Los prejuicios frente a “los otros”: ¿Pantalla o espejo invertido?

 

La comunicación entre miembros de culturas distintas corre el riesgo constante de la distorsión o el malentendido. Por esta razón existen los estudios y los especialistas en comunicación intercultural. Las dificultades de entendimiento entre miembros de culturas distintas, aunque utilicen una misma lengua (por ejemplo un holandés y un japonés comunicándose en inglés), dependen de múltiples factores: los valores connotativos o metafóricos que un término o símbolo puede tener en las respectivas culturas, las expectativas de cada uno sobre la forma de desarrollar el ritual de turnos que llamamos conversación, el comportamiento gestual que acompaña a las expresiones verbales… y el peso de los estereotipos respecto al interlocutor, entendido como representante arquetípico de una “cultura” sobre la que hay fuertes ideas preconcebidas (pre-juicios).

Los estereotipos culturales niegan al otro como persona individual, distinta, compleja, única, y lo convierten en una figura simplista, sobre la que se cree saber de antemano todo lo importante en relación a su forma de pensar y su comportamiento. Por eso la pregunta que muchos inmigrantes en diferentes países temen u odian más es “¿De dónde eres?”, porque al declarar su lugar-cultura de origen desaparecen como personas ante su interlocutor y se convierten en burdos clichés, en personajes planos de decorados fijos y en su mayoría despreciables.

El estudio de los estereotipos culturales es, por lo tanto, fundamental a la hora de estudiar y trabajar en la comunicación intercultural. Si se “prevé” al otro, disminuye la entropía (grado de incertidumbre, capacidad de sorpresa) de la información que nos puede aportar, y por lo tanto desciende el nivel de interés que puede generar la interacción comunicativa con esa persona.

En muchas investigaciones sobre lo intercultural, los estereotipos o prejuicios se representan como una barrera o pantalla colocada a mitad de camino entre los interlocutores, prácticamente en el espacio que los teóricos de la comunicación llaman el canal. Así aparece, por ejemplo, en este esquema del centro de estudios ITECO de Bélgica:

Pantalla de los prejuicios

Esta así llamada pantalla de los prejuicios aparece situada en un terreno neutral y equidistante respecto a los participantes en la comunicación y, lo que debería llamarnos más la atención, resulta ser la misma para ambos. Sin duda “despersonalizar” la pantalla respecto a los interlocutores evita el incómodo llamamiento a cuestionarnos a nosotros mismos, nuestras formas de percibir, de pensar y por lo tanto de vivir. La gente no quiere ser culpable de sus actos: prefiere pensar que la perspectiva con la que mira, si resulta criticable, no pertenece realmente a sus ojos, sino a una barrera o pantalla ajena que alguien colocó a medio camino por ahí.

Sin embargo, si la examinamos de cerca, esta pantalla contiene demasiadas cosas propias (aunque invertidas, como veremos a continuación) para considerarla tan neutral o ajena. Por eso es lícito dudar de que sea verdaderamente una pantalla, es decir que a través de ella se siga viendo realmente algo del otro. Tal vez sea tan sólo un espejo, un espejo distorsionante como los de las ferias: un espejo donde se refleja todo lo que no queremos ver de nosotros mismos.

La idea especular de la imagen de “los otros”, en el terreno de los prejuicios culturales, no es nueva. Diferentes estudiosos de estereotipos históricos concretos han llegado a formularla con suficiente claridad. Así por ejemplo el gran erudito inglés en cultura islámica W. Montgomery Watt escribió en su obra ya clásica The influence of Islam on Medieval Europe (Edinburgh University Press, 1982, p. 83):

“La imagen del Islam que Europa ha creado hace ver que cuando se lucha contra los musulmanes se está luchando en favor de la luz contra la oscuridad. La oscuridad adscrita al enemigo es la proyección de la oscuridad no reconocida de uno mismo. En este sentido, la imagen distorsionada del Islam debe ser entendida como una proyección del lado oscuro del hombre europeo.”

Aludimos por lo tanto a un proceso psicológico que sitúa fuera de nosotros, como una personalidad ajena, extraña y rival, los aspectos que no queremos aceptar de nosotros mismos. Este proceso fue estudiado por el psicoanalista Carl Gustav Jung, que le dio el nombre de la sombra: “La sombra es nuestra personalidad oculta, reprimida, casi siempre de valor inferior y culpable”. (C. G. Jung: Aion, 1951, p. 379)

Los seguidores de Jung se dieron cuenta pronto de que la sombra no es un mecanismo alimentado exclusivamente por la historia personal del individuo, sino que también funciona en el plano social, a partir de las certezas adquiridas en nuestro marco cultural. El psicólogo Michael Fordham señala que “la sombra contiene, además de lo que podríamos llamar la sombra personal, la sombra de la sociedad, alimentada por los valores que ésta niega y reprime.” (M. Fordham: Jungian psychotherapy, Avon Press, 1978, p. 5)

La profesora de medicina Rebeca Retamales desarrolla de este modo la idea del tránsito de lo individual a lo colectivo de la sombra: “De acuerdo con la psicología de C. G. Jung, la sombra está constituida por el conjunto de las frustraciones, experiencias vergonzosas, dolorosas, temores, inseguridades, rencor, agresividad, que se alojan en lo inconsciente del ser humano, formando un complejo muchas veces disociado de la consciencia. La sombra contiene todo lo negativo de la personalidad que el yo, que es el centro rector de la parte consciente, no está siempre en condiciones de asumir (…). Normalmente cuando el individuo no puede asumir esas características en sí mismo, las atribuye a los demás, esto es las proyecta en los otros. Cuando los prejuicios y la crítica exacerbada nos impiden relacionarnos, con los vecinos, con los colegas, con las otras razas, con los extranjeros, con los otros países, está funcionando la sombra individual como una parte no integrada de la psique.” (R. Retamales: El encuentro con la propia sombra y la autoestima. Universidad de Alcalá, ponencia, 2004.)

En todo acto de comunicación se reflejan las relaciones interpersonales de sus participantes, incluidas las diferencias de poder o estatus. En la comunicación con o sobre culturas consideradas más pobres o de alguna manera inferiores, las antítesis de los valores considerados como propios (es decir de la cultura del que mira) constituyen el inventario de “certezas” o estereotipos sobre esas culturas. Por ello podemos considerarlas, si estamos situados en la perspectiva dominante occidental, nuestras culturas sombras. Pongamos algunos ejemplos. Los valores de la izquierda son los percibidos como mejores, y por lo tanto propios (aunque nuestras sociedades disten mucho de poseerlos todos realmente). Los valores de la derecha son simplemente sus opuestos semánticos, atribuidos automáticamente a las culturas de “enfrente”, a las sociedades concebidas como inferiores:

 

laboriosidad, esfuerzo, ahorro — pereza, holgazanería, derroche

derechos, justicia, democracia — corrupción, maltrato, despotismo

honradez, honestidad generales — tendencia al engaño, a la mentira

higiene — suciedad

derechos de las mujeres — opresión de las mujeres

laicismo — teocracia

racionalismo, cientifismo — superstición, oscurantismo

diversidad, pluralidad — homogeneidad, inmovilidad

progreso — atraso

 

Resulta curioso un detalle de nuestro léxico occidental, en este mundo de las otras culturas como sombras invertidas de la nuestra: Tenemos propensión a tomar de vocabularios no europeos los términos que usamos para caracterizar los defectos que descubrimos a menudo en nuestra propia sociedad. Así llamamos cacique al dirigente que no se rige por reglas democráticas, tomando esta palabra del taíno, una de las lenguas indígenas arawak del Caribe, donde aludía simplemente al líder de una comunidad. Lo mismo sucede con la palabra sátrapa, originalmente un gobernador provincial de los antiguos estados persas. Cuando alguien es una figura sospechosamente incuestionable por sus seguidores, decimos despectivamente que es un gurú, palabra entonces altamente peyorativa que tomamos de un término sánscrito que significa en su cultura simplemente “maestro”. Cuando queremos criticar —desde nuestra buena conciencia igualitarista— que alguien viva escandalosamente bien, no decimos que vive “como un archiduque”: decimos que vive “como un pachá”, que es un título turco. Y qué decir del omnipresente talibán, insulto aplicado tanto por las izquierdas como por las derechas occidentales a todo adversario político…

Llamamos con nombres no occidentales a aquellas cosas de entre nosotros que no nos gustan: todo lo negativo que encontramos en nuestra casa se lo atribuimos a “los otros”. Por eso digo que la pantalla de los estereotipos parece ser más bien un espejo que refleja la parte sombría de eso que, siguiendo con el lenguaje psicoanalítico, podríamos llamar “el ideal de nosotros”.

 

© Miguel Peyró, 2013.

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