundo, pero sí son los que utilizamos de modo preferente. Pasamos los elementos que creemos que existen en la realidad primero a través de su tamiz y, sólo si no encajan las cosas —si nos encontramos “sin palabras” para nuestras experiencias—, buscamos otras formas de conceptualización o de recuerdo, sin duda mucho más imprecisas o ambiguas. Somos seres sociales, la realidad es un tema compartido y es el lenguaje el que hace posible todo ello.

Hay un sencillo experimento para comprobar el peso prioritario de las palabras a la hora de desenvolvernos con los conceptos. Para realizarlo sólo nos hacen falta los dos cuadros que a continuación se muestran y un cronómetro. El experimento consiste en ir diciendo en voz alta y en orden los colores de las palabras que están en esos cuadros. No las palabras en sí, sino sus colores. Por ejemplo, decir “azul” cuando veamos amarillo.

Sin-título1

Cuadro 1

 

Sin-título2

Cuadro 2

 

Un hablante de español habrá terminado con el cuadro 1 en unos instantes. Pero habrá empleado mucho más tiempo en el cuadro 2. La razón está en que en este cuadro las palabras y las realidades no coinciden, y nuestra mente habrá tendido todo el tiempo a dar prioridad a las palabras. Sin un esfuerzo continuo, los nombres de colores se habrían acabado imponiendo sobre los colores mismos, tal es la fuerza de atracción de las palabras sobre nuestra forma de percibir y organizar el mundo. Posiblemente el lenguaje no sea el emperador supremo del pensamiento, pero sí es, sin duda, uno de sus ministros principales.

 

© Miguel Peyró, 2013.

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