Funciones de las escrituras

 

实-orderEn propiedad, el ser humano es mucho más que “el animal parlante”. Sin duda Aristóteles se quedó corto. Sería más apropiado llamarle “el animal simbólico” porque tiene una prodigiosa capacidad de comunicar cosas usando prácticamente cualquier elemento manipulable de la realidad. Todas las cosas que puede moldear o modificar, y que sus semejantes pueden percibir, las convierte en símbolos que contienen información. Entre los humanos la ropa no sirve sólo para resguardarse del frío, las casas no sirven sólo para vivir, la comida no sirve sólo para alimentarse. En todo lo que los humanos manejamos hay también una elección comunicativa o semántica, un juego perpetuo de significados y referencias. Los modistos, los arquitectos o los gastrónomos lo saben bien. Los humanos disfrutamos comunicando entre nosotros con todo lo que tenemos a nuestro alcance, y parece que disfrutamos también mucho inventando y aprendiendo sin cesar nuevos modos de comunicación. Los gestos, los adornos, los perfumes, los sabores, los sonidos, los dibujos en la piel, los colores, los muebles, los paisajes urbanos, todos “nos dicen” cosas. ¿Cómo inventar o escoger algo sin tener en cuenta, además de su función práctica, su aspecto? Y este aspecto no suele ser más que su dimensión comunicativa, visual o de otro tipo, que como humanos sabemos que los demás no dejarán de leer.

Sería prácticamente imposible hacer el recuento de todas las formas de comunicar que la especie humana ha inventado, sobre todo si tenemos en cuenta la diversidad cultural del mundo. Muchas son específicas de un grupo humano concreto o de un momento histórico, otras son más universales y atraviesan épocas y lugares. Entre estas últimas están las escrituras.

Las escrituras son sistemas de comunicación visuales, basados en el uso de un conjunto finito de dibujos sistemáticos (“letras”, “grafemas”, “ideogramas”, etc.) que representan cosas. Aprender a leer, y su contrapartida aprender a escribir, es llegar a conocer todos los dibujos posibles dentro de uno de estos sistemas, y saber a qué se asocia cada uno de ellos. Los dibujos pueden asociarse, entre otras cosas, a ideas de sonidos del lenguaje, como en los sistemas llamados fonográficos (A representa la idea de un sonido), o pueden asociarse a palabras enteras, como en los sistemas ideográficos (樹 representa la idea de “árbol” en la escritura china).

Las escrituras no son tan universales como el lenguaje hablado o el lenguaje corporal: hay muchos pueblos del mundo que no las han utilizado nunca. Que una sociedad humana no tenga escritura no es un “atraso”, sino una elección cultural. No afecta para nada a la calidad de sus lenguas, ni a su riqueza evocativa o narrativa.

Varias y curiosas razones son las que llevan a determinados pueblos de la Tierra a escribir y a leer. Expondré a continuación cuáles son a mi juicio las principales.

 

La función propagadora

La primera y evidente utilidad de la escritura es propagar el lenguaje hablado más allá de sus límites físicos, que son tanto espaciales como temporales. Los límites espaciales están determinados por el alcance de la voz: antes de la invención del teléfono lo que decíamos llegaba tan lejos como podíamos hacernos oír. Las palabras de una persona en Astorga no podían ser escuchadas en Tudela, por mucho que se desgañitara. Los límites temporales, por su parte, los establece esa propiedad del lenguaje humano que Hockett llamó el “desvanecimiento rápido”: antes de la invención del magnetófono no había manera de conservar en el tiempo el habla. Quien llegara unos instantes tarde al lugar donde alguien había hablado, ya no podía enterarse de lo que había dicho. Podía conseguir que alguien se lo repitiera, lo que nunca era una garantía de exactitud. Verba volant, scripta manent (las palabras vuelan, los escritos permanecen) decían los romanos para explicar las ventajas de la escritura sobre lo efímero del habla. El texto escrito, como objeto vinculado a un material sólido más o menos duradero, podía ser enviado a otro lugar, rompiendo las limitaciones espaciales, y también podía conservarse para ser conocido incluso por generaciones lejanas.

 

La función simbólica

Pero intentar propagar en el espacio y en el tiempo los mensajes orales no es la única función de las escrituras. Como sistemas basados originalmente en dibujos, heredan de éstos su dimensión evocativa o simbólica. Los signos de numerosas escrituras son utilizados como algo más que simples “letras”: conservan de alguna manera el significado pictórico original de los dibujos de que proceden. Así muchas culturas utilizan signos aislados de sus escrituras para transmitir ideas, aunque se trate de escrituras fonográficas. En estos casos, los signos son considerados símbolos completos en sí mismos. La letra árabe ˁayn procede del antiguo dibujo jeroglífico egipcio para “ojo”, como su nombre todavía indica (ˁayn significa “ojo”, “manantial”), y por lo tanto ha sido utilizada por muchos usuarios de la escritura árabe como un símbolo de la visión y el conocimiento. Algunos gramáticos árabes, como Ibn Jinnī, entendían que esta era la razón por la que aparecía recurrentemente en verbos como ˁarafa o ˁalama, vinculados a la idea de “saber”.

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Origen gráfico de la letra árabe ‘ayn.

Idéntica función simbólica parece estar detrás de la presencia en determinadas partes del Corán de ciertas letras aisladas (al-muqattaˁat), a las que no se puede asignar un significado directo (ˀalif-lām-mīm, ṣād, yāˀ-sīn…). Estas letras no parecen estar ahí como representaciones de fonemas del árabe, sino como mensajes en sí mismas. En el judaísmo, la corriente de estudios conocida como la Cábala analiza las letras de los textos de la Torá como símbolos aislados, atribuyéndoles un valor numérico (gematría) y de ahí un sentido propio. El verdadero significado de una palabra sagrada (por ejemplo YHVH “Yahvé”) se descubriría por el estudio de las cifras / significados de las letras que la componen. En otro contexto cultural, las runas de los antiguos alfabetos de la Europa del norte también se utilizaban aisladamente por su valor sobrenatural o mágico.

Dentro de esta misma función simbólica podemos incluir el trato como objetos sagrados de determinados textos escritos. Los libros canónicos de numerosas religiones son concebidos como símbolos de las propias religiones, y por lo tanto deben ser manejados de forma especialmente reverencial. No deben ser dejados en el suelo, o deteriorados, o manipulados de manera irreverente, de una manera muy parecida a lo que ocurre con las banderas para los nacionalistas. En ambos casos, las hojas de papel y los fragmentos de tela, nos encontramos ante la creencia de que son algo más que objetos físicos: son símbolos materiales de instancias sagradas.

En ciertas culturas, determinados sistemas de escritura sólo se emplean con fines religiosos. Dibujar sus letras es en sí un acto sagrado. Esto sucede hoy, por ejemplo, con la escritura grantha entre los hindúes de lengua tamil del sur de la India. Sólo la utilizan para escribir por primera vez y de modo ritual el nombre de un recién nacido, o para anunciar formalmente una boda o unas exequias funerarias. Del mismo modo, la escritura batak de Sumatra sólo puede ser utilizada por los sacerdotes.

Los amuletos y talismanes realizados con letras aisladas o textos breves responden a esta misma función simbólica (o mágica) de la escritura.

 

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Amuleto judío para un nuevo hijo. Marruecos, década de 1860.

Un caso especialmente notable del uso simbólico de la escritura es llegar a ingerirla como una medicina. En diversos lugares de África y Asia los pasajes del Corán pueden usarse con un fin terapéutico. El procedimiento —conocido como rubutu en el norte de Nigeria— suele ser escribir con tinta vegetal o azafrán determinados fragmentos coránicos sobre una tabla, luego lavar esa tabla con agua, y finalmente beber el agua con el texto diluido. Dependiendo del fragmento que se haya escrito, se curarían enfermedades específicas.

 

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La función artística

La escritura, como parte del mundo del dibujo, no puede sustraerse a su dimensión de arte gráfico. En diversas culturas los textos escritos, primorosamente realizados, se conciben como obras de arte en sí mismos y se utilizan como elementos decorativos y ornamentales. La posibilidad de escribir de manera estilizada y hermosa se convierte en todo un saber en estas sociedades: es el arte de la caligrafía, desarrollado de forma sublime en los ámbitos de las escrituras árabe, china, tibetana y georgiana, entre otras. Escribir un texto de manera descuidada puede ser considerado como una ofensa para su destinatario, porque implica que no se le ha dedicado la atención necesaria. En Occidente la función artística de la escritura, las posibilidades de la caligrafía, parece que se ha ido atrofiando desde finales de la Edad Media con la extensión de los medios mecánicos de confección y reproducción de textos. La “mala letra” sólo es rechazable entre nosotros en el caso extremo de que ponga en peligro la propia comprensión del escrito.

561292461_817-260x500Durante la primera Guerra del Opio (1839-1842) entre Gran Bretaña y China, las autoridades chinas se sintieron especialmente ofendidas al recibir el ultimátum británico en un doble aspecto: por las intolerables exigencias que contenía y por haber sido escrito en caracteres chinos descuidados. El traductor británico seguramente aplicó la concepción occidental de que un texto escrito tiene como única función ser comprendido, sin ser consciente de la importancia en la cultura china de esto que aquí estamos llamando la función artística de la escritura.

La variante occidental moderna de esta función se encuentra quizás en el campo de las llamadas rotulación y tipografía: los distintos diseños de las letras del alfabeto (las fuentes de la informática) y su reproducción en carteles y publicaciones. Determinadas tipografías evocan contextos específicos, como el mundo tecnológico o futurista, el oeste americano, la estética retro de los años treinta o el estilo pop de los sesenta. Unas tipografías transmiten sobriedad y seriedad, mientras otras se conciben como divertidas, infantiles, impactantes, etc. Su utilización primordial se encuentra, más que en el ámbito decorativo, en el mundo de la publicidad.

En ciertas creaciones caligráficas de algunas culturas la escritura y el dibujo se integran en nuevas composiciones visuales. Son, por así decirlo, dibujos hechos de textos. En el ejemplo a continuación, un texto árabe que elogia al imam ‘Ali, llamado el león del Islam, adquiere precisamente la forma de un león:

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Las versiones occidentales más cercanas a este tipo de creaciones serían indudablemente los caligramas de Apollinaire:

 

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La función identitaria

Cada sistema de escritura tiene su propia historia, y esta historia está vinculada a determinados estados, religiones o culturas. Usar una determinada escritura frente a otra es a menudo una elección de identidad: el colectivo que lo hace quiere reivindicarse como miembro de una tradición específica.

En Europa el mapa de los usos de los alfabetos latino y griego / cirílico es aproximadamente el mapa de la cristiandad de origen romano occidental frente a la cristiandad oriental o bizantina. Católicos, protestantes, anglicanos, etc. usan el alfabeto latino, mientras que los ortodoxos (excepto modernamente los rumanos) usan los alfabetos greco-cirílicos. Durante la disgregación del estado de Yugoslavia a comienzos de los años noventa del pasado siglo, escribir la lengua que entonces se llamaba serbocroata en caracteres latinos era asumirse como croata-católico y hacerlo en caracteres cirílicos era reconocerse como serbio-ortodoxo.

 

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Manifestación nacionalista croata en Vukovar contra la escritura del nombre de la ciudad en cirílico.

Hay otros muchos ejemplos conocidos del uso de una escritura como forma de sentirse parte de una cultura específica. El alfabeto árabe no sólo se utiliza para escribir la lengua árabe: con él se escriben también otras lenguas tan distintas entre sí como el persa, el urdu, el pashto, el azerí, el sindhi, el uigur, el malayo o el fula. Anteriormente también el turco otomano, el albanés, el bosnio, el swahili e incluso las lenguas romances ibéricas (aljamías). La razón es que, a través del texto coránico y de su temprano aprendizaje en las madrasas, todas estas comunidades han concebido que el alfabeto árabe es la escritura de los musulmanes: escribir sus lenguas en letras árabes las vincula indisolublemente al Islam. Incluso los musulmanes chinos llegaron a desarrollar una forma de escribir el mandarín en caracteres árabes, conocida como xiao’erjing.

Por ello varias sustituciones históricas de la escritura árabe por otros alfabetos se han realizado con el abierto propósito de desvincular a esas comunidades del Islam. Es lo que pretendían los misioneros anglicanos en Tanzania al forzar el cambio de la escritura árabe del swahili por la latina y, en un sentido más complejo, lo que está también detrás del tránsito del alfabeto árabe al latino en Turquía.

Los sistemas de escritura han llegado a adquirir así fuertes connotaciones políticas. Se han quemado muchos libros en el mundo sólo por la escritura en que estaban impresos. En la Unión Soviética de la era estalinista prácticamente todas las lenguas de la inmensa federación tuvieron que escribirse por decreto en caracteres cirílicos, lo que reforzaba la ideología nacionalista panrusa del régimen. Sólo a las lenguas bálticas y al georgiano, la lengua materna de Stalin, se les permitió seguir utilizando sus propios alfabetos. El estado de Mongolia, formalmente independiente pero de facto vinculado a la URSS, también decretó la escritura de su lengua oficial en cirílico.

En Mongolia, tras la caída de la URSS, la recuperación de su escritura vertical tradicional se convirtió en una de las reivindicaciones nacionalistas centrales. Algunas pancartas en Ulan Bator a comienzos de los noventa rezaban “Abajo la escritura rusa”. Y la misma vinculación de escrituras con proyectos nacionalistas se observa en la utilización del tifinagh entre los bereberes del Magreb o, en el plano de la tipografía, en el uso de las letras góticas por el nacionalismo pangermánico.

 

La función social

Escribir y leer es aprender un código preciso y complejo, y en las sociedades estamentadas sólo a una parte de la población le es dado disponer del tiempo y los medios necesarios para poder dedicarse a ello. La división entre los que saben escribir y los “analfabetos” ha sido tradicionalmente una división económica, no algo basado en supuestas diferencias de inteligencia. Consecuentemente, saber escribir ha sido siempre una marca de prestigio social.

Tras la alfabetización básica general y obligatoria introducida en Occidente a partir del modelo de la escuela pública francesa, la escritura como distintivo de prestigio no se ha diluido. Se ha trasladado simplemente a un escalón ligeramente superior: es ahora la separación entre quienes saben redactar y comprender un texto y quienes sólo manejan las letras a nivel rudimentario. A estos últimos, que evidencian no haber tenido los medios para permanecer el suficiente tiempo en las aulas, se les caracteriza hoy como “analfabetos funcionales”. Rasgos como los errores ortográficos o de sintaxis siguen sirviendo de identificadores sociales.

Como marca de prestigio, la escritura lleva a formas ridículas de hipercorrección. Algunas personas, para pasar por importantes y en el colmo del pedantismo, introducen en su habla distinciones que son puramente escritas, como dando a entender a todos que conocen perfectamente el código escrito. El caso más frecuente entre los hablantes de español es intentar reflejar en la pronunciación la distinción meramente ortográfica entre b y v. Un extraño sonido labiodental, remotamente parecido a la v francesa, surge de sus labios cuando quieren pronunciar varón y no barón. Desconocen al parecer, pese al empaque erudito con el que suelen presentarse, que en español existe un solo fonema /b/ en ambos casos, es decir que la diferencia entre b y v es meramente escrita (como la diferencia entre q y k).

La escritura como elemento de prestigio social se evidencia en muchos otros detalles cotidianos de nuestra cultura. Desde la fe en los textos escritos como pruebas de autenticidad, frente a las afirmaciones meramente verbales (el tradicional “viene en los papeles” o la autoridad de los diccionarios), hasta el uso de lomos de libros como elemento decorativo de los salones (aunque dentro lleven las proverbiales botellas). Un entrevistado en televisión, encuadrado delante de los estantes de una biblioteca, transmite automáticamente una imagen de sabiduría y seriedad.

Como en todo conjunto de propiedades de un sistema, las funciones de las escrituras a menudo se superponen, y posiblemente, en determinadas medidas, todas estén simultáneamente presentes. Escribir es poner en marcha mucho más que un simple mecanismo de reproducción de información. Por ello —y a pesar de la invención de soluciones mecánicas para la transmisión de la voz— las escrituras, en las culturas que hemos caído bajo su fascinación, seguirán siempre vigentes.

 

© Miguel Peyró, 2013.

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