Los mapas como textos

 

mapa-de-utopía-362x500Los mapas son unos curiosos artefactos comunicativos que combinan prácticamente todas las formas de expresión gráfica: dibujos, colores, signos esquemáticos y escritura. Al menos en su forma original, los mapas comparten con los textos escritos el realizarse sobre un soporte o fondo plano, bidimensional. Sin embargo la bidimensionalidad de ambos tipos de técnicas es muy distinta: La escritura se despliega sobre una superficie en dos dimensiones, pero se lee generalmente en una sola de ellas, en secuencia lineal (la dirección de cada escritura, de izquierda a derecha en el caso de la latina), mientras que los mapas se leen en dos dimensiones también: sus signos se relacionan entre sí en todas las direcciones, en función de su posición relativa.

 

Los mensajes de los mapas

La mayoría de los mapas pasan por ser representaciones fidedignas de territorios determinados, pero constituyen en realidad discursos subjetivos, interpretaciones, sobre esos territorios —o tal vez sobre otros temas, usando esos territorios como pretextos. Los mapas son textos, y no meras reproducciones a escala de espacios concretos (como las imágenes aéreas). Su carácter de textos se hace evidente cuando observamos que en la gran mayoría de lenguas se usa precisamente el verbo leer para la acción de percibirlos. Los mapas se leen, mientras las fotografías desde aviones o satélites simplemente se contemplan. Hay que aprender a leer mapas en la escuela, como se aprende a leer un sistema de escritura. Pese a su aparente aspecto inmediato, intuitivo, nadie puede servirse de un mapa sin este aprendizaje previo. Porque el proceso de desciframiento no sólo radica en la interpretación de signos especiales que sustituyen a elementos reales (una línea negra para representar una costa, por ejemplo, o un círculo para representar una población) o convencionales (una secuencia de rayas y cruces para representar una frontera), sino también en entender el significado de la posición, distribución y tamaño relativo de esos signos.

Todo mapa es necesariamente una presentación reducida de un territorio (menos el inquietante mapa de Borges, que era a tamaño real [1]) y esta reducción implica que el autor del mapa debe imponer su propio “orden” sobre la abigarrada realidad, señalando lo que es relevante y lo que no lo es, lo que debe ser destacado y lo que no merece ser tenido en cuenta. Por ejemplo, las ciudades en la realidad tienen la insolente costumbre de no diferenciarse por su aspecto de las que han sido nombradas capitales administrativas. En ocasiones las capitales ni siquiera son las ciudades más grandes de un territorio. El mapa, sin embargo, pone a cada una en su sitio, otorgando a las capitales marcas que las convierten en ciudades destacadas, excepcionales. Y es que, en el fondo, ningún mapa pretende mostrar la realidad tal como es: al contrario, considera que es su deber como herramienta útil —como “buen mapa”— desbrozar el territorio real de sus presencias inútiles, ordenarlo, graduarlo y así en buena medida “explicarlo”.

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Mapas como discursos para la guerra. El mapa de la izquierda (hacia 1916) puede leerse: “Alemania es una amenaza para Australia”. El mapa de la derecha (hacia 1934): “Checoslovaquia es una amenaza para Alemania”.

Es importante tener claro este carácter subjetivo de la cartografía, la condición de texto de los mapas. Hoy nos parecen risibles las personas que en otros tiempos daban por objetiva una información porque venía en “los papeles”. Estos “papeles” eran las hojas impresas de los periódicos. No hace falta hablar de la credibilidad que otorgaba a una idea el que apareciera en su momento en un libro, o en un grueso diccionario. Sin duda hemos aprendido colectivamente a descender los documentos escritos a nivel humano, a reconocerlos como textos de otros mortales. Pero el anonimato y el supuesto consenso (en cada momento histórico) de la mayoría de sus autores, hace que para muchas personas los mapas sigan constituyendo los últimos “papeles”, es decir aquellas cosas que, sólo con mostrarse impresas, se tienden a dar por ciertas. Sin embargo la unanimidad en ciertos momentos de los contenidos de los mapas no los hace más “objetivos”, sólo refleja las convicciones más o menos oficiales de una determinada sociedad. En definitiva, no hay tanta diferencia, en su relación con la realidad que describen, entre mapas y escritos. Como Wood y Fels han expresado de una manera más semiótica, un mapa puede entenderse como una síntesis de signos y como un signo en sí mismo, como un artefacto de descripción del territorio que al mismo tiempo promueve una determinada visión del mundo [2].

 

Mapas y culturas

Antes de seguir adelante, convendría señalar que los mapas a los que me he estado refiriendo —mapas vinculados, como la pintura o la escritura, a la técnica del grafismo— son los mapas de la tradición occidental. Conocemos objetos para representar el territorio en otras culturas, aunque la imposición de la forma de vida europea los haya relegado en el último siglo a las vitrinas de los museos [3]. Me referiré sólo a dos de ellos. Sus modos de utilización eran muy distintos de los occidentales: uno se consultaba con el tacto, el otro con la memoria.

Los inuit (esquimales) de la costa oriental de Groenlandia usaron hasta finales del siglo XIX mapas táctiles para poder desplazarse a bordo de sus embarcaciones. Estaban tallados en madera y se llevaban bajo la ropa. Los navegantes percibían con los dedos sus protuberancias, que se correspondían con los contornos de la costa de tierra firme y de los islotes próximos. Se dice que contenían todo lo que podía captarse en una noche cerrada desde un kayak.

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Mapa de navegación inuit, Groenlandia.

Hasta los años cuarenta del siglo XX los navegantes polinesios de las Islas Marshall viajaban por el Pacífico con mapas hechos de varillas entrelazadas y conchas. Las varillas representaban los movimientos de las olas del mar de fondo, y las conchas o los lazos que ataban las varillas indicaban la localización de las diferentes islas. Cada marino experimentado construía su propio mapa y lo memorizaba completamente antes de hacerse a la mar. Luego, durante la travesía, iba tumbándose boca abajo en el fondo de la embarcación para sentir con todo el cuerpo el empuje y la dirección de las olas, mientras recordaba la estructura del mapa.

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Mapa de navegación polinesio, Islas Marshall.

El estudio de los mapas presenta un doble interés para la semiótica intercultural. Por un lado son en sí mismos artefactos comunicativos, como la escritura o las artes plásticas, cuya confección, materiales y utilización nos dicen mucho de las formas de vida de una cultura determinada. Sería extraño prestar atención a los textos escritos de una sociedad y olvidar su cartografía, recoger todos sus volúmenes excepto sus atlas (acertadamente calificaba Torres Villarroel de “libros redondos” a los globos terráqueos de la biblioteca de la universidad de Salamanca). Pero además los mapas —especialmente en el caso de los de ángulo más amplio, como los mapas continentales o los mapamundis— son documentos sobre el mundo, que contienen las imágenes que una sociedad tiene sobre ella misma y sobre las demás. Un estudio de la evolución de la cartografía occidental no sólo nos dirá mucho de las técnicas gráficas de los europeos, de sus formas de viajar y de la clase de información geográfica que consideraban relevante en cada época, sino que también nos hablará de cómo han ido concibiendo los límites del mundo, cómo han percibido los países remotos en relación a los propios: en su tamaño relativo, distancia, ámbitos de poder, recursos naturales e incluso —especialmente en la llamada geografía humana— en las características de sus poblaciones. Porque los mapas, como instrumentos de comunicación, no sólo recogen las visiones del mundo de una sociedad, sino que contribuyen a reproducirlas [4].

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Este mapa de 1821, realizado por el norteamericano Woodbridge, muestra el mundo según la perspectiva eurocéntrica. Las religiones del mundo son sólo tres, ordenadas de mejor a peor: Cristianismo, “mahometanismo” y “paganismo”. Las zonas cristianas son “ilustradas” o “civilizadas”, las “mahometanas” son “semicivilizadas” y las “paganas” son “bárbaras” o “salvajes”. Como curiosidad obsérvese que sólo Etiopía (“Abisinia”) es cristiana y “bárbara” al mismo tiempo, por tener su propio cristianismo autóctono africano.

 

Latitudes ideológicas

Como técnicas específicas de comunicación, los mapas no son meras sumas de imágenes y textos: poseen códigos propios. He apuntado antes que la presencia, distribución y tamaño relativo de sus elementos constituyen en sí mismos algunos de sus mensajes centrales. Hay condicionantes técnicos en la propia confección de un mapa que imponen a su autor determinadas elecciones. La necesidad de reducción de escala le obligará a graduar la importancia de los componentes de un territorio, recogiendo sólo algunos y dejando invisibilizados a otros. Una segunda elección por motivos técnicos se planteará al pasar el planeta de su forma esférica a una superficie plana, o sea al optar por una de las célebres proyecciones terrestres. Esta circunstancia impondrá decisiones sobre algunas de las cuestiones centrales de todo mapa: qué tamaño relativo tendrán sus elementos, cuáles aparecerán en el centro y cuáles en la periferia, cuáles estarán arriba y cuáles abajo. La trascendencia de estas decisiones  radica en que el tamaño y la distribución espacial se asocian en nuestro simbolismo visual a valores determinados. Lo mejor es más grande y está en el centro o arriba, lo peor es más pequeño y está en la periferia o abajo.

 

a) Lo grande y lo pequeño

Es suficientemente conocida la vinculación que tantas sociedades del mundo hacen entre los conceptos de grande y mejor. La representación plana de una superficie esférica necesariamente distorsiona algunas partes de la misma: las que quedan en la periferia del plano pueden aparecer más pequeñas de su tamaño relativo real, especialmente en las proyecciones llamadas ortográficas. Todo depende entonces de dónde decidimos situar el punto central de la composición. Que estas cuestiones no se dejan al azar se puede observar contemplando la mayoría de los mapamundis occidentales, que muestran a los países europeos con un tamaño desproporcionado. Si nos fijamos en el siguiente mapa, con cuyas dimensiones estaremos familiarizados, observamos que Europa y Sudamérica parecen ser aproximadamente igual de grandes.

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Sin embargo Europa tiene realmente una extensión de 10.180.000 kmy Sudamérica de 17.840.000 km2, es decir una diferencia de casi el doble de tamaño. La llamada proyección de Peters muestra las proporciones relativas de los continentes de una manera más fidedigna.

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Proyección terrestre de Peters.

No parece necesario detenernos a preguntarnos por qué los mapas europeos del mundo presentan a Europa más grande de lo que realmente es. Un continente que se ha considerado superior al resto del mundo no podía quedar en unas dimensiones geográficas marginales, no podía aceptarse a sí mismo —según la mordaz caracterización de Nietzsche— como “una pequeña península de Asia”…

 

b) El centro y la periferia

Central y marginal muestran ya en el lenguaje el contenido simbólico que asociamos al centro y a la periferia. Los territorios considerados como importantes se colocarán entonces en el centro de muchos mapas planos, y esto siempre arbitrariamente, porque no hay un punto central natural en la superficie de una esfera. La cartografía occidental convirtió la longitud terrestre europea en el centro del mundo (meridianos de París y de Greenwich como meridianos cero), y desde este punto de vista se siguen organizando la mayoría de los mapas actuales… excepto los impresos en América, que eligen su propia línea de longitud como nuevo centro del mundo. Pocos mapamundis tienen la longitud de otros países o continentes como centro.

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La longitud de Japón como centro del mundo en un mapa japonés del siglo XIX.

Los mapas europeos medievales, y algunos renacentistas, solían situar en su centro a Jerusalén, considerada como el centro espiritual de la Cristiandad.

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Mapa de “hojas de trébol” de Heinrich Bünting (1581), mostrando a Jerusalén en el centro del mundo.

Pero el recurso no es en absoluto exclusivo de los mapas occidentales. El mapa del uigur Mahmud al-Kashgari, que acompañaba a su tratado Compendio de las lenguas de los turcos (siglo XI), colocaba en el centro exacto del mundo a Balasagun, la capital del Kanato Negro (hoy en Kirguistán). El mapa incluía a otras culturas no turcas de Asia, como Iraq, Yemen, India, China y Japón, pero las relegaba a la periferia de la composición, como si fueran satélites del kanato. En la cartografía china tradicional el estado chino aparecía siempre en el centro, haciendo honor a su nombre (Zhongguó, “país del medio”). El mundo se ordenaba a partir de este eje central.

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Representación del mundo en la tradición china. El ámbito 1 representa al poder central (el emperador). El 2 a los súbditos internos. El 3 a los súbditos externos. El 4 a los estados tributarios. En el exterior están los países bárbaros, clasificados genéricamente según los puntos cardinales.

 

c) Arriba y abajo

En otra metáfora espacial, compartida por muchos pueblos de la Tierra, arriba representa lo positivo y abajo lo negativo. Los buenos pensamientos son “elevados”, los malos instintos son “bajos”. El Cielo está arriba y el Infierno abajo. Las escalinatas de los tronos, los estrados, las tarimas y los podios señalan quién es más importante en un determinado lugar: el que está más arriba que los demás. En la cartografía occidental moderna el norte del mundo, que incluye a Europa y Norteamérica, está arriba y el sur abajo. Sin embargo, como es bien sabido, esto no siempre fue así. En la Edad Media muchos mapas europeos colocaban a Asia, es decir a “Oriente”, en la parte superior. La razón de ello es que estos mapas, que no querían contradecir la geografía bíblica, entendían que Asia era el continente más sagrado, por encontrarse allí Jerusalén y por ser la parte del mundo que había albergado al Paraíso Terrenal.

Al menos desde el siglo X los mapas musulmanes medievales representaban el sur arriba y el norte abajo, como también lo hacía la escuela de cartografía mallorquina que en 1375 confeccionó el impresionante Atlas catalán, atribuido a Cresques Abraham. Seguramente los árabes orientaban los puntos cardinales de otras maneras con anterioridad, a tenor de que la palabra shamal todavía significa “norte” e “izquierda” al mismo tiempo.

Diversos estudios demuestran que, al menos en nuestra cultura, los elementos percibidos en la parte superior de un mapa son más valorados que los que se hallan en la parte inferior. La investigación a tal respecto llevada a cabo por Meier, Moller, Chen y Riemer-Peltz [5] reveló que los compradores de propiedades urbanas tendían a preferir los lugares situados en la parte alta de los mapas o planos convencionales. Estos autores llevaron a cabo varios experimentos prácticos. En uno de ellos enseñaron a un grupo de personas el mapa de una ciudad imaginaria. A otro grupo le enseñaron el mismo mapa, pero orientado al revés. Se pidió a los miembros de los dos grupos que marcaran con una cruz el lugar donde preferirían vivir en el caso de que se mudaran a esa ciudad. La abrumadora mayoría señaló un lugar claramente más arriba de lo que parecía ser el centro de la ciudad. Después bastantes participantes expresaron abiertamente su opinión de que las personas con un buen nivel económico debían vivir al norte del centro de las ciudades, es decir en las zonas altas de sus planos.  La metáfora alto / bajo asociada a las clases sociales se superponía al arriba / abajo espacial. Tal vez por ello siempre se ha hablado de barrios bajos.

 

Notas

[1] “En aquel imperio, el arte de la cartografía logró tal perfección que el mapa de una sola provincia ocupaba toda una ciudad, y el mapa del imperio, toda una provincia. Con el tiempo, esos mapas desmesurados no satisficieron y los colegios de cartógrafos levantaron un mapa del imperio que tenía el tamaño del imperio y coincidía puntualmente con él. Menos adictas al estudio de la cartografía, las generaciones siguientes entendieron que ese dilatado mapa era inútil y no sin impiedad lo entregaron a las inclemencias del sol y de los inviernos. En los desiertos del oeste perduran despedazadas ruinas del mapa, habitadas por animales y por mendigos; en todo el país no hay otra reliquia de las disciplinas geográficas.” (Jorge Luis Borges: “Del rigor en la ciencia”, en El hacedor).

[2] Denis Wood y John Fels: “Design on signs: myth and meaning in maps”. Cartographica vol. 23 (1986), pp. 54–103. Accesible aquí. Sobre la ausencia general de crítica respecto a la supuesta objetividad de los mapas es interesante el libro de Yves Lacoste: La géographie, ça sert d’abord à faire la guerre. París: Maspero, 1976 [La geografía, un arma para la guerra. Barcelona: Anagrama, 199o].

[3] Véase David Woodward y G. Malcolm Lewis (eds.): Cartography in the traditional African, American, Arctic, Australian, and Pacific societies. Chicago: University of Chicago, 1998 [The History of Cartography, vol. II, 3].

[4] “De hecho, las formas en que llegamos a “ver el mundo” son en buena medida consecuencias de cómo este mundo aparece representado para ser visto en los mapas que hacemos de él.” (Christopher De Sousa: “Cartography: Semiotics”, en Keith Brown (ed.): Encyclopedia of Language and Linguistics. Oxford: Elsevier, 2006, pp. 206-212).

[5] Brian P. Meier, Arlen C. Moller, Julie J. Chen y Miles Riemer-Peltz: “Spatial metaphor and real estate: North–South location biases housing preference”. Social Psychological and Personality Science vol. 2 (2011), pp. 547-553.

 

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