De los límites de la escritura

 

Hay muchas propuestas de definición de la escritura, para intentar delimitarla respecto al vasto universo de formas de comunicación no verbales que utilizamos los seres humanos. Un buen número de estas definiciones considera que lo que caracteriza a la escritura es el uso de ciertas técnicas o  determinados materiales. Sin embargo este camino no nos lleva muy lejos, a tenor de la diversidad tecnológica de las distintas sociedades del mundo. Incluso aunque escritura fuese sólo utilizar las letras del alfabeto latino, dejando fuera de manera injustificada todos los otros sistemas del planeta, es posible producir estos signos con dedos, lápices, bolígrafos o plumas, con máquinas de escribir, con procesadores de textos digitales, con construcciones en relieve, con el humo de la estela de un aeroplano, con teselas de mosaicos, con surcos sobre la arena, con tubos luminosos, con figuras humanas, etc. Alguien podría considerar que unas técnicas son más genuinas que otras, apelando por ejemplo a la historia de los términos para nombrar la acción de escribir en las lenguas del mundo (latín scribere, nórdico rita como “grabar”), pero esto no pasaría de ser una suerte de “prejuicio etimológico” que nos haría presuponer que los procedimientos más antiguos son las verdaderas formas de escritura, lo que conduciría a creer que grabar con un punzón sería una manera más “auténtica” de escribir que extender líneas de tinta sobre una superficie o modelar tubos de neón.

 

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Como la escritura es un sistema de comunicación, cualquier intento de definirla debe basarse en criterios semióticos, no en inventariar los procesos materiales de su ejecución o conservación. Mañana puede aparecer un submarinista que escriba con burbujas, o un friki que componga su nombre con maquetas de Star Wars. La solidez del soporte físico parecería común a todos los procedimientos, dado el propósito de durabilidad que se presupondría en toda operación de pasar una información por escrito, pero ya hemos observado que se puede escribir también con humo en el cielo (skywriting) o sobre la arena de una playa. Y es que la escritura no sólo puede tener como objetivo conservar en el tiempo una determinada información, sino también simplemente hacerla llegar más lejos en el espacio, o a más destinatarios, como en el caso de los célebres “semáforos” que Chappe inventó para Napoleón. En realidad las funciones de las escrituras son muy diversas.

 

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Mucho antes de su significado asociado a la ordenación del tráfico moderno, la palabra semáforo sirvió para representar un curioso sistema de comunicación visual a través de torres con brazos móviles. El inventor de este sistema, Claude Chappe, trabajaba a comienzos del siglo XIX para el emperador Bonaparte. Mediante líneas de torres, visibles entre ellas en la distancia y manipuladas por personas adiestradas, una información recogida en la costa o en las fronteras de Francia podía llegar en pocas horas a París, mucho más deprisa que lo que que los correos a caballo de la época podían conseguir.

 

Cada definición de escritura acota un conjunto de prácticas comunicativas, cada una incluye o deja fuera determinadas formas de transmitir información por medios técnicos. Las principales definiciones y compartimentaciones de la escritura se muestran en el cuadro que sigue. Como los debates sobre una teoría universal de la escritura son esencialmente debates occidentales, el modelo eurocéntrico está siempre presente: Los alfabetos de Europa son incuestionablemente escrituras. El problema está en saber si siguen siéndolo sistemas que se alejan formal y estructuralmente de ellos.

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Puesto que las escrituras alfabéticas europeas representan secuencialmente unidades mínimas de las distintas lenguas, una visión reduccionista muy extendida considera que podemos hablar de escrituras sólo cuando estemos ante composiciones gráficas que puedan evocar secuencias lingüísticas precisas: “Escritura es un sistema para representar enunciados de una lengua hablada por medio de marcas permanentes y visibles” (Sampson 1985 [1997, p. 38]). Es el ámbito C de nuestro esquema. Evocar secuencias lingüísticas precisas quiere decir que una composición escrita permita ser verbalizada (leída) de una única manera, sin opción a posibles lecturas alternativas (con otras palabras, otro orden de la frase, etc.).

Por ejemplo, según esta perspectiva, el siguiente mensaje indio sobre una roca de Nuevo México no constituiría un caso de escritura propiamente dicha. El mensaje estaba dibujado junto a un peligroso sendero de montaña, “advirtiendo a los jinetes que una cabra montés podría escalar el rocoso sendero, pero que un caballo se caería” (Gelb 1952 [1993, p. 53]). La razón de no considerar este conjunto de imágenes una escritura es que podría ser leído de muchas maneras, por ejemplo “Este sendero es muy peligroso para ser cruzado a caballo, sólo una cabra montés lo conseguiría”, o “Te despeñarás si sigues adelante con tu caballo, es un camino sólo para cabras”.

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Sin embargo el siguiente mensaje en jeroglífico se lee inequívocamente en egipcio antiguo con una frase traducible literalmente como “Observé la erección de dos obeliscos” (y no, por ejemplo, “Se erigieron dos obeliscos cerca de donde yo estaba”, “Vi alzarse unas grandes columnas”, etc.).

 

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Una variante más reduccionista, y más alfabetocéntrica desde el punto de vista cultural, es el ámbito D de nuestro cuadro. Representa una concepción de las escrituras mucho más apegada a las características de los alfabetos occidentales modernos, es decir ser inventarios de signos estrictamente fonográficos, o sea aquellos que reflejan unidades de la pronunciación. La mayoría de los estudiosos occidentales de las escrituras no suele reducir tanto su campo de estudio, pero manifiesta su predilección teórica por este modelo, imaginando así que constituye el más alto grado de perfección de las distintas formas de escribir. Ignace Gelb, por ejemplo, llama a estos sistemas fonográficos “escrituras completas”.

Es esta predilección por las características fonográficas de los alfabetos la que ha hecho que muchos proyectos occidentales de desciframiento de escrituras remotas hayan intentado indefectiblemente, al menos en un primer momento, asignar “sonidos” a los signos. Así obró el franciscano Diego de Landa con la escritura indígena de Yucatán, creando en 1568 un falso “alfabeto maya” equiparable al alfabeto latino. Con ello sólo pretendía darle valor a este sistema indígena: si no era algún modo de alfabeto fonográfico, no era propiamente una escritura.

 

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El “alfabeto maya” de Diego de Landa.

 

Una versión menos estricta de las cosas aparece representada por el ámbito B del esquema. Sería la perspectiva de que no sólo los sistemas gráficos que reflejan fielmente enunciados lingüísticos son escrituras. La escritura abarcaría también cualquier otra forma sistemática de transmisión de información, siempre que fuera mediante signos gráficos. “Se entiende por signo gráfico una marca en una superficie sólida hecha con el propósito de una comunicación semiótica.” (Boone y Mignolo 1994, p. 229). Giorgio Cardona habla así de dos tipos de creaciones escritas: las que, desde el pensamiento, pasan a través del lenguaje (el ámbito C de nuestro cuadro) y las que no pasan necesariamente por él (Cardona 1981 [1999, p. 28]). Según este punto de vista, el aviso para jinetes de Nuevo México sí sería una muestra de escritura, así como la siguiente carta yukaghir, una cultura del noreste de Siberia:

 

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Geoffrey Sampson interpreta esta misiva de la siguiente forma: “Los objetos en forma de conífera son personas. El segundo por la derecha es quien escribe (la hilera de puntos representa cabellos trenzados y muestra, pues, que se trata de una mujer); el siguiente hacia la izquierda, el destinatario de la carta, fue su amante, pero ahora vive con una mujer rusa (cabello trenzado, junto con una falda con armazón que distingue el atuendo ruso del yukaghir). La mujer rusa rompió la relación entre la autora y el destinatario (línea desde la cabeza de la mujer rusa que corta las líneas que unen a los dos yukaghir); sin embargo el nuevo ménage es tormentoso (líneas cruzadas que unen a ambos). La autora es infeliz (líneas cruzadas), sola en su casa (el rectángulo que encierra la estructura), y aún piensa en el destinatario (lazo que se acerca a él). Por otro lado, el destinatario debe considerar que hay otro hombre joven cerca de la casa de ella (extrema derecha) y está enviando un lazo. Si el destinatario quiere obrar sobre este mensaje, tiene que apresurarse, antes de que en su nuevo hogar haya niños (las dos pequeñas coníferas de la izquierda).” (Sampson 1985 [1997, p. 41])

Indudablemente hay en este mensaje un significado global preciso y una atribución sistemática de contenidos a los distintos elementos gráficos, aunque no una única lectura en voz alta posible.

La última y más amplia concepción del universo de la escritura está representada en nuestro cuadro por el ámbito A. La frontera que hay que franquear para acceder a él es el terreno de lo estrictamente gráfico, es decir el mundo de los signos visuales generalmente bidimensionales y destacados sobre un fondo. Desde este enfoque, cualquier procedimiento sistemático de conservar y transmitir información por medios técnicos es una forma de escritura. No es siquiera necesario que sea el sentido de la vista el principal receptor, aunque puede seguir siéndolo. El sistema braille sería también una escritura, a pesar de que es el tacto el encargado de percibirla.

Un caso paradigmático de estos sistemas que, desde este punto de vista, podríamos considerar escrituras es el de los quipus andinos: haces de cuerdas de colores, con nudos a diferentes distancias, que se usaron como medio de comunicación en el mundo incaico prehispánico. El autor indígena Waman Puma (literalmente “Águila León”, cristianizado como Guamán Poma de Ayala) representaba uno de estos quipus en su libro ilustrado Nueva c[o]rónica y buen gobierno (s. XVII) acompañándolo de la palabra española “carta” (202 [204]).

 

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Algunos autores occidentales modernos mantienen que los quipus, cuyos códigos se han perdido, eran meros procedimientos para llevar cuentas. Presumiblemente porque las hileras llenas de pequeños elementos les recuerdan los antiguos ábacos romanos. Pero el cronista José de Acosta, que en el siglo XVI observó de primera mano su funcionamiento, pensaba claramente otra cosa: [Usan] cantidad de nudos y manojos de cuerdas, que dan por testigos y escritura cierta. Yo vi un manojo de estos hilos, en que una india traía escrita una confesión general de toda su vida, y por ellos se confesaba, como yo lo hiciera por papel escrito” (Historia natural y moral de las Indias (1590), VI, 8).

 

Obras citadas:

Elizabeth H. Boone y Walter Mignolo (1994): Writing without words. Alternative literacies in Mesoamerica and the Andes. Durham: Duke University.

Giorgio Cardona (1981): Antropologia della scrittura. Turín: Loescher [Antropología de la escritura. Barcelona: Gedisa, 1999].

Ignace J. Gelb (1952): A study of writing. Chicago y Londres: The University of Chicago [Historia de la escritura. Madrid: Alianza, 1993].

Geoffrey Sampson (1985): Writing systems. A linguistic introduction. Londres: Century Hutchinson [Sistemas de escritura. Análisis lingüístico. Barcelona: Gedisa, 1997].

 

© Miguel Peyró, 2013.

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