Uniformidad, diversidad y comunicación

 

I

350px-Confusion_of_TonguesCierta perspectiva sobre el mundo entiende la diversidad lingüística como un riesgo para la comunicación. En la cultura judeocristiana occidental contamos con un mito espectacular que sustenta este punto de vista: el mito de la Torre de Babel. El texto bíblico explica la pluralidad de idiomas del mundo como un castigo, como la venganza de la divinidad por la soberbia de una humanidad unida. La misma perspectiva subyace en los que defienden las ventajas para el desarrollo y la paz internacionales que supondría que todas las personas del mundo conocieran una misma lengua, sea ésta el inglés en nuestros días o una lengua artificial del tipo del esperanto o la interlingua. En los estudios culturales, una forma similar de ver las cosas ha adoptado el nombre de transculturalismo.

Esta posición sobre la diversidad está también presente, si nos fijamos en sus planteamientos esenciales, en todos aquellos que alertan contra los riesgos de una sociedad multicultural dentro de las fronteras de un determinado estado. La homogeneidad cultural (llamada “pureza” en los discursos más extremos) de un determinado país constituiría la mejor garantía de su cohesión. El “mestizaje” sería disgregador, atomizador, y por lo tanto enemigo de cualquier avance colectivo.

Cada raíz cultural distinta tendería, según esta lógica, a reivindicar lo propio en detrimento de las otras, a luchar por el mejor lugar al sol dentro del espacio común. Una sociedad multicultural, como un mundo multicultural o multilingüístico, se ve bajo esta perspectiva como un terreno abonado para el enfrentamiento permanente, como un “avispero” siempre al borde de la autoaniquilación.

Esta forma de ver las cosas es tan ideológica como cualquier otra, aunque afirme basarse en pretendidos instintos naturales o use sospechosas parábolas del mundo animal. Su ideología de fondo da por sentadas algunas supuestas “lógicas universales” de las comunidades humanas. Por ejemplo, que toda diferencia cultural o lingüística dentro de una sociedad —estatal o planetaria— tiende naturalmente a enarbolar un “nosotros” excluyente frente a los demás, frente a los “otros” como rivales o enemigos. También que la posibilidad de sorpresas inesperadas que está latente en todo contacto entre códigos distintos, culturales o lingüísticos, deriva automáticamente en hostilidad, es decir que conduce casi siempre a la agresividad y al enfrentamiento. Parece que no hay sorpresas agradables en el diferente, que no hay que esperar nada enriquecedor de lo desconocido. La ideología de esta forma de ver las cosas tiene un fuerte tufo huraño y provinciano: sólo puedo bajar la guardia entre mis supuestos iguales, sólo entre ellos evitaré el riesgo permanente de conflicto. Seamos pues iguales en lo cultural, hablemos la misma lengua: Sólo así exorcizaremos la latente catástrofe de lo inesperado.

Si aceptamos que dos formas diferentes de ver el mundo o de hablar conducen inexorablemente, cuando se ponen en contacto, al enfrentamiento —o cuando menos, en su versión más suave, a la confusión o al malentendido peligroso— deberíamos aceptar entonces que lo mismo sucedería con cualquier otra diferencia que surgiera entre los humanos. El que piensa que tener culturas o lenguas distintas impide la convivencia y el buen trato, debe pensar que tener ideas distintas, formas distintas de vestir o gustos distintos también puede llevar al conflicto. Según esta lógica, si yo pensara siempre y exactamente lo mismo que mi contertulio, nos llevaríamos de maravilla. Hay sin embargo algo evidente que también sucedería, y que nos debería hacer aborrecer tal posibilidad: nos aburriríamos como ostras. Si no hay diferencia, entonces no hay estímulos nuevos, no hay retos que nos agiten, no hay nada que nos despierte interés o curiosidad ante un nuevo encuentro. Todo lo que sucedería en nuestro entorno sería en el fondo previsible, conocido, monótono, tedioso. Sólo las mentes más estrechas, para las que todo pensamiento nuevo es una montaña altísima, se sentirían cómodas en este mundo estático (¿Será por ello que los discursos “contra los extranjeros” calan siempre mejor entre los más descerebrados?).

Considerar la diversidad como un riesgo de conflicto es un axioma latente de la mayoría de nuestras culturas estatales. Por lo que he podido ver, las sociedades nómadas son mucho más abiertas y menos recelosas ante la llegada de lo diferente. Ya he citado el mito de Babel y la visión de la pluralidad lingüística como castigo de la humanidad. Convendría recordar también, como otro ejemplo, los planteamientos europeos occidentales durante el siglo XX acerca de las distintas guerras acontecidas en los Balcanes. Estos enfrentamientos, que obedecían a diferentes intereses políticos y económicos, muchos de ellos situados muy lejos de la propia región, se tendieron a “explicar” como consecuencia de la alta diversidad cultural, lingüística, religiosa, étnica, de aquellas tierras. Los Balcanes se solían describir, en función de esa diversidad, como un “polvorín”. Subyacían en estas imágenes los dos axiomas indemostrados que citaba antes: Que toda peculiaridad colectiva declara automáticamente la guerra a quienes no son sus iguales, y que todo contacto entre diferentes conduce inevitablemente a la colisión. Nadie ha explicado sin embargo por qué el “polvorín” de los Balcanes no había estallado con anterioridad durante tantos siglos, durante toda la mayor parte de su fascinante historia.

 

II

Primera_edición_de_esperantoEn aras de una uniformidad que supuestamente evitaría irremisibles conflictos han surgido a lo largo de la modernidad diferentes propuestas de índole social y comunicativa. Todas han sido artificiales —porque lo natural en el género humano es la diversidad— y todas han tenido el propósito de reducir los pretendidos efectos nocivos de la pluralidad. En este terreno, y más en concreto en el ámbito lingüístico, deben situarse los proyectos de lenguas internacionales. Es frecuente leer en las declaraciones fundacionales de estas lenguas que se concibieron, entre otras cosas, para fomentar “la paz” en el mundo (la filosofía homaranista de Zamenhof, el fundador del esperanto), asumiendo así una vez más que la diversidad lingüística es potencialmente una fuente de choques. Corren por ahí diversas historias, verdaderas leyendas urbanas de la lingüística, sobre países que llegaron a la guerra o no se declararon la paz a tiempo porque sus mensajes “se entendieron mal” recíprocamente, al haber estado redactados en lenguas distintas. Para subsanar estos terribles errores (en los que sólo pueden creer quienes no saben apenas nada de los estados y sus complejos servicios exteriores) aparecen entonces las lenguas artificiales internacionales, entre ellas el esperanto. Sobre todo en las primeras décadas del siglo XX, los más entusiastas defensores del internacionalismo político, como los anarquistas, llegaron a hacer del esperanto una de sus herramientas culturales principales. Son inolvidables las escenas en el ateneo libertario de la película La Ciutat Cremada de Antoni Ribas. Una humanidad unida, hermanada, parecía necesitar expresarse en una única lengua.

Sin embargo la relativa pervivencia del esperanto se ha basado precisamente en que no se ha llegado a convertir en una lengua real, utilizada como instrumento de comunicación primario por comunidades humanas distintas. Las lenguas del mundo no son muchas porque Yahvé se opusiera al primer rascacielos de la historia, sino porque son herramientas para representar y transmitir experiencias humanas muy diversas. Cada lengua está adaptada a las características específicas de cada comunidad, y mientras las comunidades humanas sean distintas, lo serán también sus lenguas y todo su bagaje simbólico restante. Si el esperanto se hablase en todo el mundo, acabaría disgregándose en lenguas que se harían irreconocibles entre sí, como se disgregó el antiguo indoeuropeo.

La crítica del esperanto y de otras lenguas artificiales internacionales puede hacerse ya de entrada a su génesis. Sus creadores creyeron poner en marcha un instrumento de comunicación “neutral”, utilizable por todos los pueblos del planeta, pero estaban extrapolando de hecho su propia forma de hablar.

Como el volapük, su antecesor más notable, el esperanto aspira a ser una lengua mundial partiendo de una fonología, una gramática y un vocabulario creados en exclusividad a partir de las lenguas indoeuropeas occidentales. La fonología es básicamente eslava (Zamenhof era polaco, por lo que sin duda le parecería la más “clara”) y el vocabulario fundamentalmente románico y germánico. Del mismo modo sus estructuras semánticas recogen perfectamente las categorías nocionales comunes a las lenguas occidentales (es decir aquello que Whorf llamó desde una perspectiva etnolingüística el europeo medio estándar). Así es posible reproducir fielmente en esperanto las diferencias del español brazo / mano, inglés arm / hand, francés bras / main, etc. (brako y mano en esperanto), pero no del árabe bayt / dar, ambos casa en español, house en inglés, maison en francés, etc. (domo en esperanto). Por lo tanto, y pese a su vocación “humanista” y “universal”, el esperanto en la práctica acaba resultando sólo un nuevo capítulo de los intentos de imponer la perspectiva occidental al resto del planeta, haciéndola pasar por la más práctica, natural, sencilla o “neutral”.

Si la diversidad lingüística del mundo no es una perversión del género humano, la complejidad de las estructuras de las lenguas tampoco lo es. Las lenguas tienen elaboradas categorías en sus gramáticas y sus vocabularios para responder a distinciones perfectamente funcionales de la cosmovisión de sus hablantes. Pero como constructo artificial, y en aras de la facilidad de su aprendizaje, el esperanto se enorgullece de presentar una gramática llamativamente “sencilla”. La sencillez, sin embargo, no es sólo una cuestión de opción. Las lenguas ya son sistemas alentados, entre otras cosas, por la economía (comunicar lo más posible con el mínimo de medios posibles), y ninguna es “compleja” gratuitamente. En busca de su sencillez, el esperanto acaba patinando, por ejemplo, en estructuras léxicas insólitamente patriarcales. El sufijo -in(o) es la marca de femenino, que se añade a la forma no marcada o masculina cuando se trata de seres sexuados. El masculino es así la forma “normal”, básica, simple, y el femenino un añadido o variante excepcional de esa forma. El procedimiento llega a extremos increíbles. No sólo bratino (“hermana”) es el femenino de brato (“hermano”), sino que la palabra para “madre” es patrino, a partir de patro “padre” ¡La madre resulta ser sólo un padre en femenino! No creo que ninguna lengua real del mundo haya llegado a concebir, por muy fuerte que haya sido la presión de la sociedad patriarcal sobre sus hablantes, que la función social de la madre puede verse como un simple derivado feminizado de la función del padre. Hasta en lenguas como el español, donde es frecuente el doblete masculino / femenino para la mayoría de los nombres de parentesco (hermano-hermana, tío-tía; frente a por ejemplo el francés frère-sœur, oncle-tante), madre y padre mantienen raíces distintas. Algo idéntico sucede en esta lengua artificial con la palabra para “mujer”: virino, un simple derivado femenino de viro, “hombre”. Sin duda patrino y virino son dos de las palabras más feas del esperanto.

Johann Schleyer, el creador del volapük, otra lengua internacional, decidió que su vocabulario “mundial” también se basaría exclusivamente en el inglés, el alemán y el francés. Distorsionó burdamente la ortografía de las palabras de estas lenguas, para que el resto de la humanidad no se tomara a mal su estrecha elección. De hecho sólo conozco un caso de creación de un idioma internacional que haya tenido en cuenta un número realmente amplio de lenguas, y además no todas occidentales. Se trata de la poco conocida iniciativa del barcelonés Sinibald de Mas i Sans, viajero, pintor, escritor y primer embajador de España en China, que reunió nada menos que veinte lenguas de Europa y Asia para su propuesta de idioma internacional, cuya gramática publicó en Macao en 1844. Pero hoy apenas se conserva nada de su proyecto.

 

© Miguel Peyró, 2013.

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