Los poderes de las escrituras

 

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I

La comunicación verbal tienen limitaciones tanto espaciales como temporales. En el espacio está condicionada por el alcance físico de la voz; en el tiempo, por su escaso lapso de duración. La primera función de las escrituras ha sido trascender estas fronteras. Conservar un mensaje verbal más allá del momento en que se pronunció, llevarlo más lejos de lo que nunca conseguiría hacerse oír. Las características de los soportes físicos de las escrituras del mundo, los objetos sobre los que se ha escrito a lo largo del tiempo, reflejan este doble propósito: Materiales de vocación imperecedera para intentar convertir los mensajes en eternos, como en el caso de las inscripciones en mármol del mundo grecorromano. Materiales ligeros, como el papiro egipcio, para transportar cómoda y rápidamente los mensajes a cualquier lugar. La evolución de los soportes físicos de las escrituras refleja la incesante búsqueda de materiales y técnicas que aúnen las dos pretensiones de la producción de un texto escrito: que pueda conservarse indefinidamente y que pueda alcanzar en teoría cualquier destino. No siempre ha sido posible conciliar ambos propósitos: las fibras vegetales, tan ligeras, se consumían con el paso del tiempo; la piedra, tan resistente, no podía ser movida sin gran esfuerzo.

La escritura surge así como un sistema sustitutivo del lenguaje verbal, como un procedimiento técnico para hacerlo llegar más lejos en el espacio y en el tiempo. Pero el medio, según la célebre tesis de McLuhan, puede acabar apropiándose del mensaje. Las escrituras acaban distanciándose del texto oral originario, creando un nuevo tipo de texto visual. El uso general y continuado de materiales escritos lleva en distintas sociedades del mundo a la aparición del lenguaje literario, una nueva forma de concebir el mensaje verbal según reglas que sólo se aplican a la hora de escribir. Las sociedades altamente literalizadas, aquellas en las que las escrituras han alcanzado una gran difusión, acaban siendo siempre sociedades diglósicas: utilizan en realidad dos gramáticas y dos inventarios léxicos para expresarse, aunque en la conciencia general de sus miembros sólo estén usando dos medios alternativos de un mismo sistema comunicativo: “en voz alta” y “por escrito” [1]. La versión literaria termina creando un código lingüístico de prestigio, que se impone socialmente sobre cualquier variante del habla real, como si constituyera su forma más “perfecta”. Sin duda es un proceso insólito que la copia acabe constituyéndose en modelo de su original. Se ha comparado con el caso de una extraña sociedad donde la gente se sintiera obligada a parecerse a sus retratos.

II

El distanciamiento y la adquisición de prestigio de lo escrito sobre su antiguo modelo oral es sólo un ejemplo de las profundas transformaciones que experimenta una sociedad literalizada [2]. Hay otros fenómenos no menos extraordinarios, como los efectos que se producen en la memoria individual y colectiva de los miembros de esa sociedad. En su promesa de permanencia en el tiempo, la escritura se ofrece a descargar a la mente de parte de su bagaje de recuerdos. Lo que está escrito y puede consultarse en cualquier momento no necesita ser llevado permanentemente “en la cabeza”, y por lo tanto puede ser olvidado sin riesgo. El proceso lo seguimos comprobando hoy cada vez que decidimos ayudarnos en lo cotidiano por agendas y dietarios, especialmente cuando llega el caso de que los perdamos. Este ofrecimiento de las escrituras a recordar por nosotros siempre nos ha resultado especialmente seductor en el caso de datos tan fatigosos y poco atractivos para la memoria como los números y las cuentas. En Mesopotamia la escritura surge precisamente a partir de sistemas previos de contabilidad, en función de las necesidades de inventarios de recursos que imponía la revolución agrícola.

La memoria de las sociedades con escritura se ve extremadamente mermada, tanto en el plano colectivo como en el individual. El acervo de las tradiciones orales acaba desapareciendo, así como la capacidad para poder recordar con precisión secuencias verbales de cierta envergadura [3]. El fenómeno ha sido estudiado por la antropología occidental moderna en sus contactos con las escasas sociedades ágrafas que hoy sobreviven en el planeta, y también fue detectado ya por Platón, que sin duda se encontraba en mejor posición que nosotros para confrontar los estilos de vida de sociedades con escritura y sin ella. En su Fedro escribe (274c-277a):

Me contaron que cerca de Naucratis, en Egipto, hubo un dios, uno de los más antiguos del país, el mismo a que está consagrado el pájaro que los egipcios llaman Ibis. Este dios se llamaba Teut [= Thoth]. Se dice que inventó los números, el cálculo, la geometría, la astronomía, así como los juegos del ajedrez y de los dados, y, en fin, la escritura.

El rey Tamus reinaba entonces en todo aquel país, y habitaba la gran ciudad del alto Egipto, que los griegos llaman Tebas egipcia. Teut se presentó al rey y le manifestó las artes que había inventado, y le dijo lo conveniente que era extenderlas entre los egipcios. El rey le preguntó de qué utilidad sería cada una de ellas, y Teut le fue explicando en detalle los usos de cada una; y según que las explicaciones le parecían más o menos satisfactorias, Tamus aprobaba o desaprobaba. Dícese que el rey alegó al inventor, en cada uno de los inventos, muchas razones en pro y en contra, que sería largo enumerar. Cuando llegaron a la escritura:

“¡Oh rey!, le dijo Teut, esta invención hará a los egipcios más sabios y servirá a su memoria; he descubierto un remedio contra la dificultad de aprender y retener”. “Ingenioso Teut, respondió el rey, el genio que inventa las artes no está en el mismo caso que la sabiduría que aprecia las ventajas y las desventajas que deben resultar de su aplicación. Padre de la escritura y entusiasmado con tu invención, le atribuyes todo lo contrario de sus efectos verdaderos. Ella no producirá sino el olvido en las almas de los que la conozcan, haciéndoles despreciar la memoria; fiados en este auxilio extraño abandonarán a caracteres materiales el cuidado de conservar los recuerdos, cuyo rastro habrá perdido su espíritu. Tú no has encontrado un medio de cultivar la memoria, sino de despertar reminiscencias; y das a tus discípulos la sombra de la ciencia y no la ciencia misma. Porque, cuando vean que pueden aprender muchas cosas sin maestros, se tendrán ya por sabios, y no serán más que ignorantes, en su mayor parte, y falsos sabios insoportables en el comercio de la vida.”  

III

El distanciamiento entre el lenguaje verbal y la escritura que originalmente lo representa pasa por distintos procesos, según cada marco cultural. En lo que respecta a la escritura occidental, el tránsito de la oralidad plena a la autonomía absoluta del texto escrito puede sintetizarse en tres pasos:

En un primer estadio la transmisión es directa y oral entre el emisor original y los destinatarios finales, y el texto escrito es sólo un apoyo mnemotécnico que el hablante ha preparado para sí mismo: el texto le recuerda someramente, mientras habla, los temas y  contenidos que había decidido abordar, algo similar a los apuntes de un profesor o de un conferenciante en nuestros días. El hablante es el único autor y lector del texto escrito, y las propiedades expresivas de toda auténtica transmisión verbal —entonación, énfasis, lenguaje corporal— no se ven alteradas por este apoyo privado a la memoria. Es en general la situación que se produce en la mayoría de los sistemas pictográficos del mundo, tan difíciles por lo tanto de interpretar en un sentido unívoco cuando no está ya presente su autor.

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En un segundo momento el texto escrito sigue desembocando necesariamente en la oralidad, en la voz, pero quien escribe y quien lee no tienen que ser ya la misma persona. El texto debe contener explícitamente la suficiente información para ser interpretado de modo coherente por cualquiera que conozca su código gráfico, y los posibles recursos expresivos periféricos al acto verbal de su lectura se convencionalizan en fórmulas muy distintas ya a las usuales en un contexto conversacional. Es la situación de las sociedades que priman la lectura en voz alta (denominada clare legere en latín), entre las que se incluye la europea hasta aproximadamente el final del siglo IV [4].

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En sus Confesiones (VI, 3) San Agustín de Hipona recoge el desconcierto que le producía la forma de leer de San Ambrosio: en voz baja, sólo para sí mismo (tacite legere, sibi legere):

Leía con sus ojos corriendo sobre las páginas, cuyo sentido percibía su espíritu; pero su voz y su lengua se mantenían en reposo. A menudo, cuando yo estaba allí —pues su puerta nunca estaba prohibida y se entraba sin ser anunciado— le veía leyendo muy bajo y nunca de otro modo. Quizás evitaba una lectura en voz alta por miedo a que un oyente atento y cautivado le obligase, a propósito de cualquier pasaje oscuro, a entrar en explicaciones, a discutir sobre problemas difíciles y a perder así una parte del tiempo destinado a las obras cuyo examen se había propuesto. Y además en la necesidad de economizar su voz, que se quebraba con facilidad, podía haber también una justa razón para leer muy bajo. En todo caso, fueran cuales fueran sus razones, no podían ser sino buenas en un hombre como él.

La generalización de la lectura callada, sólo para uno mismo, es el tercer paso en la separación radical de la escritura y el habla, y supone el abandono definitivo de la oralidad en todo el recorrido de la transmisión. El lector ya no es un nuevo emisor para posibles destinatarios distintos de él, sino que se constituye en el final, además necesariamente individual, del proceso comunicativo.

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Aquí la pronunciación ha desaparecido, por lo que la original función de la escritura, transmitir mensajes verbales más allá de las limitaciones físicas de la voz humana, no puede decirse que en rigor siga cumpliéndose. El código escrito no tiene que producir ya necesariamente, al final del proceso, actos verbales reconocibles por los usuarios de una lengua en sus contextos interpersonales usuales. En realidad ha surgido ahora un nuevo contexto comunicativo: el contexto escrito. Y el prestigio social de esta nueva forma de comunicar revertirá finalmente sobre el mundo conversacional original, imponiendo el dictado de lo escrito sobre lo oral, fenómeno que los lingüistas han bautizado como el prejuicio literario.

IV

La preponderancia del lenguaje escrito sobre el oral —de lo que era un producto sustitutivo sobre su modelo primigenio— obedece sin duda, en primer lugar, al tradicional poder social de los detentadores del secreto de escribir y leer. Es lo que podemos llamar la función estamentaria o el poder de exclusión de las escrituras. Pero también hay otro proceso directamente responsable del dominio de lo escrito sobre el mundo verbal, y es la aparición de la reflexión lingüística como disciplina que se basa tradicionalmente en textos escritos. En una palabra, el surgimiento de la gramática.

En su sentido griego originario, gramática era la técnica de las letras (grammata). La primera acepción de gramático (grammatikos) era alguien que sabía utilizar las letras, es decir una persona capaz de leer y escribir [5]. Si creyéramos que las palabras siempre deberían conservar su significado original, tendríamos que ver como un sinsentido algo como la gramática de una lengua; porque las lenguas son acústicas, no gráficas, y tienen fonos y no letras. Pero sin duda los sentidos de las palabras cambian a lo largo del tiempo, no sin recoger en su trayectoria los avatares culturales de las sociedades que se han servido de ellas. Que hoy en general sea gramática la palabra que utilizamos para el estudio de la estructura de las lenguas refleja ya la absoluta victoria de lo escrito sobre lo oral en la historia cultural de Occidente.

Desde los primeros estudios literarios de la Grecia antigua hasta las modernas corrientes “formalistas” de la lingüística —como la llamada gramática generativa— se han priorizado los textos escritos sobre los orales, como si fueran las muestras más “correctas” o “puras” de estos (muestras sin los molestos e imprevistos errores de la “actuación”, en el modelo lingüístico generativo). Debido a ello hemos podido imaginar la existencia de intervenciones verbales descontextualizadas, unidireccionales, sin retroalimentación interpersonal de ningún tipo, separadas artificialmente de lo que constituye el verdadero marco comunicativo de cualquier lenguaje natural humano: la conversación. Hemos reflexionado sobre nuestra forma de hablar observando nuestra forma de escribir [6], una forma realmente perversa de hacer gramática.

Pero la relación entre gramática, como reflexión sobre las lenguas (orales), y texto escrito es todavía más profunda. Todo sistema de escritura es ya, en sí mismo, un ejercicio lingüístico, porque al cambiar de medio físico de transmisión, debe identificar y seleccionar del continuum del habla aquellos elementos que juzga relevantes desde el punto de vista informativo. Para su colección de unidades gráficas, los creadores de una escritura deben establecer qué elementos distintivos reconocen en los mensajes verbales y, entre estos, cuáles serían imprescindibles para el éxito de la comunicación y cuáles resultarían de alguna manera secundarios. Todas las historias de la lingüística deberían empezar por abordar los orígenes de los sistemas de escritura, pues constituyeron las primeras disecciones teóricas de las lenguas orales. Las diferencias entre sistemas fonográficos segmentales, abjads, silábicos, etc., si observamos las estructuras de las lenguas para los que fueron creados originalmente, reflejan siempre opciones basadas en las particularidades fonológicas (o más precisamente, morfofonológicas) de esas lenguas. No vamos a detenernos aquí en todos los distintos sistemas grafémicos del mundo, pero digamos someramente que un sistema segmental que recoja las vocales es fundamental para una lengua como el latín, que distingue entre casta (“casta”) y costa (“lado, costilla”); pero un sistema abjad, que no recoge las vocales cortas, es más práctico para una lengua como el árabe, en la que tanto falasṭīn como filisṭīn o filasṭīn significan “Palestina” – representado en esa escritura como f-l-sṭīn (فلسطين) [7].

V

La importancia de las escrituras procede también entonces de este carácter pionero o fundacional de su análisis de las lenguas orales. Su disección permite encontrar por primera vez unidades en las lenguas, tanto fonológicas como gramaticales o semánticas, y descubrir así, al menos parcialmente, su funcionamiento como sistemas. La tarea no es precisamente menor, aunque desde nuestra familiaridad moderna con la escritura ya no lo advirtamos. Si hoy conceptos como fonema o palabra nos parecen intuitivamente reconocibles es porque ya estamos educados en una sociedad literalizada que nos ha mostrado esas entidades mediante procedimientos gráficos suficientemente llamativos. Podemos decir a grandes rasgos que para los europeos de hoy un fonema es cada unidad representada por una letra de su alfabeto, y una palabra aquello que se escribe entre espacios en blanco o signos de puntuación.

Los resultados de estos primeros análisis de las lenguas orales han permitido históricamente la aparición de numerosos nuevos sistemas sustitutivos. Sistemas que en teoría representan mensajes verbales, pero que en realidad representan unidades de los sistemas de escritura ya establecidos. Resultan ser, respecto al lenguaje verbal, sustitutos de un sustituto. Como es bien sabido, el sistema braille o el código morse, dos de los más célebres de estos nuevos sistemas, no pretenden reproducir los fonemas de las lenguas sino las letras de los alfabetos (originalmente del alfabeto latino francés en el caso del braille, y del latino inglés en el del morse). Lo mismo puede decirse de otros procedimientos menos conocidos en general, como los semáforos de banderas que han utilizado tradicionalmente los marinos o el sistema de torres con brazos móviles que Claude Chappe inventó para Napoleón a comienzos del siglo XIX. La abrumadora mayoría de los sistemas de comunicación visual o táctil surgidos en las sociedades con escritura han partido así directamente de ella. Los intentos de crear nuevos sistemas basados directamente en la lengua oral, sin pasar por la intermediación de las escrituras ya establecidas, han resultado en general estrepitosos fracasos. Uno de los casos más célebres en la historia de las técnicas de comunicación es la sonografía de Charles de la Serre, inventada también bajo los auspicios de Bonaparte: un sistema táctil basado en gran parte en la fonología francesa, y no en su alfabeto, y que pretendía que los soldados pudieran leer mensajes en la oscuridad sin necesidad de encender luces. La sonografía se reveló extremadamente confusa en la práctica, pese a la coherencia interna de su sistema, y como técnica sólo resultó operativa cuando Louis Braille la adaptó para que representara directamente y sin ambages las letras del abecedario francés.

El ascendente de las escrituras sobre la conciencia de los hablantes acerca de sus lenguas (gramáticas) y sobre la gran mayoría de los sistemas de comunicación ideados después de ellas, las convierten en elementos centrales de esas culturas. Pero no termina aquí la importancia social que suelen llegar a adquirir: en muchos otros aspectos lo escrito ocupa un lugar de primer orden en nuestro imaginario individual y colectivo. Las escrituras tienen otros diversos poderes. Algunos ligados directamente a su origen pictórico, al hecho de que los signos son históricamente dibujos de cosas. Son las funciones estéticas y mágicas de las escrituras, sus poderes de fascinación y de evocación. Otros derivados del prestigio social de sus usuarios: las funciones estamentarias e identitarias de las escrituras, o sus poderes de exclusión y de identidad.

VI

Es difícil presentar a un público occidental las profundas dimensiones de lo estético en muchos de los sistemas de escritura del mundo, porque la cultura europea, especialmente desde la imprenta, ha minimizado los aspectos caligráficos de nuestros alfabetos, en beneficio exclusivo de su claridad de transmisión. Dicho en claves semióticas clásicas, en Occidente, respecto a la escritura, hemos priorizado la función fática sobre la función poética. En la escritura china, en la tibetana o en la árabe, sin embargo, la presencia de lo estético sigue siendo mucho más importante, pese a la globalización informática. En estas sociedades podemos decir que ha estado plenamente presente, a la hora de escribir y leer, el doble sentido de la palabra letra: como signo gráfico y como forma de realizar ese signo (“tener buena  o mala letra”).

La imprenta anuló al autor directo del documento escrito real que el lector tenía en sus manos; producir un texto, en el sentido “técnico” del término, era ya una operación mecánica. El texto impreso que el lector recibía era un ejemplar de un procedimiento maquinal de copiado, no una obra personal y única. El final de la escritura a mano propiciado por la revolución informática supone el último paso para la pérdida de la conciencia colectiva de que la escritura es una descendiente lejana pero reconocible del ámbito artístico del dibujo o la pintura. La moderna tipografía ha retomado por su lado este antiguo interés por los aspectos estéticos de la escritura, pero situándolo ya sobre las claves industriales contemporáneas. La tipografía actual es consciente del valor informativo de la dimensión estética, pero, como procedimiento industrial, valora más el producto final que el proceso llevado a cabo para obtenerlo. Trazar un signo en la escritura caligráfica china es en sí una experiencia vital, un ejercicio psicofísico, incluso un acto mágico. La pureza y elegancia de los trazos demuestran la tensión que el autor ha sabido dominar, la victoria sobre sí mismo que se produjo. El calígrafo en estas culturas crea con su cuerpo de un modo no muy distinto a como en la nuestra hace arte un danzante. Todo aspirante a calígrafo en estas sociedades empieza por aprender a sentarse, a mantener la columna y el cuello en las posiciones apropiadas, incluso a respirar, además de saber mover el brazo y la mano. Por esto contemplar a un calígrafo mientras crea es la más sublime de las formas de ser su primer lector. Por esto también en esas culturas la caligrafía ha sido usada tradicionalmente como una forma de terapia para recuperar la armonía holística personal, es decir la salud.

VII

Como todo signo, un dibujo tiene una forma y un contenido. A los aspectos relacionados con las formas de los signos de las escrituras nos acabamos de referir en el apartado anterior. Ahora nos detendremos someramente en el mundo de su contenido. Comencemos por recordar que los signos de las escrituras proceden de dibujos que intentaban representar directamente cosas o seres de la realidad. Este primer cometido de los signos parece haber seguido de algún modo presente para los usuarios de diversas escrituras del mundo, incluso en el caso de escrituras formalmente fonográficas. Las letras de algunas escrituras conservan todavía en sus nombres las huellas de los entes del mundo que “copiaban” cuando eran unidades pictóricas. Así sucede por ejemplo en las escrituras semíticas, donde es posible reconocer los conceptos “casa”, “palma de la mano” u “ojo” en los nombres de las letras que representan /b/, /k/ o /ʕ/.

La evocación es un fenómeno bastante común en la vida de los signos. Es la propiedad por la que el signo acaba siendo entendido en sí mismo como una manifestación o una encarnación material de lo que representa. Así la gente ama o aborrece determinadas banderas como objetos porque ama o aborrece las realidades políticas que representan, o considera sagradas imágenes escultóricas porque representan a seres sagrados. En este mismo sentido es en el que los signos de las escrituras pueden llegar a evocar para sus usuarios algo de sus contenidos originarios. La letra árabe llamada “ojo” (ʕayn) puede ser una representación de la vista y por lo tanto del conocimiento, y por esto aparecería llamativamente, según el gramático del siglo X Ibn Jinnī, en la escritura de palabras que tienen que ver con la idea de “saber” (ʕarafa “saber”, ʕalama “conocer”) [8]. Del mismo modo, en la escritura jeroglífica egipcia el signo logográfico para “ojo” (jrt) podía resultar un peligroso invocador del “mal de ojo”, y por eso en muchas ocasiones se evitaba, se sustituía por un trazo oblicuo o se borraba después de realizado [9].

En el marco del judaísmo, la Cábala estudia las letras hebreas de los textos sagrados como símbolos completos en sí mismos, confiriéndole a cada una un valor numérico y de este modo un significado específico. Las formas de las palabras encerrarían valiosas informaciones sobre los entes que representan, y a estas informaciones se accedería mediante el estudio de los valores de las letras que las componen [10]. La conciencia del simbolismo individual de las letras hebreas se puede contemplar también en el Sefer Yetzirah, por ejemplo cuando dice de la letra mem que es “muda como el agua” (II, 2), y esta letra procede precisamente del signo jeroglífico egipcio que significaba “agua”.  En la escritura china, por su parte, existen signos tabú (hui) que normalmente están relacionados con los nombres de determinados personajes, pero, como señala François Thierry, “es el acto de trazar el carácter lo que está prohibido, no el acto de pronunciar el nombre” [11].

El papel mágico de las escrituras parece ya vinculado en algunos lugares a sus primeras etapas como sistemas de comunicación. Escribir fue originalmente trazar signos dentro de un acto solemne que podía calificarse de ritual religioso. Hoy todavía encontramos escrituras que tradicionalmente sólo han sido empleadas por los círculos sacerdotales, como la escritura batak de Sumatra o la escritura dongba de los naxi de Yunnan. Este carácter mágico de los primeros pasos de las escrituras ha sido ya estudiado con cierta profundidad en los casos de Mesopotamia [12] y Egipto [13]. En China los orígenes de la escritura están abiertamente vinculados a lo mágico: El estadio más antiguo de la escritura china (jiaguwen) es conocido como “de los huesos adivinatorios”, porque sus signos se grababan sobre huesos de animales o caparazones de tortugas que luego se sometían al fuego. La coloración y las grietas que se iban produciendo sobre algunos de estos signos daban valiosas informaciones sobre acontecimientos desconocidos o futuros.

En el norte de Nigeria se conoce como rubutu (de la palabra hausa para “escribir”) a una práctica terapéutica vinculada al texto árabe del Corán, práctica que también se documenta en otros lugares de África, como Ghana, Sudán, Kenia o Tanzania, e incluso de Asia, como el Golfo Pérsico o Bangladesh [14]. Consiste en escribir, con azafrán, tinta, miel, u otra sustancia considerada apropiada, determinados pasajes de este libro sobre una tabla o una piedra. Luego se lava la tabla o la piedra con agua y se bebe esta agua con el texto diluido. El fragmento coránico a beber se elige en función del beneficio buscado, de acuerdo a los conocimientos sobre estas correspondencias del sanador.

La historia de las lenguas también recoge en ocasiones esta percepción mágica o evocadora de los signos de las escrituras. Posiblemente esta sea la razón del significado último de la palabra runa como “secreto” en antiguo nórdico (rún). La raíz semítica para “escribir” (k-t-b) sobrevive en amhárico y en tigrinya prácticamente sólo en el nombre kitab, que significa “amuleto”, y modernamente, por su sentido apotropaico, “vacunar”.

VIII

Si los dos poderes de las escrituras que acabamos de señalar están vinculados al origen pictórico-representativo de sus signos, los que abordaremos ahora tienen que ver con el prestigio cultural de los textos escritos, prestigio derivado del poder social de sus usuarios.

Como es bien sabido, la escritura es desde sus inicios y durante una gran parte de su historia un código conocido por unos pocos. Originalmente es una técnica reservada sólo para los funcionarios de los incipientes estados (escribas). Posteriormente la escritura seguirá manteniendo este carácter elitista debido a las condiciones materiales necesarias para su aprendizaje. Tradicionalmente sólo los miembros de determinados estamentos, en las sociedades jerarquizadas, han podido permitirse tener acceso a los lugares que enseñaban a escribir. Estos estamentos ocupan los lugares de poder en las distintas sociedades, sea el poder económico o el de género.

En el mundo grecorromano, especialmente en sus etapas tardías, el texto escrito aparece en sí mismo, independientemente de su contenido concreto, como un claro símbolo de poder. Como evidencia del dominio patriarcal sobre su cónyuge, el varón suele representarse con un texto escrito en la mano, frente a la mujer, que es mantenida visiblemente en el analfabetismo. Como lo describe Peter Brown:

En los sarcófagos de Italia y Asia Menor de los siglos II y III la esposa aparece en actitud atenta, de pie o sentada frente al marido, mientras él levanta la mano derecha para refrendar algo, en tanto que en la mano izquierda muestra el pergamino que representa la cultura literaria superior en que basa su derecho al absoluto predominio, tanto en la sociedad en general como dentro del matrimonio. [15]

En estas sociedades la unión entre poder y escritura está simbolizada en la ley, que es ante todo un artefacto escrito, un texto. La difusión del helenismo por Asia central, a partir de las conquistas macedonias de Persia y la India, ha dejado hasta hoy huellas de este vínculo indisoluble entre legislación y escritura: la palabra mongol para “libro”, nom, es un antiguo préstamo del griego, pero no de biblos, sino directamente de nomos (“ley”).

No sólo en el mundo helenístico encontramos esta unión simbólica tan directa entre escritura y ámbitos de poder. En la cultura visual de muchas otras sociedades del planeta mostrar que se porta o se posee un texto escrito es una evidencia clara de prestigio personal. Incluso aunque, por la superficial difusión de la escritura en un determinado lugar, quienes compongan estas imágenes no representen ningún sistema de escritura concreto, sino sólo trazos o garabatos que imitan los signos de alguna escritura próxima. Una estatua funeraria de la cultura mboma expuesta en el Museo de África Central de Tervuren (Flandes) muestra al difunto sosteniendo en las manos un gran texto que no recoge ningún sistema de escritura real. Es la escritura en sí lo que importa para homenajearlo, la escritura como producto material, más allá de que se trate de un sistema de comunicación y contenga significados. Algo de los mismos efectos visuales de la escritura se puede detectar en nuestra sociedad occidental moderna cuando en las entrevistas de televisión se coloca al personaje central delante de una estantería de libros. Sólo una minoría de telespectadores irrecuperablemente curiosos intenta leer algún título de los lomos de esos libros. Para la mayoría no importaría mucho que fueran en realidad pasatiempos encuadernados: lo importante es que el entrevistado parece desenvolverse entre libros, parece tener bastantes de ellos, y eso transmite automáticamente una imagen de sabiduría y seriedad.

Por lo tanto, el acceso de alguien a la escritura no sólo supone en nuestras culturas literalizadas abrirle las puertas a un utilísimo modo de comunicación. Es también un acto de investidura social, un reconocimiento vital, personal, como sujeto con dignidad plena. Saber escribir se ha convertido en nuestras sociedades en un derecho. Por eso permitir o prohibir el acceso a la escritura a determinados colectivos ha sido siempre un arma política, una herramienta de ingeniería social. Se han abordado muchas veces las trabas puestas en las distintas sociedades a la alfabetización de los grupos económicos más desfavorecidos, pero no es la única discriminación observable al respecto. A lo largo de la historia del patriarcado se ha querido negar el acceso a la escritura a las mujeres, con argumentaciones de todo tipo, que iban cambiando según cambiaban las ideologías dominantes en cada época y en cada sociedad. En la occidental, desde las admoniciones de las primeras iglesias cristianas contra la “mujer culta” hasta el Proyecto de una ley que prohíba que las mujeres aprendan a leer del “revolucionario” francés Sylvain Maréchal (París, 1801). Hoy todavía, según datos de la Unesco [16], de los 774 millones de adultos analfabetos del mundo, dos tercios (493 millones) son mujeres.

A lo largo de la historia del imperialismo también se ha pretendido negar a los colonizados el acceso a la escritura, como forma de garantizar su sometimiento. Los ejemplos son muchos, pero como muestra baste el caso de la política colonial española durante la ocupación del país que hoy se llama Guinea Ecuatorial. El historiador Gustau Nerín recoge la situación de esta manera:

Así me lo contaba, muy lúcido, un viejo fang al que entrevisté en febrero de 2005: “No puede haber casi nada de historia. En los años cincuenta, el guardia civil que te encontrara un escrito con un nombre, una anécdota, podía perseguirte, podía matarte. Por eso la gente era reticente a escribir y sólo queda la historia oral. Si tenías una carta, te cogían y te decían: ¿Tú escribiste una carta con quién? Tú no puedes escribirla solo, ¿quién la escribió contigo? Y te llevaban a Bata a la prisión. Por eso sólo queda la historia oral.” [17]

IX

Si las escrituras pueden vincularse simbólicamente, dentro de una sociedad, con los estamentos que la usan, también pueden verse como representantes de toda una cultura para las poblaciones exteriores a ella. La propagación de los distintos sistemas de escritura por el mundo sigue el mapa del prestigio cultural de unas sociedades sobre otras. Escrituras creadas para lenguas con unas características morfológicas y fonológicas específicas pueden ser adoptadas por los hablantes de lenguas estructuralmente muy distintas, con las consiguientes dificultades prácticas. Hemos visto antes que una escritura abjad como la árabe puede ser especialmente indicada para una lengua semítica, como precisamente el árabe, en la que las vocales cortas suelen ser léxicamente irrelevantes. Sin embargo la escritura árabe ha sido utilizada también para representar lenguas indoeuropeas (como el persa o el urdu), altaicas (como el turco o el uigur) o bantúes (como el swahili).

A través del papel central del texto sagrado, las escrituras se han asociado a las distintas religiones del mundo. El mapa europeo del uso de las escrituras greco-cirílicas coincide a grandes rasgos no con el “paneslavismo” sino con la extensión del cristianismo bizantino-ortodoxo (la única excepción moderna la constituiría el rumano). Las escrituras latinas vienen a superponerse al mapa del cristianismo occidental-romano, incluyendo sus grandes escisiones históricas. La estructura de las lenguas, incluso su genealogía, no juegan ningún papel en la elección: hay lenguas eslavas que se escriben en caracteres latinos, como el checo, el polaco o el croata, y otras que se escriben en caracteres cirílicos, como el ruso, el serbio o el búlgaro.

Utilizar un sistema de escritura concreto es, por lo tanto, en la mayoría de los casos una opción de prestigio cultural. Si mi lengua se escribe de una determinada manera, eso evidencia que mi sociedad está unida orgullosamente a una determinada tradición. La escritura hebrea se ha visto así como la seña de identidad del judaísmo, la escritura árabe del Islam o la escritura devangari del hinduísmo. En ocasiones lo que se considera desde el punto de vista lingüístico un mismo idioma puede escribirse de varias maneras —y dar la impresión aparente de que estamos ante idiomas distintos. El sistema lingüístico llamado tradicionalmente serbocroata se escribe en caracteres latinos en las zonas donde sus hablantes son mayoritariamente de tradición católica (y decimos entonces que nos encontramos ante la lengua croata) y en caracteres cirílicos en las zonas donde son de mayoría ortodoxa (y estamos entonces ante la lengua serbia). En la región del Indo los musulmanes representan en escritura árabe el mismo sistema lingüístico que los hinduístas representan en escritura devanagari. Hablamos entonces también aquí de dos lenguas: el urdu y el hindi.

Las escrituras, originalmente representaciones de las lenguas, acaban representando muchas otras realidades cruciales de las culturas humanas. Su capacidad de comunicar no termina, por lo tanto, en los contenidos de sus textos. El estudio de los distintos sistemas de escritura del mundo no nos pone sólo ante más o menos ingeniosos procedimientos de transmisión de información: nos muestra también la incontenible fascinación de los seres humanos por el proceso y los productos de la comunicación, la reverencia ancestral que les producen los símbolos que ellos mismos han creado.

 

Notas

[1] C. Ferguson: “Diglossia”. Word vol. 15 (1959), pp. 325-340.

[2] M. McLuhan: The Gutenberg galaxy: The making of typographic man. Toronto: University of Toronto Press, 1962. W. J. Ong: Orality and literacy: The technologizing of the word. Londres: Methuen, 1982.

[3] J. Goody: The interface between the written and the oral. Nueva York: Cambridge University Press, 1987.

[4] B. H. W. Knox: “Silent reading in Antiquity”. Greek, Roman and Byzantine Studies vol. 9, nº 4 (1968), pp. 421-435.

[5] A. U. Schmidhauser: “The birth of grammar in Greece”, en E. J. Bakker (ed.): A companion of the Ancient Greek language. Malden: Wiley-Blackwell, 2010, pp. 499-511.

[6] P. Linell: “The impact of literacy on the conception of language: The case of Linguistics”, en R. Säljö (ed.): The written world. Studies in literate thought and action. Berlín: Springer, 1988, pp. 41-58.

[7] M. Peyró: “Implicaciones lingüísticas de la escritura árabe”, en Nuevas tendencias en la investigación lingüística. Granada: Universidad de Granada, 2002, pp. 213-226.

[8] M. H. Bakalla: “Ibn Jinni, an early Arab Muslim phonetician”. Historiographia Linguistica vol. 10, nº 1-2 (1983), pp. 103-111. T. Adi y K. O. Ewell: “Letter semantics in Arabic morphology”, en Morphology workshop. Proceedings of the 1987 Linguistic Institute. Stanford: Stanford University Press, vol. I, 1987, pp. 450-454.

[9] A. Loprieno: “Sprachtabu”, en W. Helck y W. Westendorf (eds.): Lexikon der Ägyptologie. Wiesbaden: Harrassowitz, vol. V, 1984, pp. 1211-1214.

[10] W. van Bekkum: “The Hebrew tradition”, en The emergence of semantics in four linguistic traditions. Amsterdam: John Benjamins, 1997, pp. 1-47.

[11] F. Thierry: “Codes et écritures cachées dans la tradition chinoise”, en L’aventure des écritures. París: Bibliothèque Nationale de France, 2010.

[12] J. Bottéro: “Symptômes, signes et écritures en Mésopotamie ancienne”, en J. P. Vernant (ed.): Divination et rationalité. París: Le Seuil, 1974, pp. 70-197. S. B. Noegel: “Sign, sign, everywhere a sign: Script, power, and interpretation in the ancient Near East”, en A. Annus (ed.): Divination and interpretation of signs in the Ancient World. Chicago: The Oriental Institute of the University of Chicago, 2010, pp. 143-162.

[13] C. T. Hodge: “Ritual and writing: an inquiry into the origin of Egyptian script”, en M. D. Kinkade (ed.): Linguistics and anthropology. In honor of C. F. Voegelin. Gante: Peter de Ridder, 1975, pp. 331-350. D. Frankfurter: “The magic of writing and the writing of magic: The power of the word in Egyptian and Greek traditions”. Helios vol. 21 (1994), pp. 189-221.

[14] A. O. El-Tom: “Drinking the Koran: The meaning of Koranic verses in Berti erasure”. Africa vol. 55 (1985), pp. 414-431. K. Konadu: Indigenous medicine and knowledge in African society. Londres: Routledge, 2007. P. Bhuiyan, Z. Khatun, et al.: “Use of Quranic verses, amulets, numerology, and medicinal plants for treatment of diseases: a case study of a healer in Narsinghdi district, Bangladesh”. American-Eurasian Journal of Sustainable Agriculture vol. 7, nº 5 (2013), pp. 415-425.

[15] P. Brown: The body and society. Men, women, and sexual renunciation in early Christianity. Nueva York: Columbia University Press, 1988. Cita de p. 32.

[16] Unesco Institute for Statistics. International Literacy Data 2013.

[17] G. Nerín: Un guàrdia civil a la selva. Barcelona: La Campana, 2006. Cita de p. 7.

 

© Miguel Peyró, 2016.

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