Mensajes invisibles: Culturas y canales de comunicación

0008-388x500La existencia de un canal abierto es uno de los elementos imprescindibles para que se produzca la comunicación. El canal es el medio material por el que llegan del emisor al receptor las señales que contienen el mensaje. Básicamente la comunicación pone en conexión dos mentes: la idea que quiere transmitir el emisor consigue reproducirse de algún modo en la cabeza del receptor. El canal es entonces todo el camino físico que se encuentra entre esas dos mentes o, dicho quizás más apropiadamente, entre esos dos sistemas nerviosos centrales. Para que un mensaje sea percibido, sus señales deben convertirse en algún tipo de estímulos que lleguen a impresionar el sistema sensorial del receptor, bien de modo aislado (como en la escritura, que estimula sólo el sentido de la vista) o combinado (como en la conversación, que afecta tanto al sentido del oído, con el uso del lenguaje verbal, como al sentido de la vista, con el uso del lenguaje gestual). Se pueden clasificar los canales en tipos atendiendo al final de su recorrido, es decir a la “puerta de acceso” al mundo psíquico del receptor. En la comunicación humana nos encontraríamos con canales visuales (como los que emplean la pintura, la escritura, las señales luminosas o el maquillaje), canales auditivos (como en el lenguaje hablado, la música o las sirenas de alarma), canales táctiles (como los saludos que implican algún contacto físico, las caricias o el sistema braille), canales olfativos (como en el uso de perfumes o de inciensos) y gustativos (como en la gastronomía y el significado cultural de los sabores). En el mundo animal podemos seguramente encontrar otros tipos de canales, como los relacionados con los receptores eléctricos o magnéticos de algunas especies.

En cada cultura encontramos que sus miembros utilizan todos los sentidos externos disponibles para enviarse señales. Es tal la necesidad y el placer de comunicar de nuestra especie, que ninguna posibilidad para hacerlo suele quedar desaprovechada. No hay cultura que no practique algún tipo de música, que no desarrolle algún modo de arte gráfico, o que no otorgue valores a los sabores. Desde el punto de vista de la comunicación entre miembros de culturas distintas, el problema surge cuando lo que en una cultura suele transmitirse por determinados canales, se transmite en otra por otros distintos. Al pertenecer a una determinada tradición cultural, estamos educados no sólo en qué cosas se pueden comunicar, sino también en cómo se pueden comunicar las cosas.

Sin embargo la asociación entre canal y tipo semántico de mensaje es completamente convencional, y sólo dependería en última instancia del grado de sistematicidad que confiriéramos al código que hubiéramos decidido emplear. Está claro que es posible expresar cualquier mensaje “largo” o “complejo” tanto a través del oído como de la vista o el tacto. El lenguaje verbal, la escritura o el sistema tadoma para personas sordas y ciegas son ejemplos obvios de ello. Pero también sería seguramente posible transmitir un mensaje de tales características a través del olfato o del gusto, todo dependería de poder discriminar suficientemente entre los estímulos, convirtiéndolos en señales distintivas, y haber acordado un código que asocie esas señales o su combinatoria a significados precisos. Las aparentes limitaciones fisiológicas de nuestra especie para poder distinguir bien entre las señales olfativas, por ejemplo, parecen ser más culturales que biológicas, como Greg Downey ha demostrado estudiando las sociedades y las lenguas de los orang asli de Malasia y Tailandia [1].

Pondré a continuación un ejemplo de cambio cultural de canal que, además de ilustrativo, me parece realmente hermoso. En la cultura occidental miramos las horas (en un reloj), oímos las horas (en la radio o en las campanadas de una iglesia), pero no olemos las horas. En la antigua China, sin embargo, era posible percibir los distintos aromas del paso del tiempo. Lo describe así Julius Fraser:

“Un aparato peculiar chino, el reloj lleno de incienso, era ya bien conocido en el siglo X a.C., aunque pudo tener su origen un milenio antes. En su forma más común consiste en un disco de madera, dentro del cual se ha practicado una acanaladura continua y en forma de anillos, a la manera de un laberinto. Dentro de las incisiones se colocaba, en segmentos continuos y conectados, incienso hecho de polvos aromáticos. Se prendía fuego al incienso, quizás en el centro, y empezaba a quemarse lentamente hacia fuera. Los diferentes olores identificaban las diferentes horas del día.” [2]

Otro ejemplo de canal inusual para nuestra cultura es la escritura táctil de los tuareg. Mientras nosotros asociamos la escritura al canal visual, a marcas observables sobre una superficie, es posible escribir sólo para ser percibido por el tacto. Esto es lo que sucede con el braille y también con las letras del alfabeto tifinagh (bereber) que los tuareg trazan con los dedos en la mano o en el brazo de otra persona. Una pareja que se da la mano puede comunicarse “dibujándose” palabras en silencio. Desde el punto de vista occidental, al no hablar o no escribir con líneas visibles y permanentes, no están comunicando nada. Los tuareg también usan esta escritura táctil para diversos juegos de acertijos, porque normalmente funciona con letras aisladas que evocan palabras enteras, al modo de las siglas. Simon Battestini encuentra un sistema de comunicación parecido en la cultura efik de Nigeria, aunque en este caso la escritura es la nsibidi y la espalda el lugar donde se traza [3].

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Jugando con la escritura táctil en Tshimumumen (Níger). Foto: J. Drouin, 1989. Bibliothèque Nationale de France.

Hay muchos más ejemplos de comunicaciones no percibidas debido a diferencias culturales en su forma de transmisión. Las pinturas corporales de muchos pueblos del mundo, a diferencia del maquillaje occidental, pueden transmitir elaborados relatos míticos. La comida en los rituales afrocaribeños cuenta tantas cosas como los símbolos visuales o las palabras. Pero terminaré aquí con un ejemplo procedente de Japón. Fue estudiado por la profesora y traductora Elena Gallego en su tesis de doctorado, en cuyo tribunal tuve en su día la satisfacción de estar. Le dejo la palabra a ella:

amistad“A continuación quisiéramos exponer uno de estos casos en el que la imagen simbólica ha pasado totalmente desapercibida a los lectores españoles. Se trata de la portada del libro Amistad (Yuujoo) de Mushanokoji Saneatsu, diseñada por la traductora y escritora Montse Watkins. La foto de esta portada nos muestra junto a la piedra de entrada a una casa donde se deja el calzado, dos pares de getas (sandalias de suelas de madera) masculinas. Este último detalle lo sabemos por el tamaño y por los hanao (correas de las sandalias), que en este caso son de terciopelo negro. En Japón es costumbre descalzarse al entrar en casi todo tipo de lugares. La primera geta está un poco separada, lo cual nos da una idea de la informalidad y confianza existente. De todo lo cual se deduce que en el interior de esa casa hay dos hombres muy amigos.”

“Sin embargo, si el significado de esta imagen pasa desapercibido para los españoles, no sucede así en el caso de los japoneses, que pueden leer perfectamente el significado de dicha imagen. La hija del escritor, Mushanokoji Tatsuko, en una reseña sobre esta obra, señaló que no podía haberse elegido una imagen que reflejara mejor la amistad entre dos hombres y el mensaje que la obra de su padre se proponía transmitir.” [4]

Si suponemos que todas las culturas del mundo transmiten aproximadamente las mismas cosas a través de los mismos medios que utilizamos nosotros, simplemente no percibiremos mucho de su verdadero universo comunicativo. Las fragancias del reloj de incienso serán sólo un aroma agradable del ambiente, los mensajes en escritura táctil serán sólo caricias. Y en la imagen de las sandalias japonesas veremos sólo… unas sandalias. Todo esto no vendría a ser muy diferente de pensar que los eslavos ofrecen pan y sal a los recién llegados porque les ven cara de hambre. Estos desajustes comunicativos no deberían siquiera denominarse “malentendidos” culturales, porque no habría aparentemente nada sobre lo que hacer el esfuerzo de entender. Podríamos considerarlos mejor “no entendidos” culturales, auténticos mensajes invisibles.

Notas

[1] Greg Downey: “Giving names to aromas in Aslian languages”. Neuroanthropology, marzo de 2014. Accesible aquí.

[2] Julius T. Fraser: The genesis and evolution of time. Amherst: University of Massachusetts, 1982 [Génesis y evolución del tiempo. Pamplona: Pamiela, 1993, pp. 20-21].

[3] Simon Battestini: Écriture et texte. Contribution africaine. Quebec: Université Laval, 1997, pp. 235-236.

[4] Elena Gallego: Lengua, literatura y cultura comparadas. Estudio y análisis de las dificultades que plantea la traducción de obras literarias de japonés a español. Tesis de doctorado en la Universidad de Sevilla, 2002, pp. 382-383. Accesible aquí.

 

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