¿Hay lenguas más complejas que otras?

 

language-356x500El número de lenguas del mundo es difícil de calcular, porque depende de los criterios que se usen para establecer que dos formas de hablar diferentes pero próximas son lenguas distintas o dos dialectos de la misma lengua. En ocasiones, hablas perfectamente entendibles entre sí son consideradas lenguas independientes (como el noruego bokmål y el danés) y, en otras, formas con serios problemas de intercomprensión son vistas como variantes de la misma lengua (como el alemán del norte y el alemán de Suiza). Sin duda intervienen aquí razones más políticas que lingüísticas, motivadas por el uso de las lenguas como factor de identidad colectiva. El portal web de referencia Ethnologue establece que hay en la actualidad 7.105 lenguas vivas en el planeta.

Precisamente porque las lenguas se asocian a identidades sociales, políticas o nacionales, adquieren en el imaginario colectivo determinados rasgos de “personalidad”, en los que juegan un papel determinante los estereotipos o clichés dominantes sobre las sociedades que las hablan. Así se llega al curioso fenómeno de que muchas personas creen saber cómo deben ser y qué propiedades o dificultades deben albergar lenguas que les son en realidad completamente desconocidas. Observemos a continuación dos falsos mitos, muy ligados entre sí, que suelen presentarse cuando alguien ajeno a la ciencia lingüística se pone a comparar las distintas lenguas existentes.

 

El mito de que hay lenguas más difíciles que otras

“Lo diré en griego para mayor claridad”, decía el pedante de don Hermógenes en La comedia nueva de Moratín. Griego y claridad, dos conceptos que rechinaban para el público español del siglo XVIII, y lo siguen haciendo para nosotros hoy día. “Coloquialmente, lenguaje ininteligible, incomprensible” es una de las actuales acepciones de griego en el diccionario de la Academia Española. No sólo en español, sino en otras lenguas como el portugués (isso para mim é grego), el inglés (it’s Greek to me) o en las de Escandinavia (det är rena grekiskan), el griego aparece en frases cotidianas como el máximo ejemplo de lo difícil e incomprensible. De todos modos, y analizando expresiones coloquiales de este tipo, hay un idioma que sin duda se lleva la palma entre los europeos como paradigma de la dificultad: el chino.

En realidad la lingüística ha demostrado que todas las lenguas naturales del mundo son igualmente complejas o fáciles, según como se mire. Desde el punto de vista del hablante de una lengua concreta, tendrán apariencia de mayor dificultad aquellos idiomas que usen una escritura que le sea desconocida (como precisamente sucede con el griego o el chino para los usuarios de la escritura latina en Europa occidental) y sobre todo aquellos que mantengan mayor distancia estructural e histórica con el propio. Lenguas cercanas en su genealogía a la del hablante se supondrán objetivamente “fáciles”, porque reconocerá en ellas un vocabulario o una gramática aparentemente familiares. El hecho de que estos componentes le parezcan familiares le incitará a juzgarlos como universalmente “claros”, “sencillos” o “lógicos”. ¿Acaso no hay personas que levantan la voz hablando con los extranjeros, porque suponen que debe ser un problema de oído el que les impide entender la “claridad” de la lengua propia?

Las estructuras gramaticales de las diferentes lenguas del mundo no son proporcionales. Hay lenguas, por ejemplo, que expresan gran cantidad de información mediante recursos morfológicos, es decir construyendo una palabra más o menos compleja. Otras tienden a utilizar más los recursos sintácticos, o sea el orden de los elementos dentro de la frase. La mayoría utiliza ambos procedimientos, conjugándolos en diferentes grados. Un ejemplo de lengua que prefiere los recursos morfológicos a los sintácticos es el yupik, un idioma ártico perteneciente a la familia esquimo-aleutiana. Lo que en español sería toda una oración es en el yupik central de Alaska sólo una gran palabra:

Español: “Preparará un lugar grande para arreglar canoas”
Yupik: “Angyaliurvigpaliciquq”

La palabra yupik está compuesta de una raíz (1) y varios sufijos (2 a 7):

(1) angya– (2) –liur– (3) –vig– (4) –pa– (5) –li– (6) –ciq– (7) –uq

Cuya traducción elemento a elemento viene a ser:

(1) canoa (2) arreglar (3) lugar (4) grande (5) preparar (6) futuro (7) 3ª persona singular

Que a los hispanohablantes pueda resultarles insólito que se condense toda esa información en una sola palabra no significa que objetivamente este procedimiento sea más “difícil” que la oración española equivalente. Hay, por decirlo así, la misma distancia del español al yupik que del yupik al español. Para un hablante de yupik lo insólito es desglosar esos datos en toda una larga oración. Cada hablante nativo de una lengua determinada simplemente se ha acostumbrado a una forma concreta de expresarse, y tendría que tener el suficiente sentido de la perspectiva para no creer que el destino le ha hecho nacer precisamente en la comunidad que se expresa de la forma más “fácil” entre todas las de la Tierra. Es sólo el hábito lo que hace que su forma de hablar le parezca la más sencilla.

Pueden ponerse muchísimos otros ejemplos de esto. Los hablantes de lenguas románicas occidentales, que no tienen declinaciones, pueden considerar al húngaro “más difícil” por tenerlas. Pero las lenguas románicas expresan mediante preposiciones (antes de la raíz de la palabra) lo que el húngaro expresa mediante terminaciones de caso (después de la raíz de la palabra). Veamos algunas equivalencias entre español y húngaro:

casa  —  ház
a la casa  —  ház-at
con la casa  —  ház-zal
para la casa  —  ház-ért
sobre la casa  —  ház-on

No hay ninguna razón lógica —salvo la fuerza de la costumbre a la que nos acabamos de referir— que indique que es más fácil memorizar o utilizar partículas antes de las palabras que después de ellas, o que para y sobre son más sencillas que ért y on.

 

El mito de que hay lenguas más ricas que otras

Cada lengua es el instrumento de una determinada comunidad para satisfacer todas las necesidades comunicativas de sus miembros: referirse a cada uno de los elementos de la realidad que su cultura considera distintos, expresar sus ideas y la gran mayoría de sus sentimientos, describir todos los acontecimientos habituales que pueden vivir… No se conoce ninguna lengua donde sus hablantes no puedan tratar sobre alguno de sus avatares cotidianos por falta de palabras o de formas gramaticales, es decir no hay lenguas carentes o incompletas.

Curiosamente esta obviedad lingüística es difícil de aceptar hasta sus últimas consecuencias por muchas personas, especialmente cuando estas personas pertenecen a eso que se llama “primer mundo” y están pensando en lenguas del “tercero”. Durante mis años como profesor de lingüística comparada en cierta universidad solía añadir en los exámenes finales una breve pregunta para saber si los estudiantes habían llegado a asimilar eso que el profesor Moreno Cabrera llama la dignidad e igualdad de las lenguas. La pregunta venía a ser “¿Es cierto que muchas lenguas de África son más simples que el inglés?”. Pese a las largas horas que pasábamos durante el curso demostrando la paridad de las lenguas del mundo, todos los años había algunos estudiantes que contestaban rotundamente que sí. Ellos, como yo, habían visto a los africanos de las películas de Tarzán comunicándose con excitados aullidos (“¡hula, hula!”). Habían visto también a los indios norteamericanos hablando torpemente ante el héroe anglosajón (“rostro pálido decir verdad”). Como señala el propio profesor Moreno, cuando se piensa que una lengua puede ser más completa o compleja que las demás, siempre se piensa en una lengua hablada en un país rico del norte. A nadie se le ocurre imaginar que el yoruba pudiera ser tal vez más rico que el francés.

En esta falsa certeza sobre la existencia de lenguas “ricas” y lenguas “pobres” se traslucen sin ningún disimulo los prejuicios coloniales o neocoloniales sobre la existencia de culturas complejas y elevadas (las de los colonizadores) y culturas simples o inferiores (las de los colonizados). Así la razón de toda percepción de “riqueza” o “pobreza” —cultural, lingüística, o de cualquier otra manifestación autóctona— está basada en última instancia en el baremo de la riqueza y la pobreza económicas. Durante los siglos de la expansión colonial europea, la poco elevada actividad de invadir, destruir, saquear y esclavizar a otros pueblos de la Tierra por motivos de apropiación económica, se justificaba (se ocultaba) con falsas razones altruistas: se les estaba haciendo llegar malgré eux “la civilización”, la “verdadera religión”, el “progreso”… Sólo a las culturas más “salvajes” y “feroces” se les podía ocurrir ejercer resistencia a ser iluminadas por la civilización, al desarrollo o a la posibilidad de la salvación de sus almas. La animalización del colonizado es una pieza clave de la actitud del colonizador, pues es la que hace compatible una imagen flamante de sí mismo con su actividad real de perpetrador de genocidios. Los derechos humanos quedan incólumes cuando no se está luchando con verdaderos humanos.

De acuerdo a los axiomas fundacionales de nuestra cultura occidental, el ser humano es el único animal que piensa, y esto significa también decir que es el único animal que habla. Es el animal con logos, en la célebre fórmula aristotélica (zoon logon), pues logos significaba en griego al mismo tiempo capacidad de pensar (de esta palabra procede nuestra lógica) y capacidad de hablar (de aquí vienen también monólogo, diálogo, etc.). Los antiguos griegos y romanos consideraban que el resto de pueblos del mundo no tenían logos, es decir no eran verdaderamente seres humanos (anthropos) como ellos, y por lo tanto podían ser conquistados y esclavizados sin ningún problema moral. La prueba de que no tenían la distintiva capacidad humana de pensar es que no hablaban: por ello les llamaron bárbaros, una palabra que reflejaba el balbuceo (bar-bar) que surgía de sus bocas cuando aparentemente se comunicaban entre sí. Posteriormente, y debido fundamentalmente a ciertas disyuntivas de índole teológica (la cristianización de los colonizados como forma de control de sus comportamientos, y el problema de que sólo se puede cristianizar a los humanos), los “hombres blancos” aceptaron que el resto de la especie también era humana. El resto del planeta por lo tanto también hablaba, aunque no hablara lenguas europeas. Mientras a los griegos y a los romanos nunca les cupo en sus cabezas la posibilidad de hacer gramáticas de las hablas de los pueblos no helénicos, como los etruscos o los celtas (¿cómo hacer una gramática de lo que era meramente un balbuceo?), los misioneros coloniales a partir del siglo XVI sí empezaron a hacer manuales y vocabularios de las lenguas de los pueblos de otros continentes.

 

imageegypte-500x336

Inaugurado el 6 de octubre de 1860 por Napoleón III y la emperatriz Eugenia, el Jardín de Aclimatación, o Jardín Zoológico de Aclimatación, como se le llamó al principio, fue un zoo de París. De 1877 a 1912 el Jardín Zoológico de Aclimatación fue convertido en “La Aclimatación Antropológica”. Nubios, bosquimanos, zulúes y otros varios pueblos africanos fueron exhibidos allí en un verdadero zoo humano. Las exhibiciones alcanzaron un gran éxito. (Wikipedia)

 

Entonces fue necesario introducir distinciones que dejaran intacta a pesar de todo la superioridad del colonizador sobre sus nuevas propiedades vivientes. Era cierto que los dogmas de la fe decían que sólo los humanos podían ser bautizados, pero no decían nada de que no se pudiera bautizar a los tontos. Los pueblos derrotados en las incursiones coloniales eran finalmente humanos, sí, pero humanos más estúpidos. En ocasiones se les consideraba niños perpetuos (Kipling), o sea algún tipo de oligofrénicos. Sus culturas eran “inferiores” porque su inteligencia no daba para más: el “retraso” mental era causa y exponente del “retraso” cultural. No voy a recordar aquí todas las argumentaciones raciales y racistas que llenaron las aulas y las estanterías de Europa durante los siglos de los imperios coloniales, esas colecciones de craneoscopias inquietantes y fabulaciones etnográficas encaminadas a demostrar la superioridad mental, cultural e incluso moral de los descendientes de Europa sobre el resto de los pueblos del mundo. En el plano lingüístico la inferioridad antropológica de los colonizados se tradujo en que, como humanos, hablaban; pero como tontos, hablaban “menos” o “peor”, es decir que sus lenguas eran más “simples” o “rudimentarias”.

Hay todo un largo debate dentro de la cultura occidental moderna entre los que asumen la humanidad de los “no blancos” de forma parcial (reconociéndoles su carácter de humanos, pero resistiéndose a aceptar que esto implique la práctica igualdad en todos los sentidos con los “blancos”, especialmente en el plano cultural) y los que la asumen de forma completa. Un debate que llegaba cada curso hasta mi despacho de aquella universidad durante la revisión de exámenes. La opción parcial sobre la humanidad de los no occidentales presupone que sus lenguas deben ser necesariamente más “toscas”, más “sencillas”, menos “ricas” que las lenguas europeas, tal como muestran las películas de Johnny Weissmuller o John Wayne. La opción total, apoyada por los datos de la investigación lingüística contemporánea, reconoce que todas las lenguas que usan los homo sapiens, vivan donde vivan y sean cuales sean sus creencias, son creaciones geniales, al mismo nivel de complejidad y riqueza, de una única y atribulada especie.

 

© Miguel Peyró, 2013.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s