Las tres destrezas fundamentales para comunicar con otras culturas

just-a-pinch-buddah-perfect-timingA diferencia de lo que mucha gente suele creer, una comunicación eficaz entre personas de marcos culturales distintos supone mucho más que una cuestión de cambio de idioma. Es todavía demasiado habitual que autoridades que se dirigen a inmigrantes, sanitarios que atienden a residentes extranjeros, ejecutivos que tratan con empresarios de otros países, o enviados internacionales de medios de comunicación, se limiten exclusivamente a solicitar la ayuda de “intérpretes”, y entiendan que la tarea de estas personas es traducir lo más literalmente posible palabras y frases de una lengua a otra. La experiencia muestra que quienes funcionan así terminan fracasando en sus objetivos comunicacionales, aunque generalmente no acierten a descubrir por qué: Tal vez el intérprete no fuese realmente bueno en los dos idiomas, tal vez los extranjeros fueran huraños, poco cooperativos, “difíciles”… Lo mismo sucede con las personas que se trasladan a vivir a otros países: el conocimiento de la lengua no les inmuniza contra el choque cultural que suelen experimentar al cabo de cierto tiempo. Como suponen que la comunicación no debe estar fallando, ya que reducen comunicación a idioma, imaginan igualmente exasperantes rasgos “psicológicos” de los autóctonos para explicar los desencuentros que se producen.

Comunicar con miembros de otras culturas es un fenómeno complejo y multidimensional, como lo es de hecho todo proceso comunicativo entre seres humanos. En la comunicación entre personas de culturas distintas la complejidad aumenta, porque —hablando en términos semióticos— no sólo cambian los códigos, sino también los referentes y los contextos, e incluso los canales. Aunque la tradición del texto escrito nos lo haya hecho ver así, no es el lenguaje verbal el único e imprescindible vehículo de comunicación entre los seres humanos. Los diccionarios lucen las banderitas de los países, pero no contienen en absoluto la riqueza comunicativa de esos países. Para acercarse con éxito a otras sociedades es necesario el aprendizaje de tres destrezas o habilidades fundamentales, y la lengua sólo es parte de una de ellas. Estas tres destrezas son:

  • La competencia intercultural
  • La competencia comunicativa
  • El conocimiento del imaginario social

Una de ellas es genérica y común a cualquier experiencia de contacto con otra sociedad: la competencia intercultural. Las otras dos, la competencia comunicativa y el conocimiento del imaginario social, son específicas de la cultura a la que uno desea aproximarse. Por otro lado, las dos primeras son competencias, es decir capacidades que permiten generar intervenciones autónomas y originales, mucho más allá de recordar y repetir los datos aprendidos.

3 destrezas

La competencia intercultural

Podría caracterizarse la competencia intercultural —que Bennett llama sensibilidad intercultural— como la capacidad de entender el “derecho” de cualquier cultura del mundo a ser la cultura normal. Supone por lo tanto un trabajo centrado básicamente en uno mismo, en cuestionar las creencias de que la cultura en la que uno ha crecido es la “mejor”, la más “natural”, “lógica”, “coherente” o incluso “universal”. La competencia intercultural es una operación permanente de distanciamiento y de análisis crítico del propio etnocentrismo. Cada cultura es una perspectiva sobre el mundo, un mapa mental de la realidad, y es totalmente coherente para sí misma y en diversos grados desconcertante para las demás. Observar una cultura desde los parámetros de otra lleva automáticamente a presenciar un mundo imprevisible, contradictorio, en buena medida absurdo e incluso —si nos atrevemos a aplicarle etiquetas morales— “injusto”.

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En una visita oficial a Japón, el presidente español Mariano Rajoy protagonizó un sonoro revuelo mediático al no inclinarse ante el emperador Akihito cuando éste le recibió en su palacio. “Le ha saludado más tieso que el palo de una escoba”, escribió un periodista de El Mundo. “No sabemos quién le dice a Rajoy lo que tiene que hacer en materia de protocolo, pero está claro que o no es un buen alumno, o tiene un mal profesor”, sentenciaba el sitio web Protocolo.org. El comportamiento del presidente español fue percibido por los japoneses como maleducado e incluso abiertamente ofensivo. Akihito, además de ostentar su título, era el anfitrión del encuentro y la persona de más edad. Seguramente Rajoy hizo una lectura del gesto de la inclinación en claves culturales propias, y por consiguiente le pareció “inapropiado”. En Europa la inclinación de la cabeza o del cuerpo ante otra persona es una reverencia, un acto ritual heredado de la era feudal que significa servidumbre y humillación. Si él se consideraba el representante de un país que se trata “de igual a igual” con Japón, seguramente entendió la inclinación como una inaceptable declaración de inferioridad. Pero desde la perspectiva japonesa la dignidad del país que Rajoy representaba no estaba en absoluto en peligro por saludar con una inclinación. El revuelo provocado por el desplante de Rajoy desempolvó diversas fotos de jefes de estado extranjeros recibidos por el monarca japonés. El anterior presidente español, José Luis Rodríguez Zapatero, sin duda mejor advertido en cuestiones de protocolo internacional, sí se había inclinado ante Akihito. E incluso Barack Obama, el presidente de los Estados Unidos, país que desde 1945 no puede considerarse precisamente subordinado a Japón, también había llevado a cabo una ostensible inclinación —demasiado ostensible para sus críticos neocons. Desde el punto de vista comunicativo, y por lo tanto de los significados transmitidos, Rajoy se equivocó precisamente al considerar que lo que él leía desde su cultura como un gesto de sumisión era lo que “todo el mundo” debía entender por una inclinación.

El dominio de la competencia intercultural se consigue, por lo tanto, cuando uno comprende en todo su alcance que lo que ha entendido tradicionalmente como la cultura es sólo su cultura. Y que, como realidades fundamentalmente comunicativas, como redes de signos, las culturas no pueden ordenarse sobre supuestos baremos objetivos universales. Querer dictaminar qué ritual cultural, darse la mano o inclinarse, sería más apropiado “en general” para saludarse es tan absurdo como intentar averiguar si es carnation o clavel la palabra que mejor describiría a esa flor.

Conocer y ser capaz de analizar las claves culturales propias, sacándolas a la luz desde la inconsciencia y el automatismo de lo habitual, permite detectar y conjurar los principales obstáculos que surgirán en el proceso de acercamiento a otra cultura: los estereotipos. Aunque aparentemente los miembros de las otras culturas son sus protagonistas, los estereotipos hablan fundamentalmente de nosotros mismos, sus guiones los escriben los que miran. Mediante la competencia intercultural es posible reconocer lo propio en los estereotipos que parecen brotar espontánea y objetivamente frente a nosotros, y eludir el efecto bloqueador que ejercen en nuestro aprendizaje de otras realidades humanas.

La competencia intercultural consigue así superar la parálisis ante los inevitables desconciertos provocados por las diferencias culturales. Estos desconciertos inesperados son entonces reconvertidos en nueva información, en nuevos datos sobre las claves comunicacionales de esa sociedad, y por lo tanto incorporados de manera productiva a la destreza comunicativa propia. Los desconciertos culturales dejan de ser catástrofes o amenazas de colisión para convertirse en objetos de interés: hay algo más que no sabíamos sobre cómo se relacionan y ven el mundo los miembros de esa sociedad, hay un nuevo código para comunicar con ellos. La competencia intercultural permite, por lo tanto, adquirir las bases de la competencia comunicativa.

La competencia comunicativa

“Todos los fenómenos de cultura pueden considerarse objetos de comunicación.”
Umberto Eco. La estructura ausente.

La competencia comunicativa es el conjunto de habilidades expresivas que permite a una persona generar por sí misma los mensajes adecuados a sus propósitos en función de la situación o contexto en que se encuentre. La competencia comunicativa va más allá de la competencia lingüística porque la comunicación implica, además de las expresiones verbales, los mensajes corporales o gestuales, los comportamientos sociales, la distancia y el contacto que se mantienen, el uso ritual del tiempo y en general un amplio abanico de canales de interacción. Es cierto que el lenguaje oral es el principal vehículo de comunicación entre los seres humanos y no es posible hablar de competencia comunicativa intercultural si no se empieza por dominar la lengua o lenguas empleadas en la cultura a la que pretendemos acercarnos. Pero, como ya se ha indicado más arriba, sería absurdo conceder al idioma la exclusividad de la comunicación. En el caso del desajuste cultural de Rajoy en Japón es interesante señalar que esa misma tarde el presidente español pronunció algunas palabras japonesas de agradecimiento durante un discurso, detalle que para los medios de comunicación no compensó el desencuentro de la mañana. El caso muestra en su conjunto que tener preparado sólo el componente lingüístico no es en absoluto suficiente para la comunicación entre culturas —como no lo es dentro de una misma cultura, aunque el hábito haya vuelto inconscientes muchas de las señales no verbales que intercambiamos cotidianamente con los demás.

La competencia comunicativa abarca un buen número de ámbitos y de formas de interacción. Por ejemplo las formas de saludo, el comportamiento como huésped o anfitrión, los regalos que se ofrecen, la forma de ir vestido en una situación determinada, el tiempo que se puede tardar haciendo una cosa, las formas de sentarse junto a alguien, los movimientos de la mirada, la curiosidad que puede demostrarse frente a algo, y tantas cosas más. En última instancia todo lo que hacemos ante los demás tiene una dimensión comunicativa, posee un significado social y dice algo de nosotros mismos.

Quisiera tratar aquí de un error que se da frecuentemente en el aprendizaje de la competencia comunicativa. Es el error de creer que en una cultura determinada hay una sola forma de hacer las cosas, precisamente la correcta o esperada. Conocer las claves comunicativas de otra sociedad sería cumplir fielmente con estos comportamientos estereotipados, hacer estricta y puntualmente lo que supuestamente “todos hacen”. Este error puede verse explicitado en muchos lugares, y suele formar parte del bagaje de pintoresquismos con que regresan a casa la mayoría de los turistas: “allí ellos hacen…”, “allí no se hace…”. Por ejemplo, es frecuente encontrarse con preguntas de este tipo: “¿Cómo se saludan los franceses?”, y con respuestas del estilo: “Se dan solamente la mano”.

Este error de creer que hay un comportamiento único por cultura procede de un mal dominio de la competencia intercultural, de suplantar la información real por estereotipos, en definitiva de presuponer que las otras sociedades, además de potencialmente desconcertantes, son más simples y planas que la propia. La forma de descubrir su inconsistencia es aplicar su lógica a la cultura de uno. Preguntémonos entonces, siguiendo con el mismo ejemplo: ¿cómo se saludan los españoles?. Si alguien es capaz de dar una única respuesta es que está presuponiendo un contexto y unos personajes determinados, y está extrapolándolos a nivel general.

Dejando fuera las fórmulas verbales y fijándonos sólo en el lenguaje corporal, la respuesta a cuál es el saludo en España sería bastante compleja. En España las personas suelen levantar una mano, elevar ligeramente las cejas y sonreír cuando se saludan a cierta distancia. Cuando están cerca, los hombres suelen darse la mano cuando no se conocen pero quieren entrar en buena comunicación (como en el encuentro de un abogado con su futuro cliente, por ejemplo), o no darse la mano (como en el encuentro de un funcionario con un ciudadano en un mostrador), o darse la mano y tocarse con la otra ligeramente el brazo, o abrazarse dándose palmadas en la espalda, pero puede que se besen cuando son miembros de la misma familia o cuando desean manifestar tal vez un estilo de vida menos patriarcal. Las mujeres suelen darse la mano, pero también besarse, normalmente acercando sólo las mejillas cuando no hay una especial relación de familiaridad entre ellas. Es frecuente que este mismo saludo se dé entre hombres y mujeres cuando son presentados por primera vez, o cuando se reencuentran. En contextos más formales, los hombres pueden saludar a las mujeres haciendo el amago de besarles la mano derecha. Las parejas suelen besarse en la mejilla o en la boca. Las personas mayores besan a los niños en la mejilla o en la frente. Muchos jóvenes se saludan chocando las palmas de las manos en el aire (el high five de los anglosajones), o agarrándose mutuamente por las muñecas, o por los pulgares…

Lo que sucede cuando alguien pregunta por el supuesto comportamiento único o general de los miembros de otra cultura es que se está sobreentendiendo que hay una sola situación posible. Volver la mirada a la propia sociedad nos hace comprobar que los contextos y los roles interpersonales de los participantes pueden ser muy variados, y que la síntesis de todos ellos es la que orienta finalmente el comportamiento elegido.

Pero aún hay más: Como chocar las palmas de las manos en el aire está asociado a un saludo juvenil, personas mayores pueden saludar así para expresar que se sienten jóvenes; como besarse entre hombres es usual cuando son miembros de la misma familia, hombres que no lo son pueden besarse para manifestarse mutuamente que se consideran “como hermanos”… Es decir, aparte de las elecciones determinadas por los contextos, están las elecciones voluntarias determinadas por los juegos de significados que cada uno desea poner en marcha en un momento dado. Todo ello constituye el rico entramado de símbolos de una cultura en que se mueven seres humanos reales: no una batería de respuestas ciegamente condicionadas por el entorno, sino un abanico de posibilidades alternativas donde cada uno elige en función de sus expectativas. “Los franceses” no se saludan todos de una misma y determinada manera, sean cuales sean el contexto y los protagonistas, precisamente porque —fuera de los tópicos— no existen “los franceses” ni “las situaciones francesas” en abstracto. Las observaciones de los turistas y de los viajeros ocasionales sólo recogen y mezclan testimonios casuales, desprovistos de la situación y de las intenciones personales de los comunicadores, que necesariamente ellos no pueden percibir.

En un trabajo de fin de máster que dirigí la autora recogía y analizaba diversos comportamientos de miembros de otras culturas que había presenciado. Entre estos ejemplos estaba el caso de un ciudadano de un país norteafricano que había protagonizado un episodio bastante conflictivo con interlocutores europeos. Algunos miembros del tribunal de ese trabajo, quizás movidos más por cierto buenismo paternalista respecto a sociedades vistas como más pobres que por el reconocimiento de la complejidad de cualquier ser humano del mundo, se permitieron dudar abiertamente de la veracidad del caso descrito. “Un árabe no puede hacer eso”, insistían. Estas personas creían saber perfectamente “cómo son los árabes”, qué pueden decir, cómo se comportan en cada ocasión de la vida… Pero “un árabe” puede hacer o decir cualquier cosa, exactamente igual que el resto de los seres humanos. Conocer las claves comunicativas de una cultura no es saber lo que sus miembros pretendidamente pueden o no pueden hacer, sino saber qué peso cultural, qué significado social, tiene cada opción que eligen.

El conocimiento del imaginario social

La tercera destreza para comunicar adecuadamente con los miembros de otra cultura es conocer el conjunto de mitos que comparten. Cada cultura organiza el mundo de una manera y a la vez posee una determinada conciencia de sí misma, conciencia que lógicamente va modificándose con el tiempo. Este conocimiento incluye de manera destacada esa autoimagen colectiva y el conjunto de circunstancias históricas y sociales que la han ido conformando. Pero además en cada sociedad nos encontramos con que hay cosas que “se dan por sabidas”, consensos sobre la realidad de los que se parte, lugares comunes omnipresentes, en definitiva lo que en otros contextos se denomina la cultura general. Todo ello constituye el objeto de lo que aquí llamo conocimiento del imaginario social de una cultura. Seguimos moviéndonos estrictamente en el terreno de la comunicación, porque los referentes colectivos se estudian precisamente como referentes, en el sentido semiótico del término, es decir como elementos comunicativos abstractos que no hay que confundir con las realidades que aparentemente representan. La “verdad” objetiva de las realidades que se reflejan en estos referentes no es el tema: Desde el punto de vista comunicativo una cosa es “verdad” si la consideran como tal los que hablan de ella.

Los mitos sociales de una cultura, todo el conjunto de creencias y conocimientos que se dan por supuestos entre sus miembros, proceden de los avatares históricos de esa población. En el habla se reflejan directamente en muchas de las llamadas frases hechas: evocaciones de acontecimientos que todos naturalmente saben y que todos también revisten de las mismas connotaciones. Este conocimiento del imaginario social es tan importante para comunicar con otra cultura como el aprender la lengua vehicular o los signos de la comunicación gestual.

“¿Qué dijo Saad Zaghlul?” (Saad Zaghlul qal eh?) se dice a menudo en Egipto cuando alguien pregunta por algo que no parece posible o alcanzable. Saad Zaghlul, una figura política clave en la formación del Egipto moderno, encabezó la delegación que se trasladó a la Conferencia de París de 1919 para solicitar de los representantes británicos la celebración de una reunión en Londres en la que abordar el tema de la independencia de Egipto. Los ingleses se negaron a permitir que viajaran a Londres y pocos días después encerraron y deportaron a los miembros de la delegación egipcia. A su regreso al puerto de Alejandría, ante una expectante multitud congregada en los muelles, esto es lo que Saad Zaghlul dijo: “No hay nada que hacer” (Mafish fayda).

En el referéndum de 2015 en Grecia sobre las medidas de austeridad dictadas para el país por la Unión Europea, la opción de voto preconizada desde el gobierno era “no”. Es un clásico del márketing político que el voto “sí” se percibe como más positivo y movilizador de las simpatías del electorado, por lo que lo frecuente en las consultas de este tipo es que la pregunta se formule de manera que “sí” coincida con la opción del poder convocante. Sin embargo en Grecia el voto “no” despierta una atracción que las personas ajenas a la historia cultural de este país no pueden suponer. “No” está asociado a la dignidad nacional desde que esta lacónica respuesta fuera dada por el presidente Metaxas en 1940 al ultimátum del embajador de la Italia fascista, que le exigía la entrada de tropas del Eje en el país y la ocupación militar de determinados enclaves. El “Día del No” (Επέτειος του ‘Οχι) se celebra como una fecha de orgullo nacional griego en Grecia y Chipre cada aniversario de esta respuesta, el 28 de octubre. Utilizando el “no” como opción política, el gobierno convocante del referéndum de 2015 enlazaba en el imaginario griego su postura frente a la “troika” europea con la heroica respuesta de Metaxas al Eje italo-alemán durante la guerra mundial. Como señalaba Andrés Gil en un artículo publicado en los días del referéndum, el “no” como declaración politica está claramente asociado en Grecia “a la resistencia frente a las injerencias extranjeras y a la unidad del pueblo contra el invasor”.

Hay dos posibles riesgos a la hora de estudiar el campo de las imágenes y creencias que una cultura asume como propias. El primero es caer en el viejo error de considerar que existe esa estática categoría llamada “la mentalidad”, o sea imaginar que los miembros de otra cultura piensan todos igual y tienen los mismos intereses en la vida (y por lo tanto conocer a uno es conocerlos a todos). Pero las sociedades —como uno comprueba observando la propia— son dinámicas, cambiantes y en buena medida contradictorias. Hay en su seno tendencias y fuerzas contrapuestas, que pugnan constantemente por imponerse sobre las otras. La foto fija de culturas planas, sin divisiones ni tensiones internas, pese a ser usada hasta la saciedad por el viejo colonialismo y el moderno turismo, no sirve en absoluto para el conocimiento cultural real.

El segundo riesgo es equivocarse en acotar el marco geográfico y político. Son frecuentes, especialmente en el acercamiento a las culturas extraeuropeas, las grandes generalizaciones “regionales” (supranacionales). Por ejemplo un occidental que se considere especialista en el “mundo musulmán” ¿realmente es capaz de aportar información relevante —y no tópicos y generalizaciones— tanto sobre la sociedad de Casablanca (Marruecos) como sobre la de Nishapur (Irán) o la de Bangar (Brunei)? Porque muy a menudo ni siquiera las fronteras estatales encierran una única forma de ver el mundo. Así pues, todo depende de enfocar adecuadamente el marco cultural que deseamos conocer, permaneciendo alertas tanto ante el espejismo de la homogeneidad interna de los estados como ante las grandes etiquetas “regionales”. ¿Le serviría realmente a una persona, pongamos por caso norteamericana, que llega a Santiago de Compostela creer saber algo sobre cómo son “los latinos”? Posiblemente en Nebraska haya gente que así lo crea, pero desde luego en la Península Ibérica sería mucho más difícil. Y no exagero el peso de estas grandes generalizaciones (pseudo) culturales: entre los souvenirs más demandados por los turistas en las Ramblas de Barcelona parece que están… los sombreros mexicanos.

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Un comentario en “Las tres destrezas fundamentales para comunicar con otras culturas

  1. Si la comunicación entre dos personas muy parecidas es un milagro, todavía no comprendo como los seres humanos logramos comunicar con personas muy distintas a nosotros. Pero lo conseguimos, a veces. Si todos tuviéramos desarrollados las tres destrezas de este artículo, el mundo sería un lugar muy diferente. Gracias, Miguel por compartir este marco tan útil que nos puede ayudar a organizar nuestros esfuerzos para cruzar culturas.

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