Lengua, nación y cultura

 

mundusLa relación especial entre lengua y cultura se ha defendido y se ha criticado de muchas formas, la mayoría de ellas —hay que decirlo— bastante inconsistentes. Quisiera ir tratando en este blog de las principales.

Quizás la que más se ha propagado entre las personas ajenas a los estudios sobre el lenguaje es la que defiende que cada lengua es un sistema cerrado que se corresponde con una cultura específica. Esta presuposición, formulada de esta manera tan simplista, pivota histórica e ideológicamente en torno al concepto de nación. Tiene por lo tanto sus orígenes en la teoría occidental del nacionalismo, tal como fue concebida y difundida a partir del siglo XIX. Como se sabe, para los primeros nacionalistas “una nación” era igual a “una cultura” y se descubría sobre el rico y complejo mapa de la diversidad humana porque correspondía a la extensión de “una lengua”. En uno de los ejemplos más célebres, Alemania (como nación) era el ámbito específico de la cultura alemana y se extendía allí donde se hablara alemán. Lo quisieran o no, los alsacianos o los luxemburgueses eran alemanes, ya que hablaban alemán. El hecho de que la lengua y la nacionalidad tuvieran el mismo nombre —en este caso, alemán— era fundamental para fomentar esta confusión.

Esta forma de ver el mundo de las lenguas y las culturas es la más extendida en la actualidad, como puede observarse en la identificación que la mayoría de la gente hace entre países (“naciones”), lenguas y culturas. Así China es el país donde todos sus habitantes son de cultura china y hablan chino. O dicho de otra manera, un chino es quien tiene una ciudadanía, una cultura y una lengua que precisamente llevan el mismo nombre. Lo mismo podría decirse de un tailandés o de un rumano. Según esta visión, el mapa cultural y el mapa lingüístico del mundo coinciden perfectamente (a cultura por lengua), y encajan además con el mapa de los países o estados. He podido comprobar que hasta estudiantes de universidad creen en esto, a juzgar por el desconcierto que manifiestan algunos de ellos cuando se les explica que no hay una lengua belga o una lengua austríaca (que las nacionalidades belga y austríaca no se corresponden con lenguas específicas). Muchas señales de nuestro entorno refuerzan este error ¿Acaso no es la sección de diccionarios de una librería la que tiene la mayor muestra de banderas políticas? Un diccionario de francés suele tener el lomo azul, blanco y rojo, como si el estado francés lo simbolizase y él encarnase al estado francés. ¿Pero por qué no tiene la bandera belga, o la suiza, o la del Quebec? (Sólo las lenguas que se hablan en un país llamativamente más grande o más poderoso económicamente que el país originario rompen esta dinámica editorial: los diccionarios de inglés suelen llevar también la bandera estadounidense y los diccionarios de portugués la brasileña.)

Que lengua, país y cultura no son ámbitos coincidentes puede demostrarse de muchas maneras, todas ellas muy sencillas. Sólo los nacionalistas más recalcitrantes pueden negarse a aceptarlas. Por ejemplo, como acabamos de señalar, si esa perfecta correspondencia existiera, los ciudadanos de Suiza hablarían “suizo”; los de la India, “indio”; y los de Panamá, “panameño”. Y al revés: habría un país llamado “Arabia” (no Saudí) donde vivirían todos los que en el mundo hablan árabe, y tal vez otro llamado “Romia” donde estarían todos los de lengua romaní o gitana. Pero la realidad es que no hay ningún país del mundo monolingüe y, por otro lado, ninguna lengua se circunscribe exactamente a las fronteras de un solo país (aunque sólo sea por los ciudadanos de ese país que deciden afincarse en otro).

Es muy difícil estimar el número exacto de lenguas vivas en el mundo, entre otras cosas y precisamente por su identificación con los proyectos políticos de las naciones (obsérvese, por ejemplo, la polémica sobre el valenciano en España). Algunos cálculos apuntan a que existen hoy entre cinco mil quinientas y seis mil lenguas. Pero no hay cinco mil países en el mundo, ni siquiera la mitad: Las Naciones Unidas cuentan en la actualidad con ciento noventa y tres miembros, después de haberse ampliado con la entrada de Sudán del Sur. Incluso si tenemos en mente territorios donde una parte más o menos mayoritaria de su población quiere acceder a la independencia política, nos resultaría difícil pasar de una cifra de dos centenares a cinco o seis millares. Las lenguas y las naciones no coincidirían en ningún supuesto.

Y si de la perspectiva de gran panorámica mundial pasamos a la observación en primer plano de realidades concretas, de nuevo lengua, nación y cultura encajan muy mal. Una persona que hoy tiene la nacionalidad china puede ser de cultura han (que es la que en Occidente llamamos genéricamente china), pero también de cultura tibetana, mongol, tayika, uigur, manchú, etc. Incluso siendo de cultura mongol, por ejemplo, no es seguro que conozca o utilice uno de los dialectos mongoles. Por otro lado un hablante nativo de chino puede que no tenga la nacionalidad china: es probable que su pasaporte ponga Singapur, o Malasia, o tal vez Estados Unidos de América.

Me resulta especialmente sorprendente que esta identificación entre lengua, nación y cultura se dé tan a menudo entre los habitantes de un país como España, que tiene varias lenguas notoriamente reconocidas dentro de su territorio y que, por otro lado, la lengua que coincide en nombre con su nacionalidad se habla mayoritariamente fuera de sus fronteras. El epicentro demográfico del español se encuentra muy lejos de España, nada menos que en otro continente. Pero yo he tenido estudiantes españoles que creían que en Paraguay se hablaba paraguayo (y no pensaban precisamente en el guaraní), y que el paraguayo se hallaba flanqueado por dos grandes lenguas llamadas argentino y brasileño. Me imagino que eran del tipo de españoles que odian que se hable catalán en Cataluña “porque estamos en España”, y su ignorancia sobre la realidad del mundo convierte este argumento para ellos en un silogismo de peso.

Bien, la visión tan fácil de las banderitas unidas a los diccionarios se nos acaba de caer por los suelos. Lenguas y pasaportes no coinciden. Tampoco parecen coincidir culturas y pasaportes, como acabamos de ver al hablar de la diversidad dentro de la entidad política llamada China (que sería similar si habláramos de España, México, Marruecos…). Dejemos entonces los malditos pasaportes: ¿coinciden al menos lenguas y culturas?

Para contestar a esta cuestión es necesario examinar de cerca ambos conceptos. Y al hacerlo, lo primero que descubrimos es que, en los dos casos y en determinadas medidas, estamos hablando de abstracciones, de constructos sociales. Cuando decimos que en gran parte de América y en España se habla la misma lengua, estamos manejando un modelo abstracto que no nos dice apenas nada de la realidad comunicativa de todas esas poblaciones, tan diversas. Estamos refiriéndonos a un modelo, el español normativo de la(s) academia(s), que sólo funciona aproximadamente en contextos literarios o formales. Un español de a pie de Zaragoza (España) no entendería apenas nada del habla de los jóvenes de las calles de Pereira (Colombia). Aunque todos ellos estén utilizando, según las autoridades políticas y lingüísticas, la misma lengua.

Si las lenguas, vistas de cerca, no son tan compactas y uniformes como les gustaría a las escuelas de idiomas, otro tanto se podría decir sobre ese concepto tan difuso y manipulable llamado “culturas”. Siempre me ha parecido extraño que a los inmigrantes que piden la nacionalidad en mi país se les haga un examen de nuestra “cultura”, como si fuera nuestra forma propia de entender el mundo, dado que mi vecino y yo no solemos coincidir en nada. Pero parece que esos exámenes son al final un pupurrí de preguntas sobre el estado y sus autoridades, no sobre nuestra supuesta forma de ver la vida. Sólo desde el estereotipo, desde lejos, las “culturas” parecen homogéneas: Es bien sabido que todos los ingleses se pasan las tardes pidiendo cerveza en los pubs, más o menos a las mismas horas en que todos los españoles estamos durmiendo la siesta o toreando…

Sobre qué es cultura —y sobre todo sobre los límites de este concepto— seguiremos tratando necesariamente en estas páginas, pero a la pregunta de si hablar eso que llamamos la misma lengua nos hace participar de la misma forma de ver el mundo podemos contestar ya aquí. Es indudable que un londinense se encontrará más cómodo, más “en su casa”, en las calles de Amsterdam (Holanda) que en las de Falmouth (Jamaica), pese a que el mapa lingüístico tendería a señalar otra cosa. Es predecible que un español de Sevilla se desenvuelva mejor en un mercado de Faro (Portugal) que en uno de Iquitos (Perú)… No hay una misma cultura “española”, ni siquiera “hispánica”, que coincida con las fronteras lingüísticas del español —siempre que entendamos la cultura como algo vinculado a la vida real, cotidiana, y no un pastiche más o menos épico y oficial. Del mismo modo, todos los que hablan francés en el mundo, los miembros de la célebre francophonie, no comparten una misma cultura “francesa”. Hay diversas culturas dentro del territorio en que se usa lo que oficialmente se considera la misma lengua. Si los profesores de los centros de idiomas lo tienen difícil a la hora de explicar cómo se habla realmente en todo el ámbito geográfico de las lenguas que enseñan, más difícil se les pone la cosa cuando les hacen preguntas sobre las costumbres y los modos de pensar del conjunto de esos hablantes. Por eso recurren con tanta frecuencia a los estereotipos.

 

© Miguel Peyró, 2013.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s