El universo de las escrituras

 

magritte ecriture

Pese a poseer una prodigiosa herramienta natural para comunicar, el lenguaje, los seres humanos no hemos dejado de crear a través del tiempo nuevas técnicas y artefactos para transmitirnos ideas y sensaciones. Nuestra vida como especie gregaria depende de la comunicación, y a la comunicación hemos dedicado siempre nuestros mejores esfuerzos. Entre todos los procedimientos artificiales que hemos ido inventando con este propósito, ninguno ha alcanzado la trascendencia de los signos gráficos que genéricamente llamamos escrituras. Hoy nos resulta imposible imaginar nuestro mundo sin la escritura, y esto se vuelve todavía más evidente si pensamos que no sólo las “letras” sino también los “numerales” forman parte de su ámbito. El texto escrito domina completamente nuestras modernas sociedades urbanas, globalizadas, desde la información o la publicidad a los documentos. Y el texto escrito determina también nuestra conciencia de otros tiempos: la escritura viene a equivaler a la historia, a la memoria de la especie. Las sociedades que no escribieron, o sobre las que otros no escribieron, quedan en la sombra del conocimiento, de algún modo apartadas de la conciencia del devenir del ser humano. Sus obras, sus evidencias materiales, sólo pueden ser contempladas desde fuera: siempre mudas, enigmáticas, controvertidas. Por el contrario, las sociedades que nos precedieron en el tiempo y que tuvieron textos escritos accesibles se nos muestran desde dentro: parece como si pudiéramos acceder directamente a sus pensamientos. La cantidad de cosas que sabemos de cada cultura o colectivo antiguos depende así, por encima de cualquier proporción de testimonios arqueológicos, de encontrar textos escritos (y, por supuesto, de descubrir alguna forma de interpretarlos). Con otros  hallazgos materiales, sabemos qué hacía una determinada sociedad del pasado; con la escritura llegamos a saber además por qué hacía eso.

Esta preeminencia de lo escrito no es natural, ni refleja un desarrollo inevitable de las sociedades humanas. Muchas culturas del mundo no conocieron ninguna forma de escritura —algunas sobreviven en la periferia de la globalización todavía hoy. Si en nuestra modernidad las escrituras reinan sobre el mundo de manera incontestable es porque se ha producido históricamente un dominio de las sociedades con escritura sobre las que no la empleaban. Las sociedades sedentarias urbanas que necesitaron de la escritura en un momento determinado de su desarrollo histórico acabaron siendo también las que alumbraron proyectos más efectivos e inexorables de control social y expansión militar. Las escrituras están vinculadas en su génesis a la aparición de la institución del estado, y a los estados les será dado el control final de las sociedades humanas. La victoria de las colectividades con escritura sobre las llamadas ágrafas ha generado una amplia ideología justificativa, como en todo proceso de dominación. Es la ideología que subyace a la separación entre historia y prehistoria a partir del eje de lo escrito. Las sociedades sin escritura son “prehistóricas”, aunque nos sean coetáneas, y el prefijo de la denominación lo indica todo: están antes de nuestra historia, les queda por recorrer todo el camino que nosotros ya hemos dejado atrás. Muchas veces esta confrontación cultural no se propone entre dos sociedades distintas, sino entre dos etapas históricas de una misma sociedad. Entonces puede observarse más claramente la ideología grafocéntrica [1] en la que estamos inmersos. Quienes estudian una misma colectividad humana a través del suficiente tiempo suelen advertir bien el diferente trato que reciben las informaciones transmitidas mediante textos escritos y las que llegan a través de tradiciones orales o escénicas-rituales. Como señala Jean Markale a propósito del estudio de las sociedades célticas [2], el soporte de la información, el hecho de que venga en forma de escritura o no, separa nada menos que el documento histórico de la leyenda, con sus extremadamente diferentes connotaciones de veracidad. Y esto seguimos asumiéndolo hoy, pese a que desde hace mucho tiempo nadie crea a pies juntillas en todo lo que se publica a su alrededor.

Las diferentes escrituras del mundo, al prevalecer sobre otras formas de comunicación artificial, e incluso al acabar imponiendo su propia autoridad a las lenguas orales, se convierten en elementos primordiales de la vida de las colectividades que las emplean. No como meros “soportes” para la memorización o la transmisión a distancia de conceptos o palabras, sino como auténticas instituciones sociales que enuncian y justifican las creencias colectivas de una determinada sociedad, precisamente lo que llamamos su cultura. Las escrituras re-presentan ideas y palabras y, al volver a presentarlas, las duplican, instauran su propia versión de ellas. Es bien sabido, por ejemplo, que para mucha gente la versión escrita de su lengua es “mejor” (más “correcta”, “culta”, recomendable…) que los originales hablados que encuentra a su alrededor. Las escrituras se vuelven modelos lingüísticos al representar lenguas, se vuelven sagradas al reproducir mensajes sagrados, se vuelven señales de prestigio al difundir las ideas de los poderosos, se vuelven siniestras al haber sido empleadas por los enemigos. Transmiten la realidad social, pero se quedan indefectiblemente con una copia de ella, a menudo más inmediata, más simbólica, más efectiva. En definitiva, más visual.

Las escrituras se propagan por muchas regiones del mundo, pero son adoptadas y empleadas en función de las complejas condiciones propias de cada cultura concreta. Rechazamos así de partida los patrones “evolucionistas” de la vieja etnografía, un mero instrumento de la dominación colonial. Debemos estudiar las afinidades observables en la diversidad cultural del mundo sin recurrir a gradaciones universales, sin imaginar una sola historia ascendente de la especie, en la que indefectiblemente la versión occidental suele esperarnos en la cúspide. En este campo concreto, es necesario refutar el mito que el antropólogo Giorgio Cardona llamó alfabetocentrismo [3], es decir la creencia de que las escrituras usadas hoy en los países de cultura europea (los que solemos llamar “alfabetos” o “abecedarios”, como el latino, el griego o el cirílico) son las más desarrolladas, prácticas o lógicas de cuantas formas de escritura hayan podido imaginar los seres humanos. Y el mito al que nos enfrentamos llega incluso más lejos: imagina que todas las escrituras del mundo son meras etapas, intermedias luego incompletas, en el camino del alumbramiento de los alfabetos europeos.

Del mismo modo que las sociedades ágrafas han sido denigradas como “prehistóricas”, que sus documentos orales han sido desechados como “leyendas”, la perspectiva occidental tradicional ha despreciado casi sin excepción las formas de escritura ajenas a la herencia grecolatina. En este sentido puede verse el alfabetocentrismo como un caso local y exacerbado de grafocentrismo. El discurso no es nuevo, sólo varía el objeto usado esta vez como justificación de la primacía occidental sobre el mundo. Los alfabetos europeos estarían al final de una escala de perfección respecto a otras formas de escribir del mismo modo que el monoteísmo occidental estaría en la parte alta de una supuesta pirámide universal de formas de religión. Todas estas tablas de etnología comparada, traten sobre la escritura, la religión, la economía o la familia, acaban colocando siempre en el mismo lugar a los mismos personajes. Los “blancos” ocupan el lugar privilegiado, la meta de la historia, el futuro respecto al resto de la humanidad. Curiosamente los “animistas”, en su eterna “prehistoria”, no escriben o usan toscos “pictogramas” y son meros “recolectores”… Todas las tablas encajan unas sobre otras, formando al final un viejo e inquietante mapa “racial” de las cualidades humanas, hoy oculto en público pero no olvidado. Un mapa que en realidad sólo reflejaría el panorama universal de las ruinas dejadas por las conquistas coloniales.

Pese a su omnipresencia actual, la escritura ocupa sólo una pequeña parte de la historia de la humanidad y de sus formas de comunicación. Se calcula que nuestra especie dispone de lenguaje verbal desde hace unos 200.000 años [4]. Mucho más tarde empezará a utilizar la comunicación gráfica o pictórica, que dará paso ulteriormente, como una de sus variantes, a la escritura. De acuerdo a la datación de las placas de Blombos (Sudáfrica), los primeros dibujos propiamente dichos, de estilo geométrico-lineal, se remontan a unos 70.000 años [5]. Las composiciones figurativas más antiguas que conocemos hasta hoy, las pinturas rupestres de Chauvet (Occitania), son de hace unos 32.000 años [6]. Los primeros testimonios de procedimientos gráficos suficientemente convencionalizados para poder ser ya considerados escrituras, se localizan en Mesopotamia y tienen poco más de 5.000 años de antigüedad.

Que la escritura haya aparecido muchísimo después que el lenguaje verbal, como variante tardía del largo proceso de desarrollo de la comunicación gráfica, no parece explicar, sino todo lo contrario, su extraordinaria implantación en la historia de la humanidad. Y es que seguramente no es su antigüedad, sino sus características intrínsecas como procedimiento de transmisión de información, lo que le ha conferido su asombrosa preeminencia sobre otros medios de comunicación convencionales y también su prodigiosa difusión. Las escrituras han ejercido desde sus orígenes una especial fascinación en las culturas que las han empleado, e incluso en las que sólo tenían noticias externas de ellas. Esta fascinación se basa sin duda en su carácter gráfico, visual. Se explica de alguna manera en el famoso dicho de que “una imagen vale más que mil palabras”. Como lo expresa Romà Gubern: «No es ocioso recordar que se aprende a mirar —a seleccionar e interpretar el campo de lo visible— antes de aprender a hablar (…). La comunicación visual es más rápida, compleja y sutil que el lenguaje hablado, porque ha evolucionado a lo largo de millones de años, asociada a las necesidades de la supervivencia, en contraste con el más reciente sistema verbal.» [7]

Si el mundo del arte gráfico gozaba ya de esta fantástica atracción de lo visual, la escritura, al convertirse en sistema de signos, llega todavía más lejos en sus poderes comunicativos. La imagen pictórica puede evocar la realidad, por supuesto filtrada siempre a través de las categorías culturales, pero no puede garantizar la unanimidad en la interpretación. Toda obra de arte es por definición lo que Umberto Eco llama una obra abierta [8]: el espectador reinterpreta la imagen de un modo no siempre previsto por el autor. El arte gráfico puede traer a la atención un tema, sugerir unas cualidades, proponer un punto de vista, pero no transmitir una información determinada del modo preciso y unívoco en que lo hace por ejemplo el lenguaje verbal. Esto no debe verse como una carencia, sino al contrario como un mundo de riquísimas posibilidades evocadoras que puede llegar en muchas ocasiones más lejos o más adentro en el espectador que lo que lo hacen los elementos de una lengua oral. Ello es notablemente cierto en el ámbito de las sensaciones o los sentimientos, para el que las lenguas parecen especialmente rudimentarias. Del mismo modo que la música puede transmitir emociones que una colección de palabras no abarcaría en todos sus matices. Los signos usados en los sistemas de escritura siguen manteniendo su fuerza visual gráfica, pero a la vez consiguen la precisión semántica que hasta ese momento el lenguaje verbal (y luego también los lenguajes de señas) tenía como ventaja prácticamente exclusiva.

Convertido en lector, el espectador está prácticamente al mismo nivel que el oyente: Tiene la seguridad de que nada en el mensaje se le escapa, de que ha logrado decodificar exactamente los mismos elementos que el autor codificó conscientemente en su discurso. Sin duda hay siempre aspectos polisémicos en todas las unidades culturales, pero el propósito de la escritura no es ir más lejos semánticamente de lo que llega el lenguaje verbal. Su objetivo no es explicitar toda la red de connotaciones que tiene un concepto evocado, sino evitar la ambigüedad denotativa. Un roble puede significar varias cosas en determinadas culturas (la fortaleza, la nobleza, la longevidad, el pasado celta, etc.), el cometido de la escritura es que se interprete roble y no encina. Por ello el desciframiento de una escritura no es suficiente para elucidar el universo simbólico de una cultura: en realidad nos hace acceder sólo a unidades del discurso, cuyos referentes reales, especialmente en las culturas que nos resultan más alejadas, en muchas ocasiones sólo podemos intuir.

Esta capacidad de precisión de las escrituras, en contraste con las posibilidades simbólicas generales de las otras creaciones gráficas, se debe a su carácter de sistemas semióticos. Y es lo que realmente las caracteriza. No hay formalmente nada en el aspecto visual de un determinado dibujo o figura que nos indique que pertenece a un sistema de escritura. Una circunferencia puede ser la evocación pictórica de una rueda, de un astro, de un anillo o de una moneda, o bien ser el signo jeroglífico egipcio para expresar grano (de arena, etc.), o ser el signo que muchas escrituras latinas usan para representar la pronunciación /o/. En todos los casos su trazado básico sigue siendo el mismo.

Lo que distingue a los signos de una escritura determinada respecto a otras producciones gráficas es pertenecer a un sistema, es decir a un conjunto establecido de unidades y reglas.

Como unidades de un sistema, el conjunto de los signos de una escritura debe ser necesariamente finito. Mientras en el arte pictórico es posible siempre introducir elementos y variantes nuevos, los signos de una escritura (los grafemas) están todos precisados de antemano. Nadie podría establecer cuántas formas hay de dibujar un hombre. En las escrituras china, jeroglífica egipcia, yukaghir y maya las únicas formas de representar “hombre” son respectivamente:

Peyro1 - Figura1

Cualquier variación gráfica atrae el riesgo de volver irreconocible el signo o de sustituirlo por otro. Los siguientes signos jeroglíficos egipcios, pese a seguir evocando la imagen de un hombre, ya no significan en ese código “hombre” porque la posición de las figuras no es precisamente la misma que en el ejemplo anterior. De izquierda a derecha significan “comer”, “sentarse”, “júbilo”, “débil” y “esconder”:

Peyro1 - Figura2

Cada signo de una escritura posee determinados rasgos distintivos que lo hacen reconocible o que lo diferencian de otro. Toda variación personal del escribiente, intencionada o no, debe respetar estrictamente las fronteras de estos rasgos formales. Las letras U y V pueden adoptar un incontable número de variaciones tipográficas, pero siempre deben mantener las diferencias de su trazado inferior. La letra V debe ser más angulosa o con una curva más cerrada que la letra U.

El inventario total de los signos de un sistema de escritura debe ser conocido por cualquiera de sus usuarios. Nadie espera encontrarse con letras nuevas mientras lee una escritura que le es familiar. Aprender a leer es de hecho memorizar las formas y los valores de ese conjunto bien establecido de signos.

Es cierto que la cantidad de signos de una determinada escritura no se mantiene sin cambios a través del tiempo, pero no puede aumentar por iniciativa personal del que escribe. A diferencia del dibujante artístico, el escribiente no puede ser un innovador (o sólo puede innovar en los aspectos estéticos, no sistémicos, de la escritura que emplea, como en nuestros tiempos en la creación caligráfica y tipográfica). Sabemos, por ejemplo, que las letras G y J fueron incorporaciones tardías al alfabeto latino, del mismo modo que llegaron a desaparecer de él K o Z en época romana. El uso de este alfabeto por lenguas que no tenían el sistema fonológico del latín clásico llevó a ulteriores creaciones, como hoy Ç para escribir el catalán o el francés, Ñ para escribir el español o el bretón y Å para escribir el sueco o el noruego. Pero cualquier nuevo elemento, que de hecho con su aparición reestructura todo el sistema, debe ser sancionado por algún tipo de autoridad política o cultural, incluyendo aquí también su uso por autores con suficiente prestigio social. Tiene que decretarse algún tipo de “reforma ortográfica” pública que oficialmente establezca y difunda el nuevo inventario de signos a emplear.

Los signos de una escritura, a diferencia de las creaciones gráficas no sistemáticas, están también sometidos a un conjunto preciso de reglas. Reglas de aparición (en la escritura griega ς sólo puede estar a final de palabra) y de combinación (el grupo QE no es posible en las escrituras latinas tradicionales). Y reglas también de interpretación o lectura, es decir de asignación precisa de valores o significados a los diferentes signos. En la escritura latina del húngaro tenemos un claro ejemplo de reglas de combinación integradas con reglas de interpretación: la ordenación SZ representa /s/ y la ordenación ZS representa /ʒ/ ( j francesa).

Convendría que nos detuviésemos un momento en esta última clase de reglas, las de interpretación o lectura, y que comparáramos el efecto de su presencia en la escritura con su ausencia en el mundo del grafismo pictórico. Los signos de las escrituras no sólo deben realizarse siempre, al menos idealmente, de la misma manera, sino que tienen que significar siempre lo mismo. No es posible ni la innovación gráfica ni la innovación semántica, al menos al nivel de la iniciativa personal del escribiente. En nada se parece esto a la búsqueda de ambigüedad o polisemia que puede mover legítimamente al dibujo artístico. La precisión en la asignación de significado a los signos es la que permite que la producción escrita sea una obra cerrada, un medio de transmisión que pueda competir en exactitud informativa con el mismo lenguaje verbal.

Obsérvese finalmente que todos los componentes de un sistema se necesitan entre sí: El conjunto de las unidades debe ser cerrado para que podamos asignarles a todas ellas valores exactos y claramente distintos. Cada nuevo signo implica una reordenación del campo del referente, una nueva redistribución de la realidad representada, sea ésta la de los entes del mundo en los logogramas o la de los sonidos de una lengua en los fonogramas.

Además de contar con un conjunto cerrado de unidades sometidas a leyes precisas de aparición, combinación e interpretación, los sistemas de escritura se diferencian del resto de producciones gráficas en su tendencia a la esquematización. Esta propiedad de las escrituras no es necesaria para su constitución como sistemas ni para su funcionamiento, pero es una tendencia general ampliamente observada. Son bien conocidas las evoluciones del sistema jeroglífico egipcio hacia las formas hierática y demótica, así como el tránsito de los signos “lineales” mesopotámicos hacia sus formas finales cuneiformes. Al no pretender ya la representación figurativa de su referente —pues su significado se ha convencionalizado totalmente, es decir no depende ya de la libre interpretación del receptor— el “parecido” del signo con la imagen de la cosa evocada se torna superfluo. Los signos escritos de origen pictórico pueden llegar a esquematizarse tanto como logren mantener los rasgos distintivos que antes se han mencionado y que les sirven para diferenciarse unos de otros. El siguiente ejemplo muestra la evolución de , el signo chino que designa el concepto de “escritura, literatura” (mandarín wen, cantonés man),  a través de los tiempos.

Peyro1 - Figura3

1: Escritura de las inscripciones en bronce. 2: Gran escritura de sellos (dazhuan). 3: Pequeña escritura de sellos (xiaozhuan). 4: Escritura actual.

Este signo procede originalmente del dibujo de una persona con el pecho tatuado. En su evolución gráfica el “tatuaje” ha desaparecido, pero se sigue representando el espacio cerrado del “pecho” para evitar la confusión con el signo (“grande”, “alto”).

La esquematización puede verse favorecida por diversas innovaciones técnicas, como la adopción de materiales más dúctiles para el soporte y el instrumento de escritura, o el tránsito de la técnica de incisión a la de pigmentación. En el caso de la escritura mesopotámica, la dificultad práctica de realizar curvas con pulcritud con un punzón sobre la arcilla húmeda llevó a la aparición de trazos exclusivamente rectilíneos, que volvían irreconocibles los modelos figurativos originales. De todas maneras, la razón de fondo de la tendencia a la esquematización es la economía en la producción de los signos, un objetivo acariciado por todo sistema de comunicación humano. Con economía nos referimos en el mundo semiótico a la posibilidad de transmitir la mayor cantidad de información con el menor empleo de esfuerzo físico, materiales, tiempo o espacio. Por ejemplo, las escrituras cursivas modernas son más rápidas y menos laboriosas que sus variantes “de imprenta” si van a realizarse a mano. Las abreviaturas convencionales frecuentes, como etc., Sr. o atte. responden al mismo principio, así como las construcciones del tipo b4 (before) o 2u (to you) en los mensajes digitales.

Pero siempre deben tenerse en cuenta las específicas funciones sociales que el acto de escribir y el texto escrito tienen en las distintas culturas. El peso del principio de economía no es el mismo en la sociedad occidental contemporánea, donde una gran cantidad de textos son prescindibles una vez leídos, y por lo tanto fácilmente eliminables (“mensajes de texto”, emails, post-it…), y en muchas sociedades de Asia y África donde la escritura ha sido tradicionalmente un acto ceremonial llevado a cabo por los miembros de ciertos grupos o castas especiales. En este último caso la proverbial “prisa” de la sociedad occidental-global moderna no suele tiene cabida. Por ejemplo en la cultura batak de Sumatra sólo los sacerdotes (datu) se sirven de la escritura autóctona para confeccionar textos mágicos y calendarios adivinatorios. Lo mismo sucede en la cultura naxi de Yunnan con los pictogramas conocidos como dongba, nombre que precisamente designa en su lengua a los sacerdotes del culto bon, porque tradicionalmente han sido sus únicos usuarios.

Las escrituras del mundo, pese a su diversidad histórica y cultural, siguen en sus reglas de interpretación ciertos principios que podemos considerar universales. Esto nos permite hacer una clasificación general de los sistemas de escritura en función de sus estructuras [9], por debajo de aspectos más llamativos, pero menos importantes para su carácter de sistemas, como la dirección de la lectura o las posibles semejanzas gráficas de los signos.

Las escrituras pueden clasificarse en una primera instancia en función del tipo de elementos que representan. Elementos vinculados al significado o bien al significante de las lenguas. Las escrituras que representan unidades de significado (ideas, conceptos, imágenes mentales; en las lenguas lexemas, morfemas, campos semánticos) son llamadas logográficas (o ideográficas). Las escrituras que representan unidades del plano del significante (en las lenguas fonemas, sílabas, o secuencias articulatorias mayores) se conocen en general como fonográficas.

Peyro1 - Figura4

Todas las escrituras originales del mundo, es decir aquellas que seguramente se crearon sin tener otra escritura como modelo, son fundamentalmente logográficas. La razón es evidente: las escrituras surgen del universo general del grafismo como representaciones más o menos figurativas de los entes que designan. En su origen los signos de las escrituras son meros dibujos de las cosas. Como acabamos de ver, el tránsito del dibujo a la escritura no tiene que ver con innovaciones gráficas especiales sino con la asignación convencional de significados unívocos a determinadas figuras. El establecimiento de estos significados precisos se realiza gradualmente, y se habla de pictogramas para el estadio intermedio entre la libertad interpretativa del dibujo y las reglas estrictas de interpretación de la escritura.

Las escrituras logográficas, al no representar elementos del plano de la pronunciación, no están vinculadas a las lenguas del mismo modo en que lo están las fonográficas. Un logograma representa una idea, y esta idea pueden compartirla usuarios de diferentes lenguas, aunque verbalmente —por ejemplo, en la lectura en voz alta— cada uno la exprese de una forma distinta. La actual escritura logográfica china sirve de hecho para usuarios de diferentes lenguas del estado chino, e incluso de fuera de él. El signorepresenta la idea de “mes (= luna)”, que es expresada en mandarín como yue, en cantonés como yiut, en min dong como nguok, en japonés (a través de la escritura kanji) como tsuku y en coreano (a través de la escritura hanja) como wol. Todo esto, sin embargo, no debería llevarnos apresuradamente a creer que las escrituras logográficas son una suerte de “alfabetos universales” que trascienden las distintas lenguas y colectividades humanas. Los conceptos que podemos expresar son imágenes mentales que han sido forjadas, en sus componentes y en sus límites, por una cierta perspectiva sobre el mundo que llamamos genéricamente cultura. Las unidades de significado (en las escrituras, las lenguas o cualquier otro sistema de comunicación) no son copias de una supuesta realidad “objetiva” que se clasifica a sí misma. Son fundamentalmente, como señaló Eco, unidades culturales [10]. Los signos de un sistema de escritura logográfico responden a la ordenación del mundo que hace una sociedad determinada, y no son siempre y automáticamente extrapolables a cualquier otra cultura, pese al espejismo de la traducción.

Las escrituras logográficas, por otro lado, siguen representando en buena medida lenguas concretas, a pesar de no reproducir directamente unidades del plano de la expresión. No es a través de la fonología, pero sí de la sintaxis, como podemos detectarlo. La secuencia lineal de los signos de un texto logográfico refleja en general el orden oracional de la lengua que utiliza su escribiente. Si un día los habitantes de Europa decidiésemos reforzar nuestra frágil unidad continental usando todos un único sistema de escritura logográfico, los hablantes de lenguas románicas colocaríamos los signos que expresan cualidades (adjetivos) después de los signos que expresan entes de cualquier tipo (nombres), y los hablantes de lenguas germánicas lo harían al revés.

Las escrituras de tipo fonográfico pueden clasificarse a su vez en diversos tipos, en función de las secuencias de la cadena hablada que abarcan sus signos. En las escrituras silábicas cada signo representa una sílaba completa. En las escrituras segmentales cada signo representa idealmente un solo fonema o segmento. En las escrituras abjads un signo representa sólo determinados tipos de fonemas, pertinentes desde el punto de vista de las estructuras morfológicas de las lenguas para las que fueron creadas: consonantes, semiconsonantes, vocales largas. Los signos de las escrituras abugidas representan secuencias silábicas consonante + vocal, utilizando signos diacríticos accesorios, o modificaciones en la forma básica del signo, para anotar los casos en que esa vocal es distinta de /a/. En un quinto tipo de escritura fonográfica, en la llamada escritura rasgal, cada signo representaría un rasgo fonológico (como sonoro, oclusivo, fricativo, etc.). Pero este tipo ha sido creado para clasificar de hecho una sola escritura del mundo, la hangul coreana [11].

Una palabra como Girona se segmentaría teóricamente de los siguientes modos, según las distintas escrituras fonográficas:

Captura

En rigor deberíamos hablar más de procedimientos logográficos, fonográficos, etc. que de escrituras como tales. Etiquetar una escritura dentro de una de estas categorías quiere decir que emplea mayoritariamente ese sistema. Pero, como suele suceder con todos los modelos teóricos ideales cuando descienden a la realidad, ninguna sigue exacta y exclusivamente uno de ellos. Las escrituras logográficas acaban desarrollando un notable componente “auxiliar” de recursos fonográficos. Las escrituras fonográficas, como las latinas actuales, disponen también de un determinado número de logogramas, como por ejemplo &, $ o , a los que deberíamos añadir todo el conjunto de los numerales.

Como se ha señalado antes, la perspectiva eurocéntrica considera que los actuales sistemas de escritura occidentales se encuentran en el estadio más avanzado o desarrollado de todas las formas de escritura conocidas. Por lo tanto muchos manuales sobre las escrituras del mundo sitúan a las escrituras fonográficas segmentales al final de supuestos procesos universales de desarrollo. Pero las escrituras del mundo no siguen un único camino de evolución que termina en lo fonográfico, y dentro de este ámbito en lo segmental. Este ha sido efectivamente el camino recorrido por las escrituras usadas hoy en Occidente, desde los logogramas y los fonogramas de ámbito de palabra de la escritura jeroglífica egipcia, pasando por la reducción acrofónica del sistema protosinaítico y más tarde el abjad fenicio, hasta los alfabetos segmentales griego y latino. Pero otras tradiciones gráficas pueden mostrar otras tendencias que no conducen necesariamente a los sistemas segmentales. Los sistemas abjads, que formalmente ya representan un solo fonema (consonante, etc.) desembocan históricamente a menudo en sistemas abugidas, y de aquí pueden evolucionar en muchos casos a sistemas silábicos.

No existen realmente razones lingüísticas que primen la representación segmental sobre otro tipo de representaciones fonológicas. El propio concepto de fonema es en buena medida un fruto de la tradición escrita europea, y en su formulación original fueron determinantes las aparentes secuencias aisladas que marcaban las letras de nuestros alfabetos. Pero no hay en la cadena hablada las cápsulas que las letras latinas, griegas o cirílicas parecen indicar dentro del texto escrito. Fonéticamente, el ámbito básico de articulación de una lengua no es el fonema sino la sílaba. Pero Baudouin y la llamada escuela de Kazán propusieron los modernos conceptos de fonema y grafema al mismo tiempo, justificando intuitivamente el uno en el otro [12].

Las escrituras del mundo pueden agruparse históricamente en dos grandes conjuntos. Por un lado están los sistemas originarios que supuestamente no se inspiraron en otra escritura anterior. Constituyen las verdaderas cunas históricas de esta técnica de comunicación. Los datos que poseemos sobre las culturas que propiciaron estas primeras escrituras mantienen todavía suficientes sombras como para poder afirmar en todos los casos que la escritura surgió realmente ex nihilo en cada lugar: Mesopotamia y la escritura cuneiforme, Egipto y la escritura jeroglífica, el valle del Indo y la escritura harappa, China y la escritura de los “huesos adivinatorios”, y Mesoamérica y la escritura olmeca.

Los nacimientos de todas estas escrituras pueden situarse en sociedades de la Edad del Bronce de Eurasia y África, y del Periodo Formativo de América, pero las diferencias cronológicas —Mesopotamia a finales del cuarto milenio, Egipto a principios del tercer milenio, el Indo a mediados del tercer milenio, China durante el segundo milenio y Mesoamérica posiblemente durante el primer milenio antes de nuestra era— no excluyen la posibilidad de que algunas hayan podido inspirar la creación de otras. Especialmente intensa ha sido la polémica sobre las posibles influencias mesopotámicas en los orígenes de la escritura egipcia. Los argumentos a favor se basan, entre otras razones, en la clara diferencia de fechas, en la proximidad geográfica y en la aparente rapidez del despliegue de la escritura en el valle del Nilo, así como en semejanzas estructurales tanto en la elaboración de los logogramas como en la invención a partir de ellos de lecturas fonéticas (mediante la técnica conocida como rebus). Los argumentos en contra se apoyan en las tempranas evidencias de una escritura egipcia ya plenamente desarrollada, que se remontan al 3.200 a. C. en Abydos, y en la existencia en la región de toda una tradición pictográfica autóctona [13]. En función de este y otros debates hay diferentes perspectivas sobre las cunas históricas de las escrituras: las que mantienen que en cada uno de estos lugares la escritura fue un invento original, las que proponen tres grandes focos: Mesopotamia, China y Mesoamérica, y las que llegan incluso a imaginar sólo dos: Mesopotamia y Mesoamérica.

En el estudio del surgimiento histórico de las escrituras debemos ser conscientes de las grandes lagunas que tenemos hasta hoy sobre el panorama de las sociedades antiguas y sus posibles contactos interculturales. Hay testimonios de supuestas escrituras antiguas en otros lugares del mundo, pero conocemos tan poco de las sociedades en que pudieron surgir, además de los problemas que nos siguen planteando sus posibles desciframientos, que no sabemos si caracterizarlas como creaciones realmente independientes. En algunos casos no estamos seguros de que se trate verdaderamente de escrituras, en el sentido en que hemos venido hablando del término aquí. La arqueología nos ha ofrecido hasta hoy un buen número de estos ejemplos, entre ellos los signos de Jiahu en el centro de China (séptimo milenio) [14], los signos de Vinča del sureste de Europa (sexto milenio) [15], o los signos de Teotihuacan y de Kaminaljuyú en Mesoamérica (primer milenio a. C.) [16].

El segundo grupo de escrituras del mundo es el de las que han sido creadas a partir de modelos más antiguos, de cualquier manera en que haya tenido lugar este proceso: como evoluciones directas de sistemas preexistentes, o como elaboraciones autónomas inspiradas de alguna forma en ellos. Es difícil que una nueva escritura surgida en la periferia de una gran cultura literalizada no reciba sus influencias. Estas influencias pueden ser de tipo estructural, copiando el valor atribuido a los signos (logográfico, silábico, etc.) o meramente gráfico, imitando el diseño de los signos.

En cuanto al panorama de las evoluciones y ramificaciones históricas de las escrituras originarias es importante decir que sólo dos de ellas, la egipcia y la china, han dejado algún tipo de descendencia en nuestros días. La escritura del Indo desapareció completamente hacia 1.100 a. C. La escritura cuneiforme mesopotámica fue reemplazándose en la región por escrituras semíticas (de origen egipcio) en un proceso que concluye a comienzos de la era cristiana. Las escrituras mesoamericanas se extinguieron fulgurantemente en el siglo XVI, como uno de los efectos de la terrible destrucción de las culturas americanas por la colonización europea. [17]

Las influencias gráficas de determinadas escrituras sobre otras, aunque sean estructuralmente muy diferentes, establecen también todo un mapa de redes históricas notablemente interesante, especialmente para el estudio del prestigio civilizatorio alcanzado por determinadas culturas. Los diseños y técnicas de realización de los signos chinos han servido de inspiración a otros sistemas de Asia, formalmente independientes de esa escritura, como los de los khitan, jurchen o tangut [18]. Para algunos especialistas indios, si bien la estructura de la escritura fenicia deriva de sus ancestros protosemíticos, las formas de sus signos estarían modeladas según el patrón de la extinta escritura del Indo. [19]

Pero cualquier investigación sobre las escrituras del mundo sería un mero ejercicio de teoría semiótica formal si no prestara atención a los diferentes usos que el hecho de escribir y el texto escrito como producto tienen en las distintas culturas, es decir si no incluyera el estudio de las funciones sociales de los actos de escribir y leer. [20]

 

Notas

[1]  R. Dorra: “¿Grafocentrismo o fonocentrismo? Perspectivas para un estudio de la oralidad”, en R. Kaliman (ed.): Memorias de las Jornadas Andinas de Literatura Latinoamericana. Tucumán: Universidad  Nacional de Tucumán, 1997, vol. I, pp. 56-73.

[2]  J. Markale: Les Celtes et la civilisation celtique. París: Payot, 1983.

[3]  G. Cardona: Antropologia della scrittura. Turín: Loescher, 1981.

[4]  M. Tallerman y K. R. Gibson (eds.): The Oxford handbook of language evolution. Oxford y Nueva York: Oxford University Press, 2012.

[5]  C. S. Henshilwood, et al.: “Engraved ochres from the Middle Stone Age levels at Blombos Cave, South Africa”. Journal of Human Evolution vol. 57 (2009), pp. 27-47.

[6]  J. Clottes: La Grotte Chauvet. L’art des origins. París: Le Seuil, 2001.

[7]  R. Gubern: Patologías de la imagen. Barcelona: Anagrama, 2004, cita de p. 15.

[8]  U. Eco: Opera aperta. Milán: Bompiani, 1962 (rev. 1976).

[9]  P. T. Daniels y W. Bright (eds.): The world’s writing systems. Nueva York y Oxford: Oxford University Press, 1996. F. Coulmas: Writing systems. An introduction to their linguistic analysis. Cambridge: Cambridge University Press, 2003.

[10]  U. Eco: A theory of semiotics. Bloomington: Indiana University Press, 1976.

[11]  G. Sampson: Writing systems. A linguistic introduction. Oxford: Century Hutchinson, 1985.

[12]  J. C. Pellat: “Recensement critique des définitions du graphème”, en N. Catach (ed.): Pour une théorie de la langue écrite. París: CNRS, 1988, pp. 133-146.

[13]  W. S. Arnett: The predynastic origin of Egyptian hieroglyphs. Washington: University Press of America, 1982. G. Dreyer: “Abydos”, en U. Rummel (ed.): Begegnung mit der Vergangenheit. 100 Jahre in Ägypten. El Cairo: Deutsches Archäologisches Institut Kairo, 2007, pp. 54-94.

[14]  X. Li, G. Harbottle, et al.: “The earliest writing? Sign use in the seventh millennium BC at Jiahu, Henan Province, China”. Antiquity vol. 77 (2003), pp. 31-44.

[15]  S. Winn: Pre-writing in Southeastern Europe: The sign system of the Vinča culture ca. 4000 BC. Calgary: Western Publishers, 1981.

[16]  C. H. Gordon: Forgotten scripts: Their ongoing discovery and decipherment. Nueva York: Basic Books, 1982. A. Robinson: Lost languages: The enigma of the world’s undeciphered scripts. Nueva York: McGraw-Hill, 2002.

[17]  J. Baines, J. Bennet y S. Houston: The disappearance of writing systems: Perspectives on literacy and communication. Londres: Equinox, 2008.

[18]  R. F. Hoskins y G. M. Meredith-Owens: A handbook of Asian scripts. Londres: The Trustees of the British Museum, 1996.

[19]  S. R. Rao: Dawn and devolution of the Indus civilization. Nueva Delhi: Aditya Prakashan, 1991.

[20]  J. Goody: The logic of writing and the organization of society. Cambridge: Cambridge University Press, 1986. A. Petrucci: Public lettering: Script, power and culture. Chicago: The University of Chicago Press, 1993.

 

©  Miguel Peyró, 2016.

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