Interculturalidad no significa (automáticamente) respeto por las culturas

 

Aristóteles intercultural

05Como toda palabra políticamente correcta, interculturalidad puede ser sólo una forma nueva de maquillar viejos prejuicios. Hoy día muchas personas, empresas e instituciones occidentales afirman dedicarse a la comunicación intercultural, y con ello parecen presentarse como si estuvieran por encima de los viejos estereotipos que se han interpuesto tradicionalmente entre las culturas. Entender la dedicación más o menos profesional a la comunicación intercultural como una inmunización automática contra estos estereotipos sólo se concibe si se parte de la errónea premisa de que los estudios interculturales son algo totalmente novedoso, que antes —por ejemplo en las desiguales interacciones coloniales— no había nada parecido a los actuales “especialistas” en la comunicación entre culturas.

Esta visión de las cosas es falsa. Todo poder ha necesitado siempre entender a sus dominados, comunicar de algún modo con ellos, aunque sólo fuera para transmitirles sus órdenes y conocer sus debilidades y fortalezas (posibilidades de resistencia). Los discursos sobre otras culturas son tan viejos como el desprecio por ellas. No se llamaban estudios interculturales, pero trataban de lo mismo. Lo que hay de positivo en determinadas corrientes de estudios culturales de hoy no es haber encontrado una temática, un nuevo campo de trabajo, sino el nuevo enfoque respetuoso que pueden adoptar. Porque el respeto por otras culturas significa fundamentalmente entender que cada una de ellas es una visión coherente de la realidad, con sus propios principios y su propia lógica, y no una forma más o menos “incompleta”, “desviada” o “atrasada” de la nuestra.

En Occidente los discursos despreciativos sobre otras culturas son tan antiguos como la conciencia de superioridad de la propia civilización europea. Resulta curioso leer la Política de Aristóteles, libro fundacional sobre el hombre griego-occidental (el anthropos), y descubrir que todas las cualidades positivas que va atribuyendo a esta figura se argumentan por contraposición a las cualidades negativas del no griego-no occidental (el bárbaro). Al final la Política alude más veces a los bárbaros que a los griegos, aunque su tema central era la caracterización de estos últimos. “¿Qué sería de nosotros sin los bárbaros?”, escribiría irónicamente otro griego, Kavafis, muchos siglos después.

La cuestión por lo tanto está en el enfoque, no en el tema. Y la etiqueta estudios interculturales sigue haciendo referencia a un tema, no necesariamente a un enfoque. Por ello muchos estudios interculturales contemporáneos pueden ser —y de hecho lo son— sólo reediciones modernas del viejo desprecio etnocéntrico por los que no son como nosotros. Al ser más modernos, o incluso posmodernos, llevan un bagaje más sofisticado: se arropan en la última jerga antropológica, semiótica, sociológica… pero su línea central de pensamiento es la misma: quienes no son como nosotros son más complicados, absurdos, incoherentes o deficientes. Leyendo a algunos “expertos” en comunicación intercultural de hoy, especialmente del mundo anglosajón, da la impresión de que se ven a sí mismos como los continuadores de los antiguos capataces coloniales que sabían “cómo tratar a los nativos”.

 

Las culturas que no amaban los relojes

Por ejemplo, en un grupo de LinkedIn sobre comunicación intercultural aplicada al mundo empresarial, veo cómo uno de estos “expertos” afirma saber cómo solucionar los problemas de empresas que trabajan con personas de “culturas que no saben valorar el tiempo”. Con esta frase, el “experto” alude a sociedades donde, por ejemplo, uno no se presenta en casa de unos amigos justamente a la hora exacta en que le invitaron a comer. Para los miembros de las culturas donde se hace (y que suelen creer que hacerlo es sustancialmente “mejor”, “más educado”, “más correcto”), esto puede entenderse como un problema de “valorar el tiempo”. Las sociedades donde la gente no suele llamar al timbre exactamente a la hora en punto en que le dijeron —sociedades donde los anfitriones pueden salir tranquilamente a comprar algo de última hora sin encontrarse en la acera a todos sus invitados mirando los relojes— son, desde el punto de vista de este “experto”, culturas que “no saben valorar”. Y está claro que quienes “no saben” (valorar, escribir, o lo que sea) son unos ignorantes.

Nuestro “experto”, por lo tanto, se ofrece en LinkedIn a dar algunas claves efectivas sobre cómo tratar con estos ignorantes: ello constituye para él el difícil trabajo de un especialista en comunicación intercultural. No cabe en su forma de ver las cosas que, en ciertas sociedades, quien no llega puntualmente a una invitación no es que no estime su reloj o no tenga en cuenta la hora que marca. Que llegar extremadamente puntual a una invitación es visto en determinadas culturas como una forma inconveniente de apremio, de exigir que le den cuanto antes lo que le prometieron (por ejemplo, de comer). Lo “más correcto” desde ese punto de vista es no ser tan puntual, porque, consecuentemente, los anfitriones que dijeron “a las nueve” no esperan en absoluto que a las 21:00 en punto suene el timbre de la puerta.

“Donde fueres haz lo que vieres”, dice el viejo refrán español, con un enfoque profundamente más intercultural que el de nuestro “experto” en sociedades que “no saben valorar” cosas. Porque es tan maleducado, siguiendo con el ejemplo, presentarse a las nueve en punto en Argentina como presentarse a las nueve y media en Dinamarca. Considerar que una de las dos opciones es naturalmente “mejor” (curiosamente la más cercana a la que nosotros usamos) es no entender qué significa realmente la diversidad cultural. Es muy probable que el europeo del norte que está tan orgulloso de la “valoración” de su minutero, esté incumpliendo otras pautas relacionadas con el tiempo según el punto de vista de sus anfitriones en otras sociedades. Por ejemplo, si acudiera a una invitación a cenar en muchas partes de la India, posiblemente le preocuparía de nuevo su puntualidad de llegada, pero no sabría que existe también una puntualidad de partida. En esas sociedades “lo más correcto” es irse de la casa inmediatamente después de haber terminado de comer. Nuestro norteeuropeo, que consideraría eso una grosería, se entretendría en la sobremesa, esperaría a ser invitado a “pasar al salón”, y otra serie de convenciones sociales a las que está acostumbrado. Pero, desde el punto de vista de sus anfitriones indios, si no se marcha es que quiere manifestar que se ha quedado con hambre, que la invitación ha sido escasa. Para su desconcierto, verá que no sólo no le proponen sentarse a tomar una copa en la salita, sino que vuelven a ponerle por delante más platos de comida. Hasta que se marche. ¿Podrían criticar sus anfitriones su falta de valoración del tiempo, o cómo deberían llamar a este comportamiento que no tiene en cuenta los momentos justos de hacer las cosas?

 

De las extrañas formas de expresarse de judíos y orientales

Entre los textos que se presentan como estudios interculturales, uno de los más despreciativos de la diversidad cultural que conozco es el célebre ensayo “Cultural thought patterns in intercultural education” [Modelos culturales de pensamiento en educación intercultural], escrito por Robert B. Kaplan, actualmente catedrático emérito de lingüística aplicada en el Departamento de Lingüística de la Universidad del Sur de California y fundador de la famosa publicación Annual Review of Applied Linguistics. Este trabajo fue publicado en Language Learning, de la Universidad de Michigan, en 1966.

Establece Kaplan que cada cultura tiene unos patrones o modelos propios de pensar y de expresarse, y los ejemplifica en el siguiente esquema:

 

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Como puede verse, la cultura inglesa (siendo él un norteamericano, habrá que sobreentender anglosajona) es directa y clara: va sin rodeos, como una flecha, al asunto que le ocupa. Pero las otras culturas, las que no son la de Kaplan, son sólo un cúmulo de rodeos e incongruencias. La cultura que él llama semítica (¿árabe? ¿hebrea? ¿babilónica?) zigzaguea todo el tiempo, perdiendo constantemente el hilo lógico (las pérdidas de este hilo están representadas por las líneas discontinuas). Hay en el imaginario de Kaplan también una cultura oriental (¿china? ¿japonesa? ¿hindú? ¿vietnamita?) que se enrosca en su pensamiento, dando vueltas y más vueltas. La cultura románica discursea por caminos que no van a ningún sitio y luego se ve obligada a retroceder. Y la cultura rusa hace prácticamente lo mismo, pero todavía de una manera más lamentable, porque pierde el hilo lógico durante grandes trechos. Es evidente cuál es la forma de pensamiento más clara, práctica y eficaz: la de Kaplan y sus colegas WASP de las universidades estadounidenses, el American way of thought.

La propia división del mundo de las culturas en inglesa, semítica, oriental, románica y rusa debería haber invalidado ya las tesis de Kaplan. Hasta la baraja para niños de la familia esquimal ofrecía un panorama de las culturas más elaborado. No existe, por ejemplo, ninguna cultura oriental, como algo único y coherente, salvo en los clichés etnocéntricos de las películas de aventuras de Hollywood (los célebres “amarillos”). ¿Todas las culturas que se expresan en lenguas eslavas son rusas? Pero lamentablemente el trabajo de Kaplan sigue fascinando a muchos “especialistas” actuales en el contacto entre culturas, notoriamente en el mundo anglosajón, que es el que sale en su esquema tan bien parado. En cierta página web de una empresa sobre comunicación intercultural (que me permito no citar por evitarle la publicidad y por vergüenza ajena) uno de estos “expertos” que hoy existen se permite incluso desarrollar las tesis originales de Kaplan, aportando el siguiente esquema de su propia cosecha:

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Aquí lo oriental se ha vuelto asiático (desde el Líbano al Japón) y lo semítico se llama ahora judío. Traduciré primero las explicaciones que su autor da sobre el modelo, y luego me entretendré en señalar algunas de sus incongruencias más evidentes:

“La lengua inglesa va al grano, y enfatiza la organización y la concisión. La comunicación inglesa es directa y no se dispersa o se despista.
Las lenguas germánicas tienen tendencia a hacer las cosas más complicadas de lo que sería necesario. La comunicación germánica también es directa, pero se inclina a alejarse del tema mediante la consideración de otros aspectos, como la historia, etc.
En las lenguas románicas (por ejemplo, español, francés y portugués) los rodeos no son nada raros, más bien deliberados. La comunicación románica a menudo tiende a la disgresión. Se considera apropiado introducir material superfluo.
Si nos fijamos en las lenguas asiáticas, hay frecuentemente una gran parte de circunlocuciones y expresiones indirectas, debido a varias razones: por ejemplo, vergüenza, cortesía y otros motivos.
La comunicación judía tiende a dar explicaciones y justificaciones digresivas, y así se pierde en detalles y suele terminar siempre con “…pero esto es otra historia”.
Y para finalizar, unas palabras sobre la comunicación rusa: es frecuentemente tortuosa y divagadora. Estos rodeos pueden incluir ideas divergentes que a menudo no es fácil de conectar.”

¿Cuáles son las lenguas germánicas a las que alude este autor? Desde el punto de vista lingüístico, el inglés es ya una lengua germánica. Parece que se refiere exclusivamente al alemán. La idea de “complicación” de “incluir muchos aspectos” parece ser un estereotipo americano sobre la erudición alemana y centroeuropea. Ya se sabe los mamotretos tan gordos que escribía Kant, cuántas palabras ponía en fila el maldito teutón… Por otro lado no existen las lenguas asiáticas más que como una referencia geográfica muy difusa. Lenguas como el hindi, el chino o el japonés no tienen nada que ver entre sí, ni en su estructura gramatical, ni en la forma de organizar el léxico, ni en su ordenación semántica. ¿Estaría de acuerdo este especialista en encontrar similitudes entre el inglés norteamericano y el maya porque ambas son lenguas americanas?

En cuanto a lo que él llama la comunicación rusa, todavía se la ve en peor estado que en el modelo de Kaplan: ahora ya sólo es un conjunto incoherente de rasgos que se cortan bruscamente y terminan en la nada (Uno esperaría que los norteamericanos trataran mejor a los rusos después de la desaparición de la URSS, pero parece no). Y la guinda a este desquiciado modelo de las culturas del mundo es la alusión a una supuesta comunicación judía. ¿Qué podría ser eso? ¿La forma de hablar o escribir de quienes usan el hebreo moderno, la lengua oficial del estado de Israel? ¿Incluiría también a quienes usan el yiddish o el sefardí? ¿Y qué pasaría, pongamos, con los judíos estadounidenses que utilizan el inglés? “Judío” es una etiqueta religiosa: ¿todos los judíos del mundo comunican de forma similar, por culpa de su religión? Los viejos antisemitas deben estar frotándose las manos: no había una nariz común, pero sí una garganta común… En fin, creo que es suficiente con señalar que ningún libro de Freud, de Kafka, de Spinoza o de Italo Svevo termina con eso de “pero esto es otra historia”...

Kaplan y sus modernos seguidores están en el centro de esta disciplina que hoy se llama comunicación intercultural. Sus elucubraciones se siguen estudiando con ahínco en las universidades norteamericanas. Es evidente que nuestra flamante etiqueta no vacuna en absoluto contra las formas burdas y denigrantes de acercarse a la gran riqueza cultural de la especie humana.

 

Entrañable Ovidio

Decía al principio que las visiones sobre otras culturas desde lo alto de la escala del desprecio son tan antiguas como nuestra propia conciencia de superioridad civilizatoria. Que los “estudios culturales” à la Kaplan hunden ya sus raíces en la antigüedad que llamamos clásica, cuando bautizamos como bárbaros a todos los que no eran como nosotros, y los tratamos como antimodelos de lo que deberíamos ser. Pero es justo decir que las formas respetuosas de acercarse a otras sociedades también han sido muy antiguas en nuestra cultura, aunque hayan resultado más escasas o menos célebres. Contra todos los autores clásicos especialistas en insultos contra los bárbaros, quiero terminar aquí haciendo un pequeño homenaje al poeta romano Publio Ovidio, el autor de las célebres Metamorfosis. Al final de su vida, el emperador Augusto desterró a Ovidio a Tomis, la actual Constanţa (Rumanía), donde murió. Solo y en tierra de bárbaros, Ovidio tuvo la capacidad de darse cuenta de que bárbaro era sólo una etiqueta basada en una perspectiva. En su obra Tristes (5, 10, 37) escribió estas inteligentes palabras, que deberían ser el lema de todos los estudios interculturales que pretendan liberarse del etnocentrismo: Barbarus hic ego sum, quia non intelligor ulli  — Aquí el bárbaro soy yo, porque nadie me entiende.

 

© Miguel Peyró, 2013.

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