La imposición de los alfabetos

 

mechanical-writing1-copia“Por la prisa que daban a los indios para que trajesen esclavos en tributo, traían los hijos y los macehuales. Y el examen, que no se hacía con mucho escrúpulo, y el hierro que andaba bien barato, dábanles por aquellos rostros tantos letreros, además del principal hierro del rey, tantos que toda la cara traían escrita, porque de cuantos eran comprados y vendidos llevaban letreros.”

Fray Toribio de Benavente (siglo XVI). Historia de los indios de la Nueva España. I, 1.

 

Para hacer cualquier estudio transcultural sobre el impacto de la escritura sobre las sociedades del mundo es necesario partir de dos consideraciones previas. Deberían ser suficientemente obvias, si no fuera por nuestra tendencia —como occidentales o como ubicuos ciudadanos del “mundo global”— a extrapolar las claves de la cosmovisión europea a todos los pueblos de la Tierra. Es consustancial al llamado eurocentrismo presuponer que todo lo que existe en la cultura occidental debe existir también en todos los otros rincones del planeta; y si no existe, es evidencia de espantosas “carencias”.

La primera consideración es que no todos los pueblos del mundo utilizan sistemas de escritura. Las escrituras aparecen originalmente en contados lugares de la Tierra, y se propagan a partir de ahí a regiones concretas. Hay especiales circunstancias sociales y económicas —sobre las que no nos vamos a detener en esta ocasión— que propician el uso de sistemas de registro escritos en determinadas sociedades. Los pueblos que históricamente no han usado escrituras no han padecido ningún tipo de endémico “atraso”. Las culturas que se han basado en lo que los etnólogos llaman las tradiciones orales han sido tan ricas y creativas como las culturas que han hecho uso de los códigos escritos, e incluso más flexibles y adaptativas a la hora de adecuar su memoria colectiva a los nuevos presentes que iban viviendo. En definitiva, la escritura —a diferencia del lenguaje oral o de la música— no es universal.

La segunda consideración es que no todas las escrituras del mundo son alfabéticas, como lo son las que se han generalizado en Europa y allí donde los europeos nos hemos asentado. Una escritura alfabética es básicamente un sistema en que cada signo se asocia idealmente a una unidad fónica de la lengua, a un elemento distinguible de la pronunciación. Cuando los usuarios del alfabeto latino preguntamos cómo se escribe nuestro nombre en chino, solemos imaginar que habrá un signo de la escritura china que equivaldrá a nuestra A y otro a nuestra N, y así sucesivamente. Anacleto tendrá ocho letras en chino, en árabe, en japonés o en cualquier otra escritura conocida, sólo habrá que saber cómo dibujarlas. Pero en el mundo hay escrituras cuyos signos no reflejan fonemas aislados, como suelen hacer los llamados alfabetos [segmentales], sino sílabas enteras [silábicas], o sólo las consonantes [abjads], o significados completos [ideográficas]; incluso algunas cosas más.

En los procesos históricos de dominio cultural, las escrituras han constituido siempre parte esencial de los artefactos básicos a difundir. Hay muchas fuentes documentales para establecer hasta dónde llegó geográficamente el Imperio Romano, pero, si no las hubiera, podríamos saberlo igualmente por el alcance de sus inscripciones. Evocando la célebre fórmula de Nebrija, no sólo las lenguas, sino también las escrituras, han sido siempre compañeras de los imperios. Las escrituras, al constituirse en las representaciones de las lenguas para sus usuarios, se han entendido siempre como herramientas de primer orden para la propagación lingüística. En todas las escuelas coloniales leer en la nueva escritura era el primer paso para hablar apropiadamente en la nueva lengua. Es bien sabido que los sistemas fonológicos de las lenguas se han enseñado tradicionalmente recorriendo alfabetos. Sólo muy recientemente hemos empezado a enseñar lenguas orales sin pasar necesariamente por la escritura, sin cuadernos o pizarras, o sin los proverbiales libros llamados “gramáticas” o “métodos”.

La expansión de las escrituras se ha considerado también un elemento fundamental de la propagación cultural porque los mismos escritos, como objetos físicos, han sido tratados por los conquistadores como señales tangibles de su superioridad intelectual, al contener los registros de sus creencias sociales, científicas, religiosas, etc. Los ejemplares de la Biblia eran mostrados a los nativos de América como signos en sí mismos del poder y de las razones del conquistador. Y que los nativos no comprendieran este juego de símbolos, la veneración debida a estos materiales, resultaba siempre chocante e intolerable. Atahualpa fue asesinado por demostrar no saber utilizar un libro del Evangelio y cometer el imperdonable error de tratarlo como un objeto más, arrojándolo al suelo:

“Entra fray Vicente llevando en la mano derecha una cruz y en la izquierda el breviario y le dice a Atahualpa Inca que también es embajador y mensajero de otro señor muy grande amigo de Dios, y que fuese su amigo y que adorase la cruz y creyese el evangelio de Dios. Y preguntó el Inca a fray Vicente que quién se lo había dicho. Responde fray Vicente que lo había dicho el evangelio, el libro. Y dijo Atahualpa: dámelo a mí el libro para que me lo diga, y así se lo dio y lo tomó en las manos. Comenzó a hojear las hojas del libro, y dice el Inca: ¿Cómo no me lo dice ni me habla a mí el libro? y lo echó el dicho libro de las manos el Inca Atahualpa.” (Guamán Poma de Ayala. Nueva crónica y buen gobierno, 385 [387], adaptado.)

La superioridad que implica para el conquistador la propia producción y tenencia de textos escritos (alfabéticos) está en la base de las connotaciones civilizatorias que tienen hasta nuestros días las llamadas “campañas de alfabetización”. En las experiencias imperiales de Europa que los colonizados aprendieran a escribir en el alfabeto latino (cirílico en el imperio ruso) no era una opción, sino una obligación ineludible para salir del “atraso” en el que habían vivido —sin ellos mismos saberlo— antes de la llegada de los nuevos señores.

El antropólogo italiano Giorgio Cardona llamó alfabetocentrismo a la creencia de que los sistemas de escritura occidentales son los mejores sistemas posibles de reproducción del lenguaje oral, que estos sistemas constituyen una cúspide evolutiva de las escrituras del mundo y que por lo tanto cualquier otra forma de transmitir por medios visuales o táctiles el lenguaje humano está en algún momento en el pasado de ellos. El alfabetocentrismo es el guión fundamental que ha vertebrado hasta finales del siglo pasado la mayoría de los estudios occidentales sobre las escrituras y su diversidad.

El modelo del alfabetocentrismo entiende pues —como vimos más arriba que hace todavía tanta gente en Occidente— que sólo puede hablarse de escrituras propiamente dichas cuando estamos ante alfabetos. Los otros sistemas de comunicación gráfica son en el mejor de los casos “escrituras en formación” (amagos de alfabetos), y en el peor de ellos meras colecciones de signos con utilidad reducida, mediocres recursos para llevar cuentas o ayudar a la memoria.

La pendiente desde los alfabetos occidentales hacia la ausencia de escritura que el alfabetocentrismo proclama se suele precipitar hacia el abismo cuando los sistemas visuales de comunicación no se asemejan a las ordenadas hileras de pequeñas marcas sobre una superficie que estamos acostumbrados a asociar a nuestras escrituras. Posiblemente hemos renunciado de antemano a averiguar si había un principio sistemático de comunicación en muchas creaciones visuales de las culturas del mundo porque sus elementos distintivos no se presentaban ordenados en fila india, al modo en que se organizan nuestros renglones. Damos por supuesto que hay escrituras en horizontal (como las nuestras), aceptamos que las haya en vertical (como la china tradicional o la mongol), permitimos que algunas puedan presentarse incluso en espiral (como en el disco de Phaistos), pero no estamos muy dispuestos de entrada a encontrar sistematicidad, es decir escritura, en imágenes no ordenadas espacialmente de una manera secuencial. Por ello no nos hemos dado cuenta hasta tan tarde de sistemas de comunicación visuales —verdaderas escrituras desde el punto de vista semiótico— como los tokapu andinos, incorporados desde antiguo a las creaciones textiles indígenas y estudiados por Victoria de la Jara:

delajara

De estos signos ya había hablado fugazmente el cronista Martín de Murúa en su Historia general del Perú (1613), llamándoles “escribir cuadrado”. Pero la sociedad colonial hispánica no los valoró como escritura y fomentó la pérdida de la memoria de sus códigos.

Así la llegada de las escrituras alfabéticas, acompañada de la ideología excluyente del alfabetocentrismo, ha supuesto en muchos lugares de la Tierra el no reconocimiento de los sistemas de escritura autóctonos, y su posterior olvido en el proceso de asimilacion cultural. En el mismo marco de los Andes las antropólogas Olivia Harris y Thérèse Bouysse-Cassagne recogían todavía en el siglo XX este testimonio:

“Cuentan actualmente los laymi de Potosí que antes la gente sabía escribir, pero que los españoles, al momento de la Conquista, les dijeron: «Carajo, indio, no sabes escribir», y los descalificaron.” (“Pacha: en torno al pensamiento aymara”, 1988)

Incluso culturas que utilizaban sistemas ya aceptados como verdaderas escrituras por los occidentales fueron forzadas, al caer bajo el poder colonial, a sustituirlos por los alfabetos europeos. Esto sucedió en el África subsahariana y en algunos enclaves del sudeste de Asia con la escritura árabe, sustituida por la latina, y en Asia central con las escrituras de origen siríaco y uigur, sustituidas por la cirílica.

La “alfabetización” es sin duda un paso fundamental para el proceso de asimilación cultural, pues las escrituras alfabéticas latina o cirílica son caminos directos hacia las lenguas europeas, aunque se usen en un primer momento con el pretendido propósito de escribir las propias lenguas indígenas. En los “alfabetos indígenas” creados por las administraciones coloniales la huella de las lenguas europeas es omnipresente: Será el maestro enviado por la metrópoli el que se apropie, valore y organice la lengua indígena al fijar su nueva escritura, “reconociendo” en ella determinados sonidos, por ejemplo, y adjudicándoles representaciones gráficas (letras) en función de las equivalencias que ya maneja en la escritura de su propia lengua. Hay innumerables ejemplos de ello: QU representan un único fonema oclusivo velar en la escritura latina del náhuatl ante E o I, como en la palabra quetzal, porque así funciona la ortografía del castellano; lógicamente el mismo fonema es representado como C ante A, O o U (coatl). Del mismo modo SH representan un fonema fricativo palato-alveolar del swahili (kushukuru) porque tal cosa sucede en la ortografía inglesa. A menudo, en lenguas cuyos territorios han quedado divididos por el reparto colonial, hay más de un “alfabeto indígena” para escribirlas: uno a la francesa y otro a la inglesa en varias lenguas de África occidental, por ejemplo. Así estos “alfabetos indígenas”, por muy autóctonos que pretendan ser, siempre llevarán la marca del país colonizador, más allá de la independencia política y de los intentos de independencia cultural de la comunidad que los utiliza.

Los occidentales siempre han mirado con estupor y algo de sorna —como si fuera el torpe producto de un inculto, de un analfabeto— la creación del indio cheroqui Sequoyah (c. 1770–1840) de un sistema de escritura para su propia lengua. El escándalo del silabario cheroqui es que Sequoyah tuvo la osadía de utilizar algunas letras latinas sin seguir en absoluto la ortografía de las grandes lenguas europeas. Por ejemplo R representa /e/, D representa /a/ y C representa /tli/, lo que supone un gran incordio… para los lectores-hablantes de inglés. Pero es evidente que para los propios cheroquis no hay aquí ninguna dificultad especial de aprendizaje, y sí tal vez el orgullo de tener un sistema de escritura que, pese al trazo de ciertos caracteres, ha nacido íntegramente de una decisión propia.

 

© Miguel Peyró, 2013.

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