Las culturas como contextos lingüísticos

 

17500f22aa.jpg-500x487Posiblemente algunos de los puntos muertos a los que se ha llegado en los debates sobre las relaciones entre lengua y cultura tengan que ver con la propia caracterización de qué es y cómo funciona una lengua. Hay dos grandes maneras de concebir esta cuestión, que, al convertirse en corrientes dentro de la lingüística, responden técnicamente a los nombres de formalismo y funcionalismo. Son dos enfoques o perspectivas sobre las lenguas que atraviesan no sólo los textos lingüísticos teóricos, sino las descripciones de lenguas concretas e incluso sus métodos prácticos de aprendizaje.

La perspectiva formalista concibe las lenguas como sistemas cerrados, mecanismos autosuficientes de producción de mensajes al margen de la situación de los hablantes, del contexto en el que se produce el contacto comunicativo e incluso del propio significado de esos mensajes.

La perspectiva funcionalista, por su parte, entiende que las lenguas son fundamentalmente instrumentos que utilizan sus hablantes para conseguir fines determinados (establecer distintos tipos de contacto, obtener algo del interlocutor, convencerlo o disuadirlo de una idea, etc.). Es imposible para este enfoque estudiar el proceso lingüístico fuera del contexto general en el que tiene lugar, es decir fuera de la situación e intenciones de los hablantes. Para la perspectiva funcionalista, el enfoque formalista es tan extraño como dedicarse al estudio detallado de una herramienta, por ejemplo una llave inglesa, sin tener en cuenta para qué se utiliza.

En la mayoría de los debates contemporáneos sobre si hay una relación especial entre lenguas y culturas, una de las partes al menos —habitualmente la que se opone a tal relación— parte de un enfoque estrictamente formalista y a menudo suele atraer el debate a su propio terreno. Esto es lo que ha sucedido con el estrecho discurso anticultural de la escuela de Chomsky, la lingüística generativa, corriente hoy ya en franco declive pero muy célebre durante el siglo pasado. Si las lenguas son mecanismos ciegos y automáticos de generar frases “correctas”, independientemente de su significado y de la situación de sus hablantes, entonces evidentemente no hay espacio para tener en cuenta el contexto de un acto de habla y sus numerosas variables, para dar cabida al mundo en que viven los interlocutores y su forma de percibirlo y explicarlo, es decir para todo eso que llamamos genéricamente cultura. Predeterminado biológicamente, el lenguaje sería, según esta perspectiva, una realidad al margen de los avatares históricos y sociales de los grupos humanos, de sus creencias y de sus expectativas. La llave inglesa sería un ingenioso instrumento, con sus ruedecitas y sus mandíbulas de acero móviles, y se podría saber todo sobre ella sin saber absolutamente nada de qué tipo de personas la utilizan y con qué propósitos.

A la vista de todo esto, y para clarificar nuestro campo de trabajo, debemos decir que sólo un enfoque funcionalista sobre las lenguas puede investigar sus conexiones con las culturas. Para la perspectiva formalista no hay personas reales implicadas en el lenguaje (con sus específicos perfiles y circunstancias), sólo clónicas encarnaciones de un mismo y abstracto hablante ideal (deberíamos llamarlo mejor busto parlante ideal) que se expresa mecánicamente siempre igual por encima de toda contingencia. Por ello la corriente funcionalista prefiere estudiar el lenguaje en contextos reales, en el marco de interacciones humanas concretas, y la corriente formalista tiende a trabajar con textos escritos, aquellos donde los interlocutores y su mundo aparentemente han desaparecido.

El modelo funcionalista no concibe el estudio de un acto de habla al margen del contexto en que se produce. El contexto —es decir, la situación en que están inmersos los interlocutores y las circunstancias específicas en que se producen sus intercambios verbales— es el que determina la opción lingüística que elige el hablante, y también el significado final de su mensaje. Si yo digo en unas ocasiones Quiero un café y en otras Quisiera un café, la elección en cada caso viene determinada por el contexto en que me hallo (en casa con mi familia o en una cafetería ante un camarero que no conozco, por ejemplo). La regla para elegir quiero / quisiera está determinada por el factor del contexto. Del mismo modo No trabajes tanto puede ser un elogio o una crítica. Si se lo digo a un compañero de oficina que lleva todo el día sin levantarse de su mesa, es evidentemente elogioso. Si se lo digo a otro compañero a quien encuentro charlando animadamente en el bar de la esquina en horario laboral, es una crítica mordaz. El significado de mi frase ha dependido del contexto en que ha sido pronunciada.

Que un mensaje esté determinado, tanto en su forma como en su significado, por el contexto es una característica general de todos los procesos de comunicación humanos, no sólo del lingüístico. Cuando decíamos en otro texto que un mismo gesto puede ser entendido de formas muy distintas según los lugares, estábamos haciendo referencia precisamente al contexto.

Mensaje y contexto funcionan de manera muy similar en todos los sistemas simbólicos de comunicación que nuestra especie ha inventado, y esta universalidad parece proceder de nuestro mecanismo mental profundo para representar la realidad en que vivimos. La escuela de psicología de la Gestalt estableció que toda percepción humana está compuesta de dos elementos: uno prominente llamado figura y otro secundario llamado fondo. En todo acto de percepción —sea visual, auditivo, etc.— distinguimos automáticamente una figura y un fondo. No podemos concebir la existencia de figuras sin establecer mentalmente los fondos sobre los que destacan, sobre los que “se recortan”. El ejemplo de la copa de Rubin (llamado así por su diseñador, el psicólogo danés Edgar Rubin) es bastante elocuente.

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En esta imagen, donde dos sectores planos, uno negro y otro blanco, tienen bordes claramente definidos, tendemos a asignar automáticamente a uno el papel de figura y a otro el de fondo. Es una necesidad inmediata e ineludible de nuestra mente. Podemos concebir que el sector blanco es la figura y el negro el fondo, y así veremos la imagen de una copa. O podemos concebir que el sector negro es la figura y el blanco el fondo, y veremos dos caras enfrentadas.

Cualquier comunicación humana utiliza figuras (señales, signos, símbolos, mensajes) destacadas sobre fondos (contextos). No podría ser de otra forma, ya que para distinguir una unidad comunicativa debemos captar igualmente el fondo en el que se sitúa. Es este fondo o contexto el que nos permite saber su forma y también su sentido, lo que en el mundo de la comunicación llamamos su significado. Sin contextos no podríamos hablar propiamente de significados, como puede verse en el siguiente ejemplo sobre el empleo comunicativo de los colores.

Los colores son señales visuales más o menos distintivas a las que las diferentes sociedades asignan significados convencionales. Y estos significados dependen enteramente del contexto. Así la pregunta ¿Qué significa el color negro? sólo puede ser contestada en función del contexto o fondo en que ese color aparece. En Occidente el negro tiene el significado de “muerte” o “luto” en el contexto de una indumentaria completa o de una cinta, el significado de “paracaidista” en el contexto de una boina militar en determinados países, el significado de “anarquismo” en el contexto de una bandera, el significado de “fascismo” en el contexto de una camisa en los años treinta del siglo XX en Italia o Gran Bretaña, y el significado de “artesano” en el contexto de una túnica en la antigua Roma. Fuera del marco general de Occidente, el negro puede significar otras cosas: En el mundo musulmán y en el contexto de una bandera o estandarte significa “primeros seguidores de Muhammad”, con todas las connotaciones que esto tiene en la cultura islámica. En China, por ejemplo en el contexto de la imagen de una tortuga, significa “norte”. En Japón, en el contexto de ciertas prendas, significa “experiencia” (como en el cinturón negro del yudo).

bandera_rojaLo mismo puede decirse del uso simbólico de cualquier otro color. En esta imagen leemos “peligroso bañarse” porque el color rojo está en el contexto o fondo de una bandera, y ésta a su vez está en el contexto de la imagen de una playa. Un contexto (la bandera) puede estar incluido en otro (la playa), y es el conjunto de ellos el que nos da el significado final de la señal (rojo). Si el segundo contexto (la playa) faltase, el significado sería posiblemente “socialismo”.

Lo que llamamos cultura es un entramado o red de sistemas de representación-comunicación. Cada signo concreto (una palabra, un gesto, un símbolo gráfico, un rasgo distintivo del vestir…) es percibido como una figura destacada sobre este entramado o fondo. La cultura es el contexto simbólico general de una sociedad, dentro del cual un signo determinado adquiere su verdadero significado. Los traductores saben que, en muchas ocasiones, palabras que parecen equivalentes en dos lenguas acaban teniendo sentidos muy distintos, según el lugar (marco cultural) donde se empleen. Ser un republicano de toda la vida no es lo mismo en Estados Unidos que en España, por poner un ejemplo evidente. Aunque la palabra haga referencia en ambos casos a un partidario de una forma de estado contrapuesta a la monarquía, el contexto de la historia particular de cada país hace que en Estados Unidos aluda a una persona “conservadora” y en España a una “progresista”. Es decir, significados más o menos opuestos. Mesa tampoco significa realmente lo mismo en España que en Sudán. En España es un mueble común de los hogares, incluso de los más modestos, relacionado en el imaginario colectivo con la comida o la reunión (sentarse a la mesa, no hablar en la mesa, mesa de negociaciones…). En Sudán, donde la gente tradicionalmente come sentada en el suelo, la mesa se designa con una palabra importada del griego (tarabeza, procedente de trapecio) y se asocia a una forma de vida moderna, adinerada o extranjera.

La relación de las lenguas con las culturas pasa, por lo tanto, por la relación de los mensajes lingüísticos con su contexto. Sólo quien cree en la existencia de frases desprovistas de contexto imagina que el funcionamiento de una lengua puede explicarse al margen de las experiencias, las necesidades y las intenciones de quienes la hablan.

 

© Miguel Peyró, 2013.

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